jueves, 28 de febrero de 2013

ROBA, PERO HACE OBRA


Hace algún tiempo ya, un amigo, gerente general de una conocida empresa pesquera, me invitó a un seminario taller de Alta Gerencia y Capital Humano en la Universidad del Pacífico.  En realidad lo que pasó fue que mi amigo debía viajar y ya había pagado el costo del taller, entonces me lo ofreció.  Por entonces, yo ejercía algún cargo administrativo en la universidad y en tal virtud, me interesó el tema, por lo que acepté gustoso.  

Resulta que llegué al salón especial donde se realizaría el taller y me integré al grupo.  Éramos 18 personas, sentados en una mesa semicircular, todos gerentes de distintas empresas y yo que, para los efectos, fungía de lo mismo.  A la hora señalada ingresó el conferencista-facilitador (que no recuerdo su nombre), el mismo que, luego de darnos la bienvenida, dio instrucciones para que se retiraran todos los auxiliares y se cerraran las dos puertas de la sala.

Entonces nos dijo… “Bien, ahora que estamos solos y todos nos dedicamos a lo mismo, quizá podamos comenzar hablando con absoluta sinceridad ¿no?”.  Todos quedamos en silencio, sorprendidos con tal aseveración, mas luego de un segundo de observar nuestras caras el susodicho agregó –“es básico que tengamos eso claro porque hoy vamos a ser pragmáticos y decir las cosas tal como son.  Así, comenzaré con una verdad incuestionable para todos nosotros: LOS VALORES HUMANOS NO DAN PLATA”.  Tal afirmación me dejó perplejo, pero incluso mis “colegas” gerentes, de principio, sospecho que no aceptaron tal proposición.  El facilitador continuó… - Miren, entre gitanos, no nos vamos a leer la mano ¿no es verdad?,… Sí, sí, claro que es cierto que tener valores nos hace mejores personas en algunos escenarios y probablemente por evidenciarlos, nos quieran más, pero desde el punto de vista del negocio es, qué duda cabe, un aspecto secundario, complementario, nunca esencial, que en estricto sentido podemos postergar y no priorizar”-  

Si tenemos que proyectar e implementar cualquier negocio exitoso –continuó el conferencista- nuestro principal recurso será nuestra capacidad para convertir dinero en más dinero, es decir, conseguir la máxima rentabilidad en el menor tiempo posible y hacerla sostenible ¿no es verdad?-  Todos ya más convencidos ante tal argumentación lógica comenzaron a asentir y luego de varios ejemplos contundentes, debo reconocer que hasta yo, un advenedizo (neófito sería mejor decir) en el mundo de la gestión, terminé transando y aceptando que sí, que finalmente eso era cierto.

Pero entonces, cuando ya todos nos habíamos convertido a la nueva religión, el señor sacerdote preguntó…  “¿quién me puede definir el concepto de crédito bancario?.   Nuevamente la perplejidad se apoderó de la feligresía.  Luego de un pequeño espacio de silencio, ya más en confianza, un gerente respondió… “Es una acción financiera en la que un banco o entidad que maneja fondos nos presta el dinero que solicitamos con cargo a devolverlo en un plazo determinado y pagando los intereses que correspondan”  Apabullados por la sapiencia del primer alumno, todos asentimos, y el sacerdote continuó con sus interrogantes, pero esta vez usando la técnica mayéutica…

¿Todos podemos acceder fácilmente a un crédito bancario?...

No, - respondieron varios, mientras el primer alumno agregó…  se requiere cumplir con ciertos requisitos

¿Así no? ¿Será cierto que en la mayoría de casos se requiere demostrar que somos buenos pagadores?...      

Sí, así es…

¿Será cierto que debemos demostrar que no somos deudores morosos?,

sí, eso también…

¿Será cierto que tenemos que firmar una declaración jurada reconociendo que todo lo que decimos es verdad?,…

sí, también eso…

¿Y si nos aceptan el préstamo y lo devolvemos en los tiempos y plazos acordados, en el futuro nos será más fácil obtener créditos más grandes?

Sí, es verdad.

¿y será que con más y mejores préstamos incrementamos nuestro capital de trabajo por lo que de maduro cae que podemos producir más?...

Sí, señor.

¿Y si producimos más, obtenemos más utilidades?...

Sí…

¿Podríamos afirmar que la honestidad, puntualidad, responsabilidad, nos hacen más rentables?....

SÍ….

Pero…  ¿Acaso no hemos comenzado esta reunión aceptando que LOS VALORES NO DAN PLATA? 

Esta vez la sala enmudeció y solo atinamos  culposamente a asentir con la cabeza luego de haberse evidenciado nuestra peregrina contradicción

Entonces…  ¿es que acaso nos equivocamos?

Sí puessss, parece que sí  ¿!? – aceptamos, resignados ahora, la situación.

El facilitador, con ironía digna de un refinado Voltaire, solo agregó… ¡qué bueno que nos dimos cuenta aquí y no después, en “la vida real” ¿no es verdad?!!!.

Ahora bien, ¿Por qué les he relatado esta anécdota?.  Resulta que hoy, nuevamente en clase, me encontré con la misma afirmación que vengo escuchando desde fines del siglo pasado: “… es que roba, pero hace obra profesor”.  Y tal como antes, lamento que sea un joven quien defienda tal postura.  Y es que hoy se confunde el pragmatismo con la falta de escrúpulos para conseguir objetivos que finalmente se sostienen en otro paradigma pernicioso: lo urgente, no da tiempo para lo importante.  El dilema entre el que “roba pero hace obra” versus elhonesto, pero inútil”, es una falacia, un recurso retórico para justificar la pequeñez de convicciones.  La honestidad es un valor que no excluye la eficiencia.  Si acaso esta última no se expresara, siempre habrá la posibilidad de aprender y mejorar; pero quien justifica su eficiencia en el robo o la deshonestidad, termina haciendo daño a alguien o a muchos, perjudicando inocentes, destruyendo la convivencia y la paz social.  Por lo demás, el justo es infinitamente más feliz que el injusto.  Pero ¿por qué hoy parece lo contrario?.

El debate sobre el aprendizaje de valores está vigente.  Algunos colegas sostienen que la universidad no es el escenario para eso…  “esa es labor de la familia y la escuela básica”.  Los que discrepamos con esta postura sostenemos dos cosas…

Uno.- La célula de la sociedad YA NO ES LA FAMILIA

Dos.- La escuela básica está desfasada de la realidad; se ha quedado en la sociedad industrial fenecida.

Sobre lo primero, reconociendo que el centralismo urbano es el escenario principal, las familias de clase media y pequeño burguesas simplemente están desintegradas físicamente (ambos padres trabajan todo el día, cuando no también los fines de semana, y los hijos cada vez más jóvenes dejan el hogar y viven su vida gregaria, mientras los niños, sin barrio, sin lugares, quedan solos al cuidado de empleadas domésticas o parientes diversos, más interesados en la telenovela de moda que en educar a los párvulos o los adolescentes).  La esperanza, la reserva de la familia como núcleo social hasta hace dos décadas estaba en los sectores populares, pero tampoco.  Los migrantes provincianos, (incluidos los “nuevos ricos”) antes proclives a la familia, al ayllu, al llegar a la ciudad, solo tienen un objetivo: trabajar.  Y lo hacen 14 horas diarias, sin descanso dominical, vendiendo golosinas o en sus puestos del mercado.  Luego, tampoco están en casa y sus hijos quedan expuestos a los avatares de una ciudad violenta donde campea el racismo y la discriminación que niega o recusa el mestizaje y la pluriculturalidad.   La familia entonces ya fue. 

Sobre lo segundo, la escuela pública, es básicamente un centro de desadaptación social y no un escenario de aprendizaje y enriquecimiento.  Si algo se aprende en la escuela pública es a sobrevivir en la selva de cemento acaso a través de la argucia, la trampa, el contubernio y la corruptela.  Pero ¿y las escuelas privadas?.  Resulta que éstas, reservadas a los que pueden pagar, en su mayoría siguen siendo tributarias de una formación escolástica, acartonada, maquillada de insumos tecnológicos  y multimedia pero donde igual se sigue enseñando a obedecer, repetir y aceptar el statu quo de las relaciones de poder y la “verdad” que emana el profesor, cuando no, de internet.  Mientras tanto, el bullying se extiende y un niño o niña, para existir, debe ser una de las dos cosas: o víctima o victimario.

Si la Familia hoy no es la célula de la sociedad y la Escuela tampoco lo es ¿quién toma la posta?.   Algunos sostienen enfáticos… ¡LAS REDES SOCIALES!.  Hoy por hoy, ahí están los contactos que acaparan la atención y los intereses.  Es ahí donde las conductas sociales son difundidas y amplificadas convirtiéndose en modelos.  Es a través del Facebook donde conocemos y reconocemos el valor de las personas.  Es a través de ese canal, que influimos.  Que tiene sus ventajas, seguramente, y es una realidad que debemos aceptar, pero que tiene sus riesgos, también debemos tenerlo claro.  Por lo pronto, es evidente que el contacto físico directo, el que genera verdadera empatía y sensibilidad no se puede dar a través del canal virtual. Y si para un joven esto es vital, para un niño en plena formación de personalidad es dramático.

Si las cosas son así, ¿la universidad puede ser la alternativa?.  Yo creo que sí.

El año pasado, un día mi gran amigo, el profesor José Luis Cabrera, se encontró con que sus alumnos llegaban tarde a clase.  ¿Qué había pasado?, una máquina, un expendedor automático de café Altomayo se había malogrado y proporcionaba el producto gratis.  Los chicos hacían cola para aprovechar la situación y todos entraron al aula con sus vasos de café.   El profesor Cabrera, agudo observador de la conducta social, solo atinó a hacerles un pequeño comentario a manera de pregunta: ¿son ustedes habituales consumidores de café?.  Los chicos quedaron todos en silencio.  Luego de un momento aceptaron que no. ¿podríamos decir que nuestra conducta es deshonesta por decir lo menos?... el silencio continuó en la sala y finalmente el  profesor agregó… nosotros decimos que por todas partes campea la corrupción y la deshonestidad en nuestro país ¿qué parte de responsabilidad nos toca por esa conducta generalizada en nuestra sociedad?.   Es verdad que no somos perfectos, a veces nos equivocamos, caemos en incoherencias y contradicciones, pero es fundamental darnos cuenta de ello y que “el otro”, “los otros”, nos ayuden a corregir, reconocer y mejorar nuestra existencia.  La situación disparó un debate y una reflexión sumamente productiva que estoy seguro caló en la conciencia de los chicos.

Creo que esa es nuestra labor: estar atentos y dispuestos, en todo momento y circunstancia a construir CIUDADANÍA, ergo, valores humanos para la convivencia social.

Salvo mejor opinión.

viernes, 16 de noviembre de 2012

MEJOR NO TRABAJAR EN EQUIPO

 
“¡Uno para todos y todos para uno!!”
D´Artagnian, el mosquetero

A cada rato escuchamos decir que hay que trabajar en equipo; que debemos aprender a hacerlo; que trabajando en equipo se logran mejores resultados; que “lo más importante es el equipo”, etc. Sin embargo, observamos todo el tiempo que la realidad contradice tal premisa. De hecho, recurrentemente nos encontramos con jóvenes estudiantes que solicitan hacer solos alguna tarea académica encargada (profe, por favor, ¿puedo hacer el trabajo yo solo???... es que profeee!!! Me es difícil reunirme con el grupo, déjeme hacerlo sola por favor ¿síiii?). Consecuentemente, cuando revisamos los trabajos grupales y los comparamos con los desarrollados individualmente por sus integrantes, salta la diferencia notable en la calidad del producto: Tanto en la forma como en el fondo, los trabajos individuales son muy superiores a los del “equipo”. ¿Por qué sucede esto?, ¿no es acaso que varias cabezas piensan mejor que una?, ¿no es que el equipo supone una sumatoria de talentos y por cierto, una solución para las debilidades individuales?.
El mito del trabajo en equipo, en la mayoría de casos, se sostiene sobre emociones más que razones. “Los buenos hacen equipo, los malos prefieren el invidualismo” nos dicen. Falacia totalitaria que tiene el aroma del fascismo. Es claro que conceder categorías morales a una estrategia nos lleva a confusión. De hecho puede haber “malos” equipos integrados por individuos “buenos”. No es pues un tema de bondad o maldad, sino más bien, un asunto de eficiencia operativa.
En teoría, el equipo es una sumatoria, pero ésta no es automática. Sucede que con el auge de las redes, cae de maduro que la promoción de esta forma de trabajar tenga relevancia, sin embargo, son pocos los que se dan cuenta que se trata de una estrategia que involucra autoconocimiento como requisito primario y luego, técnicas y tácticas concretas, mas no únicamente valores actitudinales. Estos últimos, por cierto son esenciales claro está, pero de ninguna manera suficientes para que el trabajo en equipo logre objetivos específicos de alto rendimiento colectivo.
SINERGIA es la palabra clave para configurar el equipo, pero incluso este concepto, tampoco es automático.  Luego, de superar el autoconocimiento, el grupo que pretende convertirse en equipo debe establecer objetivos, metas y criterios de trabajo (normas internas) que deben ser el resultado de una negociación diáfana, sin pretensiones subalternas. Luego, visualizando el producto final, el grupo que quiere constituirse en equipo debe desarrollar el plan de acción consecuente que establezca plazos fijos vinculados a metas realistas para poder autoevaluar el avance y poder así establecer las responsabilidades individuales específicas. Solo entonces, se vislumbrará un borrador del equipo incipiente.
Ahora, para consolidarse, a lo largo del tiempo convenido, tiene que haber cortes, momentos en los que el equipo evalúa el “mientras tanto”, y va corrigiendo o modificando lo que sea necesario. En ese proceso de configuración, el grupo debe encarar aspectos concomitantes que, sin embargo, no son naturales en todos los seres humanos, y que solo se pueden administrar si reprimimos nuestros instintos primarios.
Así tenemos que el grupo, para convertirse en un equipo, debe antes reconocer…
1.- Liderazgo funcional.-
Que eventualmente se opone al liderazgo natural, toda vez que este, puede ser perjudicial si hay personalidades vulnerables, que son proclives a influencias fuertes. Ya el psicoanalista inglés Donald Winnicot en un artículo brillante aborda este tema al referirse a la simbiosis entre un ser que influye y uno que quiere ser influido. El hecho es que si hay un líder natural en el grupo, éste debe, inteligentemente, subordinarse a aquel que, para el objetivo planteado, sí reúne las competencias más convenientes, a efecto que las decisiones y las acciones consecuentes respondan a una racionalidad y no a una personalidad. Ya lograrlo es todo un reto.
2.- Complementariedad y Diversificación.-
Si todos hacen todo o“cada quien hace lo suyo y después lo juntamos” el grupo solo alcanzará resultados precarios.  Se trata de un principio básico de industrialización.  Cada quien debe hacer la parte del proceso que mejor sabe hacer, de tal suerte que se constituye una línea de producción. Esa disposición de labores es el resultado de una evaluación, a priori, de las competencias de cada integrante, por lo que debe, también ser consensuada. Incluso puede suceder que un integrante tenga las competencias, pero no la disponibilidad (vive lejos, está enfermo, está más interesado en otra cosa, etc.), luego NO es competente para la función específica y habrá que encargarle otra cosa.
3.-Compensación y Equidad.-
Los equipos de trabajo están constituidos por seres humanos lo que implica la latencia de cambios imprevistos.  Somos pasionales y por más integrado que parezca el engranaje, puede tener altibajos en varios momentos. Solo un equipo atento a la dinámica interna puede, dado el caso, suplir las eventuales carencias o debilidades que se presentan en pleno proceso. Así, la carga del trabajo no solo se reparte equitativamente, sino que además, revela la fortaleza psicológica que genera sentir el respaldo del compañero atento.
El funcionamiento del equipo de voleibol es ejemplar en relación a la compensación. Al margen de que cada jugadora tiene una función específica (que además está regulada por la rotación reglamentaria), al momento de la verdad todas “juegan sin pelota” y deben estar atentas a cubrir la defensa si es que, para el ataque franco, el mate elaborado es bloqueado eficientemente por el contrario, haciendo del rebote un peligro latente.
4.-Coordinación y Comunicación.-
Toda comunicación solo se concreta con el retorno, el feed back. Solo garantizando que el mensaje llegó tal y como queríamos, sin ruidos, sin lugar a malentendidos, es que podemos esperar respuestas útiles.  ¿Cómo lograrlo?, quizá logrando internalizar un “código intencionado”.  El grupo que logra configurar un código de comunicación propio, incluso no verbal, que permite que la coordinación se facilite, es el que ya constituye equipo.  Tal código supone un reconocimiento de signos y señales verbales y no verbales que no solamente revelan un mensaje sino, una intencionalidad.  Así, cada integrante del equipo puede anticipar la movida de su compañero y ganar tiempo para que su propia movida sea más eficaz.  Es como jugar al ajedrez, no de manera individual, sino por equipos y con reloj. Si para realizar la movida los integrantes se enfrascan en una discusión bizantina se consume el tiempo de la jugada y la ventaja la tiene el rival, no por ningún error, sino simplemente porque la coordinación se hace lenta debido a una negociación insoslayable.  Pero si cada integrante tiene asimilada la intencionalidad colectiva, surge la confianza de que aquella medida tomada por el compañero más preparado será la más conveniente para todos. Y para ello no basta con decodificar el significado de las acciones sino asumir como propias las intenciones que están detrás de los gestos. Todo lo demás será el resultado de la red.
El Perú destaca siempre en deportes individuales. Surf, box, ajedrez, botes optimist (por nombrar aquellos que alcanzaron campeonatos mundiales).  Entre los deportes por equipos solo el voleibol, alguna vez, nos deparó satisfacciones de alta competencia; en los otros deportes colectivos nuestra presencia es pobre (el mito del fútbol en todo caso, merece otro artículo).  Una hipótesis que explica esta constante radica en la poca, por no decir, nula educación para el equipo que recibimos en las escuelas. Desde la primera infancia, no nos educan para ver en la competencia una oportunidad de aprender, sino, una forma de ganar.  Por tanto, el rival es el enemigo.  Por otro lado, el compañero es también eventualmente un contrincante que nos quitará lo que deseamos, o sea el enemigo en potencia y, en consecuencia, hay que cuidarnos de él.
Si a todo esto le agregamos la cultura del premio y el castigo instalada desde la escuela inicial, en la que por hacer algo nos pegan una estrellita en la frente, no debe extrañarnos que en toda la educación básica no se haga otra cosa que privilegiar una formación de individuos cuya íntima finalidad sea TENER, POSEER y muy, pero muy atrás, SER.  Olvidamos así el que únicamente SOMOS algo en la medida de que somos PARTE DE.  Identidad y pertenencia son la condición para la constitución de nuestro SER SOCIAL, el mismo que alcanza felicidad plena cuando la comparte.
En consecuencia, al ponerle la estrellita en la frente al niño ganador (el que siempre gana además) nos olvidamos de todos aquellos que no la reciben en una, dos, cien, oportunidades, año tras año. ¿Por qué entonces habría que tener confianza en el otro?, ¿para qué buscar hacer algo con ese sujeto si finalmente me quitará MÍ estrellita?. Posteriormente pasará lo mismo con el 20 o la “A”, y el diploma y la medalla, etc.
Solo revirtiendo ese trauma, podemos constituir equipo de verdad. He ahí el reto educativo de la universidad peruana actual.
El equipo seleccionado de voleibol de Perú que ganó la medalla de plata en las Olimpiadas de Seúl, estuvo constituido por 12 jugadoras (¿es que realmente ganamos 12 medallas o fue una que valía por las 12?), quizá todavía durante muchos años más esa epopeya deportiva siga siendo el paradigma de lo que los peruanos podemos lograr si realmente valoramos trabajar en equipo.
Fito Luján

sábado, 3 de noviembre de 2012

MURIÓ MI PERRO, LA CULPA ES DE USTEDES


Yo asumo la responsabilidad pero la culpa es de otro

 
"Una sociedad se juzga por la forma como trata a sus animales"
Mahatma Gandhi

 
La semana pasada me vi obligado a llevar a mi perro para que lo sacrifiquen. Buzz (en homenaje al entrañable personaje de Toy Story) era su nombre. Era chusco, producto de un cruce entre pastor alemán y colie, pero parecía un lobo peludo y grande. De personalidad difícil era, de joven, muy inquieto, bravo podríamos decir (aunque algunos conocedores dicen que su bravura más bien revelaba más miedos que furias). Ya con 11 años a cuestas le sobrevino una enfermedad muy resistente, una infección al oído que desde hace meses se volvió recurrente y que por más cirugías y tratamientos que llevó, no se superó. Últimamente sufría mucho y sus heridas no cerraban. En tales condiciones, los médicos me recomendaron dormirlo para que descansara en paz.

 
De adolescente tuve un perro similar, Zeppelin (cuyo nombre responde a mi homenaje para con los míticos músicos británicos de aquella banda legendaria), y con él también, por problemas de salud, se dio la misma situación (enfermó del corazón) y tuve que sacrificarlo. En aquella oportunidad, me dolió tanto que decidí no volver a tener una mascota, pero resulta que al nacer mis hijos y observar el temor que les causaban los animales, un amigo me recomendó que tuvieran un cachorro que creciera con ellos para superar tal rechazo. Y efectivamente, Buzz cumplió su misión. Mis dos hijos superaron la fobia y crecieron enriquecidos con el amor hacia el animalito, sentimiento invalorable que se hizo extensivo hacia la especie y por qué no decirlo, hacia todo ser vivo.

 
Pero con el tiempo, "la vida pasa mientras hacemos otras cosas" como dice John Lennon, y todos somos ganados por los quehaceres y los proyectos, los que a veces, terminan alejándonos de lo importante. Lo cierto es que poco a poco, fui descuidando al amigo, y mis hijos, ganados por sus intereses gregarios, también dejaron de ponerle atención. Ya no había quien juegue con él, quién lo saque a pasear, quien se preocupe por su aseo o su alimentación. Acostumbrados a su bravura (para con los extraños, porque para nosotros todo era cariño), ya ni siquiera llamaban la atención sus ladridos, los que cada vez se hacían más cansinos y débiles.

 
Algunos días antes del desenlace tuve un incidente con mi hijo mayor, quien me reclamaba traerlo de la clínica veterinaria para que lo pueda ver por última vez. Intenté hacerle ver que eso complicaría la situación pero su sentimiento de impotencia cegó su razón y en el afán quizá de exorcizar sus propias culpas me proponía... "ahora sí papá, ahora sí yo le voy a dedicar más tiempo, ahora sí me voy a encargar, yo asumiré la responsabilidad!!!". Tuve que ponerme fuerte y luego de reiterarle las razones, impuse mi decisión. Creo que hice bien, y creo que si ahora está molesto conmigo, con el tiempo, aceptará que fue lo mejor para nuestro Buzz y para todos.

 
Pero esta situación, como es mi hábito, disculparán ustedes, me llevó a reflexionar sobre lo que significa ASUMIR UNA RESPONSABILIDAD.

 
Luego de los luctuosos sucesos acaecidos en el mercado mayorista de La Parada donde lamentablemente murieron cuatro personas, otras muchas quedaron heridas, con más de cien detenidos y con incalculables pérdidas materiales para tantas familias de comerciantes, la percepción generalizada es que las cosas se hicieron mal. Pero en un hecho sin precedentes, desde la semana pasada TODAS LAS AUTORIDADES directamente vinculadas con el hecho han salido a los medios a proclamar... "¡YO ASUMO LA RESPONSABILIDAD!!". La alcaldesa de Lima primero junto con su Director de Seguridad Ciudadana; luego el Ministro del Interior, y hasta el Director General de la Policía, todos se han presentado ante los medios y han proclamado que reconocen su responsabilidad. Pero entonces, nos preguntamos ¿eso qué significa?. Cuando cualquier persona rompe un vidrio y reconoce su culpa, pues está claro que tiene que asumir el costo ¿no es verdad?. Lo rompes, lo pagas, reza el dicho.

 
Desde el punto de vista estrictamente jurídico el concepto culpa difiere del dolo en que este último supone una acción consciente e intencionada para la acción ilícita; mientras que en el caso del delito culposo, queda claro que no ha habido intención de perjuicio, aunque para el caso se evidencia imprudencia y negligencia; impericia en la profesión u oficio; falta de respeto a los reglamentos o normas preventivas. En tal virtud, aunque la sanción que recae sobre el dolo es, obviamente, mayor que la que se deriva de la culpa, en ambos casos corresponde una pena, un costo, que se debe pagar luego de determinarse el grado de responsabilidad.

 
Si por lo demás, el señalado como presunto autor, se declara RESPONSABLE, entonces "a confesión de parte, relevo de pruebas", por economía procesal, dicho autor debe ser sancionado, en el acto, por la sociedad. Si como la investigación fiscal determinará el grado de responsabilidad para la aplicación de las penas, desde el punto de vista POLÍTICO, por una mínima noción de coherencia, estas autoridades tienen que renunciar, alejarse del cargo, no solamente por decoro, sino justamente para no entorpecer el debido proceso.

 
Pero ahora nos encontramos en una coyuntura incierta (vemos que la pita se está rompiendo por el lado más débil) y... ¡se castiga a los policías subalternos! ¿¡!?. ¡Insólito!... ¿habrá que esperar qué dice Nadine????, ¿o es que habrá que esperar la previsible huelga policial???

 
Así, ante tal circunstancia, ya desde nuestra labor de educadores, también habrá que revisar el concepto de RESPONSABILIDAD que tratamos de inculcar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, para no caer en nuevas contradicciones que tengan un alto costo ético cuando tengan que asumir responsabilidades de gestión o de cualquier tipo.

 
Pero volviendo a mis responsabilidades, finalmente aquí mis colegas y amigos de la Facultad de Veterinaria de la universidad me ayudaron a resolver la situación con mi mascota y el martes último me despedí de mi querido amigo Buzz, anhelando que su viaje a la eternidad lo lleve a un nuevo mundo, más coherente y justo que el que le pudimos brindar aquí y, eventualmente, junto a Zeppelin, me esperen a que llegue para integrarme a su manada.

 
Buen viaje amigo del alma.



Fito

viernes, 19 de octubre de 2012

CUANDO CONVIENE IMITAR


POR IMITACIÓN, SÍ

A propósito de poder votar a los 16

"Ni calco ni copia, creación heroica"

José Carlos Mariátegui

Una tendencia notoria en nuestra sociedad, reflejada en los medios de comunicación de manera sostenida, es imitar.  La programación televisiva, por ejemplo, está plagada de formatos importados que alcanzan un alto nivel de preferencia (rating) en todos los estratos socio económicos, validándose una y otra vez, al punto que hoy por hoy, en el que podría ser el programa más exitoso,  la originalidad se mide por quién imita mejor (“Yo Soy”), donde se puede apreciar el extraordinario talento para mimetizarse que tienen algunos artistas que buscan hacerse conocidos.

Por otro lado, es por todos sabido que la calle Azángaro, en el Cercado de Lima, es el lugar donde fácilmente podemos obtener títulos fraguados de cualquier institución de educación superior nacional e internacional, con los formatos y características perfectamente copiados del original (incluso hasta con sello de agua); y ni qué decir, cualquier etiqueta bamba de las marcas más sofisticadas; visas, certificados, documentos de todo tipo falsificados de manera prolija y detallada.  El arte al servicio del delito.

Vivimos en una sociedad ganada entonces por el remedo, la imitación, la copia (y la fotocopia) legítima o ilegítima, como valor que garantiza, el consumo.

Sin embargo, es pertinente aclarar que la capacidad de imitar no es un defecto o una debilidad. Sin duda se trata más bien de un talento excepcional que naturalmente aflora en algunas personas y no, en todas. No cuestionamos tal competencia. Lo que pretendemos es reflexionar sobre su conveniencia, sus alcances, su oportunidad.

La independencia del Perú, a decir de los historiadores, ya había movilizado esta cualidad imitadora en la novel “peruanidad” de la república naciente. San Martín, inteligente actor y observador del proceso, se dio cuenta que nuestra sociedad no estaba preparada para la democracia importada de la Francia revolucionaria, toda vez que ésta se sustentaba políticamente en una clase media ilustrada que configuró y cimentó la ideología necesaria para justificar la revolución.  La poca exegesis de tal importanción se explica porque aquí, en el Perú post virreinal, era evidente que no había clase media y por tanto,  la cultura política de los criollos (en aquel momento clase dominante y dirigente a la vez) estaba ganada por un inconsciente absolutamente monárquico.  Todos querían ser reyes.

Para el Libertador entonces lo más conveniente era instalar en el Perú el sistema que ya regía en Inglaterra: una monarquía constitucional. Tal sistema garantizaba, al mismo tiempo, unidad (alrededor de la imagen de la realeza) y democracia, al establecerse el voto para elegir al primer ministro y el Parlamento (ciudadanos elegidos por sufragio universal y secreto, en quienes recae la misión de gobernar el país por un periodo de tiempo determinado).  Ciertamente, también era una imitación, pero una mucho más conveniente que la otra, la francesa, que a la postre finalmente se impuso.  El resultado fue terrible: décadas de guerras civiles (a mediados del siglo XIX hubo un momento en el que llegamos a tener CUATRO presidentes al mismo tiempo), en las que, como siempre, la carne de cañón, fueron los soldados provenientes de los sectores más pobres, los esclavos, los indígenas y sus familias.   Todo por culpa de aquella vocación por imitar sin analizar la esencia de las cosas; una imitación apresurada, sin reflexión previa.

 

El Senado argentino acaba de aprobar un proyecto de Ley que establece los 16 años como la edad mínima para votar en ese país.   Al margen de los detalles de su implementación, está claro que el tema dispara una reflexión y acaso un debate sumamente interesante (por lo menos debiera serlo para los comprometidos con la educación en el Perú), sobre la conveniencia o inconveniencia de copiar, imitar, replicar tal medida en nuestro país.

Si se trata de imitar lo bueno, lo que en líneas generales beneficiará al país, algunos sostendrán que sí, que aceptar el voto de los adolescentes peruanos permitiría politizar (ojo, en el buen y verdadero sentido del concepto) las escuelas, haciendo que la reflexión sobre el futuro de nuestra sociedad y el país, se potencie desde las aulas secundarias y no se agote en obtener un 20 o una “A” en el curso de Educación Cívica, impulsando a los maestros a promover una formación de seres humanos comprometidos con el bien común y no, como ahora, en que prima el individualismo exacerbado por la tecnología al servicio del pragmatismo. Los maestros entonces tendrían la obligación de trabajar sobre la rebeldía natural de los chicos, generando espacios para forjar demócratas autónomos, plenos, librepensadores, que les interese participar en la construcción real de un destino común, dándole por cierto, sentido de sociedad a sus planes de desarrollo personal (a despecho que quieran luego seguir capacitándose con una profesión universitaria, técnica o un oficio laboral).

Ahora, desde la otra orilla, habrá quienes sostendrán que no, que de ninguna manera se debe permitir rebajar la edad de los habilitados para votar porque eso implicaría un riesgo demasiado grande, toda vez que los chicos, los adolescentes, son una masa especialmente manipulable, poco o nada capacitada para el análisis político, la que por su inmadurez natural, puede ser proclive a comprometerse con discursos fáciles, populistas, cuando no, extremistas que, lejanos de toda prudencia, pueden pretender sacar ventaja de la ingenuidad, la rebeldía o la ilusión natural de los adolescentes por “cambiar el mundo”.

El periodista Aldo Mariátegui (casualmente nieto del Amauta, autor de la epígrafe de este artículo) al referirse al tema en su columna del diario Correo, comenta con bastante perspicacia que en las circunstancias mencionadas podría bastarle a un político avispado, mencionar que de joven fumó marihuana, que es un liberal para hablar de sexo o que es un conocedor de bandas de rock para ganarse fácilmente la simpatía del nuevo “electorado” citadino ; mientras que para los jóvenes campesinos, el discurso conveniente podría validar la mesiánica prédica senderista de la acción política de los jóvenes contra aquel Estado corrupto y opresor, ganando ahora sí, de manera formal, un espacio para el extremismo en todas las escuelas rurales, a las que justamente el Estado no atiende por falta de recursos o ausencia de gestión eficaz.

Una postura tercerista podría amarrar el tema al debate vigente sobre el voto obligatorio. Hay, como nosotros, quienes abonan por instaurar el voto facultativo, voluntario y no obligatorio, y esta postura se basa justamente en la convicción que la participación ciudadana debe ser el resultado de un compromiso asumido con responsabilidad. La obligatoriedad del voto neutraliza esa convicción toda vez que aleja al votante de la reflexión profunda que justifica la necesidad de ejercer un derecho. Pero sin perjuicio de seguir con esta prédica, la posibilidad de que los chicos de 16 años voten por voluntad y no por obligatoriedad, generaría la necesidad de estrategias formativas más eficientes en la medida que esta vez, el convencimiento reflexivo sería condición sine cua non, para conseguir la participación masiva de este “mercado potencial” de votantes.

Termino este artículo, como otras veces, dejando preguntas sin respuesta como temas de análisis y discusión: ¿es conveniente promover en el Perú que la edad mínima para participar en una votación sea 16 años?.  Al margen de las implicancias formales que tendría esta situación (la mayoría de edad supone la asunción de responsabilidades jurídicas de todo tipo), desde el punto de vista de la EDUCACIÓN, ¿está medida serviría como un acicate para la construcción de verdadera ciudadanía?. ¿Vale la pena promover este debate o es una pérdida de tiempo?.

lunes, 8 de octubre de 2012

INDULTO HUMANITARIO

Sí, pero no
 

Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, ¡!Ave María!!!”

Rubén Blades

 
La coyuntura me revela algo que hace algún tiempo es ya una íntima convicción: no existe el punto medio.  De hecho, parafraseando el título de aquella novela de Giardinelli, “Imposible Equilibrio”, lo que me llama la atención es el empecinamiento que tenemos hoy en día por tal abstracción.  Evidenciamos una vocación por el eclecticismo que finalmente termina revelando, más bien, nuestra esperanza de que sea otro, quién defina, quizá para evitar cargar con alguna nueva culpa, alguna responsabilidad que haga más pesada la mochila que llevamos en nuestro viaje existencial. 

 

Hoy se discute a través de los medios de prensa si el ex presidente Alberto Fujimori debe beneficiarse o no, con el indulto humanitario, prerrogativa exclusivamente presidencial (para algunos, último remanente de nuestra tradición monárquica), en virtud del cáncer que padece el ex gobernante.  Ciertamente el personaje, como otros a lo largo de nuestra historia republicana, desata controversias y pasiones, pero en su caso particular, esa polarización confronta también posiciones políticas, al parecer, irreductibles. 

Fujimori tiene la condición de sentenciado porque, luego de un proceso judicial, se estableció su participación como “actor mediato” (autor intelectual) de ejecuciones extrajudiciales, crímenes ejecutados en el marco de la llamada “guerra sucia” contra la subversión de la década de los 80s y 90s.  El terrorismo de Estado, como estrategia de lucha antisubversiva, aquí y en otras partes del mundo ha llevado a varios personajes parecidos a ser condenados por delitos de lesa humanidad, o genocidio, toda vez que se ha valorado la sistematización de tal conducta como política de Estado, en perjuicio de la población en general.  Hay por cierto quienes observan que existe una condición cuantitativa para determinar la calificación de genocidio, esto es, si hablamos de asesinatos masivos, es una cosa, pero si se trata de asesinatos selectivos, es otro tema, y en tal virtud, este último debería, meramente, ser considerado como “homicidio calificado agravado”. 

Esta disquisición semántica no es irrelevante, toda vez que a cada tipificación penal corresponde una pena específica, la misma que debe ser asumida por el debido proceso. Sin embargo, más allá del debate jurídico que acarrea, es claro que para la población lo que prima no es la justicia o la legalidad, sino la simpatía o antipatía que genera el personaje en cuestión.  Y ese es el meollo de asunto.  ¿Cómo establecer el centro que nos permita ser justos sin colisionar con nuestras “empatías”?. 

Cesare Beccaria, allá por el siglo XVIII, ya nos confrontaba con esta realidad vigente cuando en su obra “De los Delitos y las Penas” subrayaba la necesidad de humanizar el acto punitivo, la sanción.  Con lucidez impecable, Beccaria se convirtió, en aquella Europa del Antiguo Régimen, donde la crueldad era la norma, en el adalid de la lucha contra la pena de muerte, la que consideraba que quitaba autoridad moral a quien la aplicaba (si la sociedad da muerte, con alevosía y ventaja, a un criminal por haber cometido asesinato ¿cuál es la diferencia entre éste y la sociedad castigadora?); así se defendía la necesidad que la pena fuera disuasoria y educativa, por lo que la prisión efectiva y extensa era mucho más coherente con el objetivo social.

Ahora bien, algunos sostendrán que la Europa pre revolucionaria del siglo XVIII no es el Perú del siglo XXI, y estamos de acuerdo, pero entonces cabría preguntarnos ¿cuál tendría las peores condiciones penitenciarias?.  Si hay algún lugar aberrante, infernal, donde se desnuda lo peor de la miseria humana, se los garantizo, ese lugar está en las cárceles de nuestro país.   Pero Fujimori no está en Lurigancho, Castro Castro o Sarita Colonia.  Él está en un lugar de reclusión con todas las comodidades.  Es cierto, y es ahí donde se debiera centrar la reflexión.  Si la sanción es la privación de la libertad, ¿La pena debe ser suplicio?.  El poeta lo describe mejor “…las penas crecen con los suplicios”. 

 
Pero como somos representantes de ese eclecticismo imposible seguiremos preguntándonos ¿Es justo que Fujimori, condenado por corrupción y por la muerte de gente inocente, se beneficie del indulto humanitario, cuando aquellos jóvenes secuestrados y torturados sin piedad no tuvieron oportunidad alguna?, ¿es justo que un ex presidente, que fue elegido por nosotros mismos para gobernarnos y solucionar urgentemente nuestros graves problemas nacionales (derrotar a la subversión, acabar con la hiperinflación, salir de la crisis económica, resolver el problema con el Ecuador, hacer viable el país, etc.), sea ahora excluido de un indulto humanitario, a despecho de su enfermedad incurable?

Yo estoy de acuerdo con quienes afirman que la vida es movimiento; que por más que nos esforcemos por encontrar el punto medio, la inmovilidad total y absoluta es imposible y el instante define nuestra vocación por uno u otro lado.  El equilibrio no es otra cosa que el movimiento constante que balancea los pesos; así, ante la duda, algo en lo más profundo de nuestro corazón termina inclinando la balanza y nuestro cerebro debe actuar para seguir manteniendo nuestra vigencia y acaso nuestra razón.  La inmovilidad es la muerte.  El cambio es la vida y por tanto, la equivocación, si tenemos otra oportunidad, nos enseña a vivir.  Por eso, no hay que sentirnos culpables por dudar, si es que tenemos la valentía de enfrentar y asumir los riesgos que supone tomar decisiones y actuar coherentemente… como seguramente le cantaría Rubén Blades a Ollanta Humala… y también a Nadine Heredia … ¡qué duda cabe!. 

 

lunes, 3 de septiembre de 2012

UNA CLASE PRODUCTIVA

Se trataba de una clase de REALIDAD NACIONAL para secciones compuestas por estudiantes de medicina, ingeniería y marketing; el objetivo de la dinámica era consolidar lo trabajado en las sesiones anteriores en relación a aquellas manifestaciones históricas de la cultura peruana. Vale decir, debíamos buscar responder la pregunta ¿qué es ser peruano? a través de la evidencia de nuestra cultura. Luego de dos sesiones previas en las que hicimos un recorrido por la historia pre hispánica y virreinal, como insumos de peruanidad, los chicos, organizados por grupos, debían diseñar y elaborar, con materiales sencillos, la maqueta de un monumento que, por encargo de un supuesto alcalde peruanista, debía ser colocado en al parque principal de la ciudad. Para la elección del monumento se planteaba un concurso de maquetas en el que primarían tres criterios de calificación: tamaño, solidez estructural y originalidad de la propuesta, la misma que debía evidenciar de manera creativa valores de nuestra cultura. Al margen que el trabajo manual en sí era ya muy motivador, el tiempo sí representaba un problema, dado que debían elaborar el trabajo en la misma sesión de clase (dos horas) dejando al final un tiempo para la sustentación (presentación plenaria de cada trabajo).

Observando lo sucedido se me revelaron claramente aspectos interesantes. Dentro de lo positivo, algo predecible: mucho entusiasmo y voluntad de cumplir. Ciertamente los motivaba hacer su mayor esfuerzo por presentar algo bien hecho y también, obviamente, los motivaba salir del esquema común de la clase expositiva o el trabajo de grupo convencional. Pero dentro de las debilidades me llamaron la atención cuatro observaciones.
Primero.- La dinámica les exigía, como requisito previo, la elaboración de un plano en el que se plasme el diseño estructural de la obra. Resultó una exigencia demasiado difícil. La mayoría, por no decir todos, trajeron dibujos (algunos muy bonitos hay que reconocerlo) que denotaban una idea básicamente artística, mas no una estructura, una promesa de construcción, que considerara la necesidad de estabilidad, por ejemplo. Los chicos no han sido habituados a elaborar planos útiles. Pedirles entonces que usen criterios de medición convencionales y acaso conceptos instrumentales como la escala, era demasiado. Debo admitir que esa constatación felizmente nos llevó a reflexionar sobre las formas piramidales de los templos pre incas; a la necesidad de ganar altura (dedujeron que era para poder comunicarse mejor con los dioses) y acaso también, que la forma piramidal garantizaba la solidez suficiente para resistir los movimientos sísmicos naturalmente frecuentes en nuestra región.
Segundo.- Pero lo anterior, no solo me reveló, dificultad para elaborar un plano, sino que también evidenció que los chicos no están habituados a seguir un plan; a establecer pasos o etapas sobre el papel y “visualizar” aquello que quieren lograr plasmándolo en un diseño factible. De hecho, la mayoría de grupos, ante la dificultad de elaborar lo prometido se vieron en la necesidad de modificar ipso facto el plano para adecuarlo a la realidad (lo ideal, era hacerlo al revés).
Tercero.- los chicos, en su gran mayoría, y a despecho de provenir de colegios de distinto nivel socioeconómico, revelan una gran incompetencia para la construcción y/o fabricación de objetos materiales. La torpeza en el uso de sus manos contrasta con la habilidad para digitar sus sofisticados aparatos de comunicación (blackberrys, i touch, Ipod, tablets, notebooks y demás). La agilidad y rapidez con la que mueven sus dedos al manipular estos instrumentos tecnológicos, se vuelve lentitud, descoordinación y poca prolijidad para el trabajo manual. Y quizá esto se explique por una formación básica que ha privilegiado la imagen y el recurso digital por sobre cualquier desarrollo de destreza física (la crisis extendida en el trazo caligráfico es más que evidente). Esta constatación me lleva a especular que pedirles martillar un clavo o hacer una conexión eléctrica sería un desatino, por decir lo menos.
Cuarto.- Observé dificultad para la división del trabajo, es decir, problemas para organizarse solos. Pero lo más preocupante, desde mi punto de vista, fue que quienes finalmente lograron establecer una forma de trabajo colectivo terminaron actuando en compartimentos estancos, vale decir, concentrados en su quehacer individual, muy pocos reconocieron sinergias posibles ni las ventajas que tenía pensar ¿cómo puedo colaborar con la necesidad del otro?. Nuevamente, esta otra dificultad permitió también reflexionar sobre cómo nuestros antepasados pudieron construir grandes obras y aprovechar los recursos naturales de manera eficiente habiendo incorporado valores vitales de coexistencia tales como la RECIPROCIDAD (la minka, la mita, el ayni, entre otras formas de labor comunitaria), el MUTUALISMO, el TRUEQUE, etc. Es decir, la crisis, se convirtió en una oportunidad para aprender.
CONCLUSIÓN.- Creo que la experiencia fue positiva en varios aspectos, toda vez que no solamente sirvió para disparar un reflexión profunda e inacabada sobre nuestra identidad cultural, sino porque también nos permitió abordar aspectos de nuestra Realidad actual que explican rasgos de nuestra idiosincrasia que debemos saber administrar.
Asimismo, permitió identificar debilidades que deben ser trabajadas perentoriamente. Y esta urgencia tiene que ver justamente con las características del escenario social donde estos jóvenes actuarán profesionalmente. En ese sentido, una constatación salta a la vista: Sea cual sea la carrera de ciencias o humanidades que desarrollen, es claro que deben ser formados en capacidad de GESTIÓN. Constatación que, por cierto, no solo es revelada en este trabajo.
Si algo se evidencia hoy de manera dramática en la REALIDAD NACIONAL es que el ESTADO, concretamente los gobiernos regionales por ejemplo, administran pésimamente sus recursos. El caso grave de la Región Puno (donde los niños se mueren de frío por no tener frazadas mientras quienes administran las arcas regionales no saben en qué invertir) no es el único. Echarate, en Cuzco, el distrito más rico del Perú, gracias al dinero que recibe por el canon que le otorga Camisea, es representativo: no hay infraestructura vial, sanitaria o educativa suficiente, y sin embargo, el municipio ha construido la piscina pública más grande de la región!!!. Luego, no solamente falta conocimiento de gestión sino, CRITERIO para determinar prioridades.
Pero si nuestros jóvenes decidieran que su futuro está en el sector privado, y en la perspectiva que, al terminar su carrera, antes de “buscar chamba”, sean capaces de “crear chamba”, es claro que formarse eficientemente como EMPRENDEDORES con gran competencia para la GESTIÓN, no solamente les resultará en mayor rentabilidad final, sino que les dará un valor agregado fundamental para lograr cualquier objetivo personal, al entender el verdadero valor del CAPITAL HUMANO y la ventaja que otorga saber trabajar en EQUIPO (que no es lo mismo que trabajar en grupo); aprendizajes vitales que les permitirán a su vez plantearse y encarar retos nuevos, sostenibles, solidarios, compartidos, en suma objetivos esencialmente humanos, de esos que solo persiguen las mejores personas.
Salvo mejor opinión
Fito Lujan

jueves, 30 de agosto de 2012

ÉTICAMENTE RENTABLE

 
  A mi hermano Julio Alfredo, desde el infinito y más allá...    porque sigue cumpliendo con su deber.
Debo reconocerlo: mi gusto por el buen cine se ha atrofiado. Tengo claro el recuerdo de mi época de estudiante universitario en el que era un asiduo al cine club. Encontraba especial placer en películas que mostraban aspectos fascinantes de la condición humana. “Nos habíamos amado tanto”, “ La Calle ”, “ 1900” , “Amigos míos”, y otras tantas películas elaboradas con inteligencia, sutileza y delicado tratamiento de temas diversos, complejos y al mismo tiempo reveladores. Directores extraordinarios como aquellos de la escuela italiana (Scola, De Sica, Bertolucci, Rossellini, etc.), con ellos Bergman, Buñuel o el mismo Almodovar, sin desentonar, abordaban géneros diversos de forma magistral, mientras que otros, como Ford Copolla o el mismo Woody Allen quedaban perennizados en mi memoria a través de los personajes de El Padrino y Zelig respectivamente. En todas y cada una, incluso en aquellas catalogadas como comedias, los protagonistas asumían el papel de los HÉROES en la realidad-imaginaria que me comprometía existencialmente (¡cómo olvidar a Chaplin en Tiempos Modernos!!! simplemente, no había alternativa… ¡¡yo quería ser él!!). Y es que el cine llenaba todos los espacios de mi corazón, de mis ilusiones vitales. Pero entonces… ¿qué pasó?.
Hoy, si algo me complace del cine es ver películas “de acción”. Nada complicado, todo debe ser fácil y obvio. Huyo de las películas reflexivas, de enfoque psicológico o acaso, las que exigen interpretación y análisis simbólico. Descanso viendo las inverosímiles escenas violentas; me relajo sabiendo que el final es absolutamente predecible: el bueno triunfa, liquida al malo, se queda con la chica y por supuesto… disfruta finalmente del dinero motivador. El protagonista, el “héroe” es irrelevante; si cumple con su función de acabar con todos los malos y salir peinado, es suficiente.
Hace poco mi hija me llevó a ver “Los Vengadores”, interesante ver como la empresa ha llegado al heroísmo (o al revés), ahora, se trata de un consorcio de héroes, todos con poderes especiales que se unen, o mejor dicho, los juntan, para aumentar su efectividad. Luego, el acto heroico, pasa desapercibido ante tanto despliegue de excepcionalidades. Entonces, descansé, y sí, me divertí.
Un amigo me dice que lo que me sucede es simple de entender. Mi quehacer cotidiano, mi trabajo de educador, está absolutamente ganado por resolver situaciones humanas que revelan lo intrincado que es el alma y la mente. Las relaciones maestro-alumno, entre maestros y entre estudiantes, obliga a estar constantemente alerta a señales y acaso exigen estrategias elaboradas para encararlos. Todo el día, en el trabajo y fuera de él, mi existencia está signada por un resolver misterios de la condición humana. Eso explica por qué mi “descanso” perfecto radica en ver películas que no me comprometan. ¡Estoy cansado de compromisos!. Si esto es así, entonces, quizá ahí también esté la explicación del por qué la figura del Héroe es hoy para mí nuevamente significativa.
Hace unos días vi la última película de Batman “El caballero de la noche” y debo decir que fue el detonante de la reflexión que arriba he desarrollado. Fui con la expectativa limitada de ver lo de siempre: una película más de acción con un héroe conocido y personajes predecibles. Pero me equivoqué. A diferencia de las otras, por primera vez vi un Batman insospechado. Un original argumento me llevó a identificar, nuevamente, lo que hacía tiempo no veía: la humanidad en el centro de la excepcionalidad. Batman, esta vez, sufre desde dentro, padece su propio personaje, de una forma que conmueve. La ciudad clama su regreso, pero él quiere recuperar al ser humano. Los oponentes, esta vez, no se limitan a una motivación pueril definida por una maldad innata o burdamente configurada, no, son el resultado de sus propias luchas existenciales. Y entonces, la trama fluye inesperada. El héroe surge de su padecimiento íntimo y no de deberes sagrados que cumplir. Y en tal circunstancia, revela aquello que en “El ocaso de los ídolos” Federico Nietzsche (para muchos el más importante filósofo del siglo XIX) subrayaba enfáticamente… Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir.

En estos días y debido a una denuncia mediática hecha por un policía que participó en la lucha contra el narcoterrorismo en el VRAEM (Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro), se ha puesto en debate el concepto de “heroísmo”. “Se perdona el pecado pero no, el escándalo”, reza el dicho y este es uno de esos casos ejemplares. El suboficial Millones es perseguido por la justicia militar porque se le acusa de “traición a la institución”. ¿Cuál es su delito concreto? hacer una denuncia pública, ante los medios comunicación, señalando las precarias, miserables, sería mejor decir, condiciones en las que los policías deben enfrentarse a la delincuencia subversiva, condiciones que denotan desidia, negligencia del Estado, desinterés por la vida de estos hombres y mujeres que CUMPLEN CON SU DEBER. Para la institución a la que pertenece, la conducta de Millones es más que una infidencia, es una deslealtad mayúscula inadmisible. Pero al margen que se cumpla o no la máxima “los trapos sucios hay que lavarlos en casa” surgen para el caso interrogantes insoslayables… ¿El cumplimiento del deber supone algún requisito mínimo? Vale decir, ¿se puede cumplir con el deber a cabalidad sin tener recursos básicos para tal cumplimiento?, ¿está obligado un soldado a enfrentarse a la delincuencia a sabiendas que solo es carne de cañón y su sacrificio no sirve para nada?.
Muchos reconocen que la calidad de héroe supone una expresión de suprema generosidad. Héroe es aquel que, a despecho del oficio que ejerce, arriesga su integridad, su vida, para salvaguardar la del prójimo, incluso sin tener cercanía con éste. Este desprendimiento gigante raya en la locura, pero no es tal, porque nace de una convicción sublime: el sacrificio traerá a la postre un beneficio mayor, en la medida que sus consecuencias recaerán positivamente sobre lo que más se ama y se valora (la familia, la sociedad, la nación, la gente que le da sentido a nuestra vida). Es por ello que el héroe no es un loco suicida. Su mayor fortaleza no radica en ser avezado o no temer a la muerte, todo lo contrario, la excepcionalidad de su condición se sustenta en su capacidad para actuar coherentemente a despecho de cargar una mochila llena de miedos y dudas; su valor radica en superar el terror que paraliza y en responder eficazmente, en medio de un momento terrible, enfocándose en la utilidad significativa que tendrá su sacrifico para los demás. El heroísmo es entonces un acto eminentemente racional, nunca un exabrupto o una mera respuesta emotiva.
Dicho lo anterior podemos coincidir con Fernando Savater cuando afirma… el heroísmo es fundamentalmente un acto de LIBERTAD. ¿Es entonces un policía un héroe, en toda su dimensión, por haber muerto en acción?, y si acaso sobrevive, en medio de las peores condiciones ¿es también un héroe?. Si reconocemos que el heroísmo es un acto de libertad, una elección autónoma, ¿el policía, el soldado, tiene esa capacidad de decidir sobre su destino?. ¿Es posible ser héroe sin sacrificar la vida?; ¿es posible ser héroe en tiempos de paz?, ¿cabe el heroísmo en una persona poco virtuosa?, ¿es posible el heroísmo en medio de la torpeza?.
Los policías, soldados y demás ciudadanos integrantes de nuestras fuerzas armadas han elegido la profesión de proteger al país y a su nación de todo peligro, grande o pequeño, interno o externo, en cualquier circunstancia. Son servidores públicos que han jurado inmolarse si es necesario y por ello (por lo menos en teoría) se han preparado técnica, física y mentalmente para cumplir eficientemente con la responsabilidad asumida motu proprio. Sin embargo, ni siquiera las fuerzas especiales, los comandos de élite, están preparados para enfrentar las incoherencias o las contradicciones en las decisiones políticas, peor todavía si estas son el resultado de la corrupción, la impunidad y la frivolidad que históricamente han castigado a nuestras instituciones “tutelares” de la patria. Desde ese punto de vista, todos estos profesionales de la seguridad terminan siendo héroes si es que aceptamos el argumento que ellos “sabían que las cosas son así” y sin embargo, igual decidieron formar parte de las “fuerzas del orden”. Pero entonces ¿hay diferencia entre aquel policía valeroso y un personaje histórico como Miguel Grau? Para responder esta pregunta quizá debemos intentar un acercamiento a las razones que motivaron, en cada quién, su elección.
Los jóvenes que hoy por hoy integran los contingentes de las fuerzas armadas, provienen en su mayoría de sectores populares, y por tanto, el oficio de policía o la milicia es una forma de subsistir al amparo de una institución estatal que no solamente les asegura un salario estable, mínimo seguramente, pero constante, sino que además le otorga beneficios adicionales que, lejos de ser accesorios, son vitales y privativos también, tales como los servicios de salud, los programas de vivienda, los centros recreativos, los servicios educativos, el bazar, tarifas preferenciales, etc. Beneficios todos que vienen en paquete y alcanzan a todos los integrantes del “cuerpo”. Nuestro otrora “Caballero de los Mares” en cambio, provenía de una familia piurana de sólida posición económica; él mismo, antes del inicio del conflicto bélico del Pacífico, ostentaba la condición de diputado nacional y, por tanto, tenía todas las atribuciones, ventajas y beneficios que el Estado le prodiga a los congresistas actuales. Vale decir, no necesitaba lanzarse a la mar y luchar como soldado, como marino; no tenía ningún apremio económico ni buscaba ningún tipo de estabilidad; podía elegir, y nadie cuestionaría su decisión vital. Más bien, tenía una razón sumamente poderosa para no ir a la guerra: era padre de ocho hijos. Ya estando al mando del pequeño monitor Huáscar, como es por todos sabido, mantuvo a raya a la poderosa escuadra que pretendía invadir el país, y lo hizo durante tanto tiempo que causó una crisis ministerial en el país vecino. Pero él sabía perfectamente que tarde o temprano llegaría el final… y sin embargo, no bajó los brazos. No renunció cuando, ante los reiterados pedidos de mejores y mayores pertrechos, solo se le enviaba medallas y condecoraciones por correo, agravando más la situación. Tuvo entonces la excusa perfecta para alejarse y regresar al lado de su familia; ya había demostrado su amor por el Perú, ya había demostrado su pericia y valor; ya no era necesario seguir soportando el diario y desgarrador temor a la muerte; pero no, Miguel Grau Seminario, prefirió quedarse hasta el fin. ¿Por qué lo hizo?. Algunos dicen que estaba loco, otros en cambio, piensan todo lo contrario: había alcanzado el mayor grado de lucidez; había reemplazado el principio de placer por el principio de realidad, aquella fortaleza que permite postergar o renunciar a un placer inmediato, en aras de alcanzar un placer mayor posterior. ¿Cuál placer? Quizás el saber que su sacrificio sublime, a la larga, sentaría las bases para la felicidad de los otros, de los suyos, de los que amaba de verdad. Y nació el héroe imperecedero.
Y esto nos lleva a identificar otra variable: la temporal. ¿Héroe es aquel que valida su condición en un solo acto instantáneo, en un momento y circunstancia específicos?, ¿un solo acto heroico basta para alcanzar la calidad de héroe ad eternum?; ¿a quién debemos concederle esa categoría de ciudadano inmortal, acaso a aquel que lo demuestra en un solo acto o aquel que sostenidamente actúa heroicamente?.
Andrés Avelino Cáceres, el denominado por propios y extraños como “El Brujo de los Andes”, protagonista principal de la Campaña de la Breña , durante la infausta Guerra del Pacífico; aquel extraordinario líder que, al mando de sus montoneros y montoneras quechuas, enfrentó a las tropas invasoras en distintos escenarios sin desmayo; aquel que en un solo día logró la victoria en tres lugares distintos, Marcavalle, Pucará y Concepción; aquel que nunca pudo ser capturado en batalla y jamás se rindió, lo que le valió, años después de haber terminado la guerra, ser reconocido formalmente con el grado de Gran Mariscal y Héroe Nacional, reconocimiento básico validado por sus compatriotas al punto de elegirlo Presidente Constitucional del Perú en dos oportunidades (1886-90 y 1894-95); este personaje tan querido y admirado por la población, termina siendo consignado por la historiografía como el Presidente entreguista que firma el Contrato Grace, calificado como abusivo y tremendamente perjudicial para los intereses nacionales, toda vez que hipotecaba la reconstrucción y el destino del país a los intereses del capital extranjero (sustento del imperialismo en expansión). ¿Podemos hablar entonces de dos Cáceres en uno?, ¿el héroe y el villano a la vez?.
Hacer lo correcto o lo conveniente; lo justo o lo necesario; lo legal o lo legítimo, expresan la dicotomía que debe enfrentar recurrentemente el moderno HÉROE verdadero y tal vez, no exista una respuesta única que resuelva, desde el punto de vista ético, el problema del imposible equilibrio en nuestra conducta. La búsqueda de Paz para nuestra conciencia nos brinda la oportunidad de acercarnos al heroísmo en nuestra época, donde se evidencia la hegemonía del pragmatismo en todas partes, situación que, lejos de todo escepticismo, es un momento especialmente fértil para sembrar en el alma de cada uno de nuestros estudiantes una semilla que permita el surgimiento de personas excepcionales, éticamente rentables… como Clark Kent.
Fito Luján