viernes, 19 de octubre de 2012

CUANDO CONVIENE IMITAR


POR IMITACIÓN, SÍ

A propósito de poder votar a los 16

"Ni calco ni copia, creación heroica"

José Carlos Mariátegui

Una tendencia notoria en nuestra sociedad, reflejada en los medios de comunicación de manera sostenida, es imitar.  La programación televisiva, por ejemplo, está plagada de formatos importados que alcanzan un alto nivel de preferencia (rating) en todos los estratos socio económicos, validándose una y otra vez, al punto que hoy por hoy, en el que podría ser el programa más exitoso,  la originalidad se mide por quién imita mejor (“Yo Soy”), donde se puede apreciar el extraordinario talento para mimetizarse que tienen algunos artistas que buscan hacerse conocidos.

Por otro lado, es por todos sabido que la calle Azángaro, en el Cercado de Lima, es el lugar donde fácilmente podemos obtener títulos fraguados de cualquier institución de educación superior nacional e internacional, con los formatos y características perfectamente copiados del original (incluso hasta con sello de agua); y ni qué decir, cualquier etiqueta bamba de las marcas más sofisticadas; visas, certificados, documentos de todo tipo falsificados de manera prolija y detallada.  El arte al servicio del delito.

Vivimos en una sociedad ganada entonces por el remedo, la imitación, la copia (y la fotocopia) legítima o ilegítima, como valor que garantiza, el consumo.

Sin embargo, es pertinente aclarar que la capacidad de imitar no es un defecto o una debilidad. Sin duda se trata más bien de un talento excepcional que naturalmente aflora en algunas personas y no, en todas. No cuestionamos tal competencia. Lo que pretendemos es reflexionar sobre su conveniencia, sus alcances, su oportunidad.

La independencia del Perú, a decir de los historiadores, ya había movilizado esta cualidad imitadora en la novel “peruanidad” de la república naciente. San Martín, inteligente actor y observador del proceso, se dio cuenta que nuestra sociedad no estaba preparada para la democracia importada de la Francia revolucionaria, toda vez que ésta se sustentaba políticamente en una clase media ilustrada que configuró y cimentó la ideología necesaria para justificar la revolución.  La poca exegesis de tal importanción se explica porque aquí, en el Perú post virreinal, era evidente que no había clase media y por tanto,  la cultura política de los criollos (en aquel momento clase dominante y dirigente a la vez) estaba ganada por un inconsciente absolutamente monárquico.  Todos querían ser reyes.

Para el Libertador entonces lo más conveniente era instalar en el Perú el sistema que ya regía en Inglaterra: una monarquía constitucional. Tal sistema garantizaba, al mismo tiempo, unidad (alrededor de la imagen de la realeza) y democracia, al establecerse el voto para elegir al primer ministro y el Parlamento (ciudadanos elegidos por sufragio universal y secreto, en quienes recae la misión de gobernar el país por un periodo de tiempo determinado).  Ciertamente, también era una imitación, pero una mucho más conveniente que la otra, la francesa, que a la postre finalmente se impuso.  El resultado fue terrible: décadas de guerras civiles (a mediados del siglo XIX hubo un momento en el que llegamos a tener CUATRO presidentes al mismo tiempo), en las que, como siempre, la carne de cañón, fueron los soldados provenientes de los sectores más pobres, los esclavos, los indígenas y sus familias.   Todo por culpa de aquella vocación por imitar sin analizar la esencia de las cosas; una imitación apresurada, sin reflexión previa.

 

El Senado argentino acaba de aprobar un proyecto de Ley que establece los 16 años como la edad mínima para votar en ese país.   Al margen de los detalles de su implementación, está claro que el tema dispara una reflexión y acaso un debate sumamente interesante (por lo menos debiera serlo para los comprometidos con la educación en el Perú), sobre la conveniencia o inconveniencia de copiar, imitar, replicar tal medida en nuestro país.

Si se trata de imitar lo bueno, lo que en líneas generales beneficiará al país, algunos sostendrán que sí, que aceptar el voto de los adolescentes peruanos permitiría politizar (ojo, en el buen y verdadero sentido del concepto) las escuelas, haciendo que la reflexión sobre el futuro de nuestra sociedad y el país, se potencie desde las aulas secundarias y no se agote en obtener un 20 o una “A” en el curso de Educación Cívica, impulsando a los maestros a promover una formación de seres humanos comprometidos con el bien común y no, como ahora, en que prima el individualismo exacerbado por la tecnología al servicio del pragmatismo. Los maestros entonces tendrían la obligación de trabajar sobre la rebeldía natural de los chicos, generando espacios para forjar demócratas autónomos, plenos, librepensadores, que les interese participar en la construcción real de un destino común, dándole por cierto, sentido de sociedad a sus planes de desarrollo personal (a despecho que quieran luego seguir capacitándose con una profesión universitaria, técnica o un oficio laboral).

Ahora, desde la otra orilla, habrá quienes sostendrán que no, que de ninguna manera se debe permitir rebajar la edad de los habilitados para votar porque eso implicaría un riesgo demasiado grande, toda vez que los chicos, los adolescentes, son una masa especialmente manipulable, poco o nada capacitada para el análisis político, la que por su inmadurez natural, puede ser proclive a comprometerse con discursos fáciles, populistas, cuando no, extremistas que, lejanos de toda prudencia, pueden pretender sacar ventaja de la ingenuidad, la rebeldía o la ilusión natural de los adolescentes por “cambiar el mundo”.

El periodista Aldo Mariátegui (casualmente nieto del Amauta, autor de la epígrafe de este artículo) al referirse al tema en su columna del diario Correo, comenta con bastante perspicacia que en las circunstancias mencionadas podría bastarle a un político avispado, mencionar que de joven fumó marihuana, que es un liberal para hablar de sexo o que es un conocedor de bandas de rock para ganarse fácilmente la simpatía del nuevo “electorado” citadino ; mientras que para los jóvenes campesinos, el discurso conveniente podría validar la mesiánica prédica senderista de la acción política de los jóvenes contra aquel Estado corrupto y opresor, ganando ahora sí, de manera formal, un espacio para el extremismo en todas las escuelas rurales, a las que justamente el Estado no atiende por falta de recursos o ausencia de gestión eficaz.

Una postura tercerista podría amarrar el tema al debate vigente sobre el voto obligatorio. Hay, como nosotros, quienes abonan por instaurar el voto facultativo, voluntario y no obligatorio, y esta postura se basa justamente en la convicción que la participación ciudadana debe ser el resultado de un compromiso asumido con responsabilidad. La obligatoriedad del voto neutraliza esa convicción toda vez que aleja al votante de la reflexión profunda que justifica la necesidad de ejercer un derecho. Pero sin perjuicio de seguir con esta prédica, la posibilidad de que los chicos de 16 años voten por voluntad y no por obligatoriedad, generaría la necesidad de estrategias formativas más eficientes en la medida que esta vez, el convencimiento reflexivo sería condición sine cua non, para conseguir la participación masiva de este “mercado potencial” de votantes.

Termino este artículo, como otras veces, dejando preguntas sin respuesta como temas de análisis y discusión: ¿es conveniente promover en el Perú que la edad mínima para participar en una votación sea 16 años?.  Al margen de las implicancias formales que tendría esta situación (la mayoría de edad supone la asunción de responsabilidades jurídicas de todo tipo), desde el punto de vista de la EDUCACIÓN, ¿está medida serviría como un acicate para la construcción de verdadera ciudadanía?. ¿Vale la pena promover este debate o es una pérdida de tiempo?.

lunes, 8 de octubre de 2012

INDULTO HUMANITARIO

Sí, pero no
 

Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, ¡!Ave María!!!”

Rubén Blades

 
La coyuntura me revela algo que hace algún tiempo es ya una íntima convicción: no existe el punto medio.  De hecho, parafraseando el título de aquella novela de Giardinelli, “Imposible Equilibrio”, lo que me llama la atención es el empecinamiento que tenemos hoy en día por tal abstracción.  Evidenciamos una vocación por el eclecticismo que finalmente termina revelando, más bien, nuestra esperanza de que sea otro, quién defina, quizá para evitar cargar con alguna nueva culpa, alguna responsabilidad que haga más pesada la mochila que llevamos en nuestro viaje existencial. 

 

Hoy se discute a través de los medios de prensa si el ex presidente Alberto Fujimori debe beneficiarse o no, con el indulto humanitario, prerrogativa exclusivamente presidencial (para algunos, último remanente de nuestra tradición monárquica), en virtud del cáncer que padece el ex gobernante.  Ciertamente el personaje, como otros a lo largo de nuestra historia republicana, desata controversias y pasiones, pero en su caso particular, esa polarización confronta también posiciones políticas, al parecer, irreductibles. 

Fujimori tiene la condición de sentenciado porque, luego de un proceso judicial, se estableció su participación como “actor mediato” (autor intelectual) de ejecuciones extrajudiciales, crímenes ejecutados en el marco de la llamada “guerra sucia” contra la subversión de la década de los 80s y 90s.  El terrorismo de Estado, como estrategia de lucha antisubversiva, aquí y en otras partes del mundo ha llevado a varios personajes parecidos a ser condenados por delitos de lesa humanidad, o genocidio, toda vez que se ha valorado la sistematización de tal conducta como política de Estado, en perjuicio de la población en general.  Hay por cierto quienes observan que existe una condición cuantitativa para determinar la calificación de genocidio, esto es, si hablamos de asesinatos masivos, es una cosa, pero si se trata de asesinatos selectivos, es otro tema, y en tal virtud, este último debería, meramente, ser considerado como “homicidio calificado agravado”. 

Esta disquisición semántica no es irrelevante, toda vez que a cada tipificación penal corresponde una pena específica, la misma que debe ser asumida por el debido proceso. Sin embargo, más allá del debate jurídico que acarrea, es claro que para la población lo que prima no es la justicia o la legalidad, sino la simpatía o antipatía que genera el personaje en cuestión.  Y ese es el meollo de asunto.  ¿Cómo establecer el centro que nos permita ser justos sin colisionar con nuestras “empatías”?. 

Cesare Beccaria, allá por el siglo XVIII, ya nos confrontaba con esta realidad vigente cuando en su obra “De los Delitos y las Penas” subrayaba la necesidad de humanizar el acto punitivo, la sanción.  Con lucidez impecable, Beccaria se convirtió, en aquella Europa del Antiguo Régimen, donde la crueldad era la norma, en el adalid de la lucha contra la pena de muerte, la que consideraba que quitaba autoridad moral a quien la aplicaba (si la sociedad da muerte, con alevosía y ventaja, a un criminal por haber cometido asesinato ¿cuál es la diferencia entre éste y la sociedad castigadora?); así se defendía la necesidad que la pena fuera disuasoria y educativa, por lo que la prisión efectiva y extensa era mucho más coherente con el objetivo social.

Ahora bien, algunos sostendrán que la Europa pre revolucionaria del siglo XVIII no es el Perú del siglo XXI, y estamos de acuerdo, pero entonces cabría preguntarnos ¿cuál tendría las peores condiciones penitenciarias?.  Si hay algún lugar aberrante, infernal, donde se desnuda lo peor de la miseria humana, se los garantizo, ese lugar está en las cárceles de nuestro país.   Pero Fujimori no está en Lurigancho, Castro Castro o Sarita Colonia.  Él está en un lugar de reclusión con todas las comodidades.  Es cierto, y es ahí donde se debiera centrar la reflexión.  Si la sanción es la privación de la libertad, ¿La pena debe ser suplicio?.  El poeta lo describe mejor “…las penas crecen con los suplicios”. 

 
Pero como somos representantes de ese eclecticismo imposible seguiremos preguntándonos ¿Es justo que Fujimori, condenado por corrupción y por la muerte de gente inocente, se beneficie del indulto humanitario, cuando aquellos jóvenes secuestrados y torturados sin piedad no tuvieron oportunidad alguna?, ¿es justo que un ex presidente, que fue elegido por nosotros mismos para gobernarnos y solucionar urgentemente nuestros graves problemas nacionales (derrotar a la subversión, acabar con la hiperinflación, salir de la crisis económica, resolver el problema con el Ecuador, hacer viable el país, etc.), sea ahora excluido de un indulto humanitario, a despecho de su enfermedad incurable?

Yo estoy de acuerdo con quienes afirman que la vida es movimiento; que por más que nos esforcemos por encontrar el punto medio, la inmovilidad total y absoluta es imposible y el instante define nuestra vocación por uno u otro lado.  El equilibrio no es otra cosa que el movimiento constante que balancea los pesos; así, ante la duda, algo en lo más profundo de nuestro corazón termina inclinando la balanza y nuestro cerebro debe actuar para seguir manteniendo nuestra vigencia y acaso nuestra razón.  La inmovilidad es la muerte.  El cambio es la vida y por tanto, la equivocación, si tenemos otra oportunidad, nos enseña a vivir.  Por eso, no hay que sentirnos culpables por dudar, si es que tenemos la valentía de enfrentar y asumir los riesgos que supone tomar decisiones y actuar coherentemente… como seguramente le cantaría Rubén Blades a Ollanta Humala… y también a Nadine Heredia … ¡qué duda cabe!.