Hace un tiempo, en una exposición de uno de mis estudiantes, se abordó el tema de la NO ADHERENCIA A LOS TRATAMIENTOS MÉDICOS.
Tema muy interesante, que dispara un análisis multifactorial que permite diversos abordajes integrados desde la medicina humana, la farmacología, la psicología, la educación, la sociología, las ciencias de la comunicación, el marketing e incluso desde la ciencia política.
Hablamos de la capacidad o incapacidad de cumplir exegéticamente con las prescripciones médicas; con la ingesta y dosificación estricta de los fármacos indicados en un tratamiento para encarar cualquier patología o trauma que nos afecte. En suma, una respuesta a la pregunta ¿cuánto le hacemos caso al doctor?.
En Internet he encontrado sendos trabajos sobre el particular con datos provenientes de distintas fuentes, incluso de la OMS (Organización Mundial de la Salud), que analizan el problema fundamentalmente desde una óptica epidemiológica y revelan cifras preocupantes de incremento en la NO adherencia en países como el nuestro. Y a la luz de estos trabajos surge otra pregunta: ante el déficit de adherencia notorio y creciente ¿cuál es la consecuencia?, ¿cuál es el impacto?.
Es sabido que el objetivo básico de suministrar un agente externo a cualquier organismo con fines terapéuticos es la reacción. En general, cualquier medicación busca “despertar” al sistema inmunológico a efecto que las defensas naturales hagan su trabajo. Es lo que define, por ejemplo, la utilidad de las vacunas. Ahora, ciertamente, el suministro de antibióticos abona a favor de esta estrategia de defensa y, en teoría, todo debe concluir con la recuperación del equilibrio, ergo, de la salud.
Pero sucede que a veces, cuando la batalla no está terminada, y creyendo que todo ya se resolvió, nos retiramos, dejando al enemigo todavía en capacidad de respuesta; así, éste termina fortaleciéndose y su poder aumenta, toda vez que ahora nos conoce, sabe cuál es nuestra capacidad bélica. Eso se conoce como “generar resistencia a la medicación”. El resultado es fatal: el tratamiento ya no sirve y peor todavía, cualquier otro tratamiento, tendrá menos posibilidades de éxito en el futuro. Así, efectivamente la creciente No adherencia de la población se convierte en un problema medular que requiere estrategias novedosas para la gestión de la salud pública.
Ahora, ya desde otra orilla, me surgen otras interrogantes relacionadas. ¿Por qué, en general, los peruanos, no hacemos caso a las indicaciones?; ¿por qué, incluso sabiendo que nos benefician, no cumplimos con aquello a lo que nos comprometemos?; ¿qué explica nuestra vocación por sacarle la vuelta a la norma?, ¿por qué somos reacios al cumplimiento de la Ley?.
LA “NO ADHERENCIA” CIUDADANA
Mi hija ve que en su aula, un niño, un adolescente, que fastidia de manera sostenida a otra compañera. Literalmente, “se le ha prendido”. No la deja en paz y constantemente, de manera soterrada, busca la forma de molestarla, siempre con cosas menores (vistas aisladamente, así parecen). Los profesores no ven esta sistemática tortura, pero mi hija sí, y sus compañeros también. Le pregunto, por qué no interviene; por qué no denuncia. Su primera respuesta es…” ya lo hice papá, en varias oportunidades le he dicho al chico que no la moleste, pero no me hace caso. Ella(la víctima), no se queja, deja que la moleste una y otra vez, y aunque se ve harta, se queda callada”. Entonces yo insisto… pero tú, si vez ese abuso, ¿por qué no lo denuncias?... en el acto me responde: “Porque ya sé que no va a pasar nada. Antes ya lo castigaron, pero igual él sigue porque, visto como una sola cosa, parece algo menor y no le dan importancia”. Entonces luego de un silencio sentencia… “finalmente papá, ELLA DEBE APRENDER A DEFENDERSE SOLA”.
Mi hija corta nuestro intercambio porque suena el celular y se va porque tiene que seguir con su vida… pero yo me quedo con muchas dudas…
¿Y si nadie le enseña?, ¿si su debilidad la abruma? ¿ si simplemente no quiere aprender eso porque tiene miedo?, y ¿si su personalidad se ha forjado en el aguante eterno?, ¿si siempre le han dicho que es mejor poner la otra mejilla?; ¿mi hija debe aceptar la inacción, el hecho consumado, el triunfo de la impunidad?; ¿cabe aceptar, así no más, la inacción de la Ley (el docente) y adaptarse?.
Las leyes han sido creadas para permitir la convivencia social. Existen justamente para sostener la equidad y proteger a los débiles del abuso. Pero una ley, cualquier norma, para ser eficiente, debe ser el resultado de una necesidad. Si no hay necesidad, establecer una norma solo por inercia o por cumplir, no solo es inútil sino contraproducente, porque despierta la posibilidad de su negación.
El Perú es un país lleno de normas. Desde la Constitución Política, todo está regulado con normas sustantivas y adjetivas de distinto tipo y nivel. Los reglamentos están por doquier… y también, multiplicadas, las formas de no cumplirlos.
“Perforar el reglamento” incluso es una práctica de gestión económica, comercial y qué duda cabe, política y social. Se ha convertido en parte nefasta de nuestra cultura. Pero ¿dónde surge y se afianza este sin sentido?. No hay duda:… en las instituciones educativas.
En la percepción de niños y jóvenes, el profesor representa la LEY. Ciertamentese se trata de no personalizar la norma, pues de lo contrario, esta se enajena con las limitaciones del individuo, pero es claro que si alguien debe dar el ejemplo para cumplir y hacer cumplir las normas de convivencia es el docente. Ahora, sin duda las normas, al ser creaciones humanas son perfectibles y por tanto, pueden ser cuestionadas por quienes las viven o padecen, pero incluso siendo así, hay formas para hacer valer los derechos supuestamente conculcados. Si en cambio, no hay canales de comunicación, ni espacios, y las instancias que administran la justicia, no funcionan o son tan lentas, que es lo mismo, entonces sobreviene el descrédito del valor, la devaluación de los agentes, los símbolos y los gestos. Luego, aparece la NO ADHERENCIA social; la injusticia prevalece y se fortalece la lacerante sensación de IMPUNIDAD, la misma que finalmente trae el desinterés por la sociedad que habitamos: la indiferencia, la negación de CIUDADANÍA para con nosotros mismos.
En conclusión, de la misma forma que la“no adherencia” o una deficiente administración de una medicación produce el envilecimiento del organismo y su debilitamiento puede llevarnos ala muerte; del mismo modo, una Ley inaplicada o mal ejercida, o que solo existeen el papel, promueve la impunidad, y la injusticia que conlleva ésta, nos puede conducir, tarde o temprano, a la entropía o a la desintegración social, vale decir, al caos, la violencia descarnada de la que los peruanos tenemos cercana experiencia.
Creo que cuando la brecha entre lo legal y lo legítimo se hace mayor, la injusticia reina y por tanto, en una sociedad así, nadie quiere vivir, no vale hacer ningún proyecto de vida y es mejor pensar en irse, con nuestros trastos, a otra parte. Por el contrario, si como personas, sea cual sea nuestra actividad económica, nos esforzamos por acercar la verdad legal a la verdad real o legítima, surgirá y se afianzará la ADHERENCIA CIUDADANA, la sensación de JUSTICIA y ese sentimiento básico de nacionalismo renovado (y no de chauvinismo peligroso), que últimamente se ha venido a llamar MARCA PERÚ.
Salvo mejor opinión por supuesto.
Fito