sábado, 21 de julio de 2012

ELLA DEBE APRENDER A DEFENDERSE

Hace un tiempo, en una exposición de uno de mis estudiantes, se abordó el tema de la NO ADHERENCIA A LOS TRATAMIENTOS MÉDICOS. 

Tema muy interesante, que dispara un análisis multifactorial que permite diversos abordajes integrados desde la medicina humana, la farmacología, la psicología, la educación, la sociología, las ciencias de la comunicación, el marketing e incluso desde la ciencia política.

Hablamos de la capacidad o incapacidad de cumplir exegéticamente con las prescripciones médicas; con la ingesta y dosificación estricta de los fármacos indicados en un tratamiento para encarar cualquier patología o trauma que nos afecte.  En suma, una respuesta a la pregunta ¿cuánto le hacemos caso al doctor?.

En Internet he encontrado sendos trabajos sobre el particular con datos provenientes de distintas fuentes, incluso de la OMS (Organización Mundial de la Salud), que analizan el problema fundamentalmente desde una óptica epidemiológica y revelan cifras preocupantes de incremento en la NO adherencia en países como el nuestro.  Y a la luz de estos trabajos surge otra pregunta: ante el déficit de adherencia notorio y creciente ¿cuál es la consecuencia?, ¿cuál es el impacto?. 

Es sabido que el objetivo básico de suministrar un agente externo a cualquier organismo con fines terapéuticos es la reacción.  En general, cualquier medicación busca “despertar” al sistema inmunológico a efecto que las defensas naturales hagan su trabajo.  Es lo que define, por ejemplo, la utilidad de las vacunas.  Ahora, ciertamente, el suministro de antibióticos abona a favor de esta estrategia de defensa y, en teoría, todo debe concluir con la recuperación del equilibrio, ergo, de la salud.

Pero sucede que a veces, cuando la batalla no está terminada, y creyendo que todo ya se resolvió, nos retiramos, dejando al enemigo todavía en capacidad de respuesta;  así, éste termina fortaleciéndose y su poder aumenta, toda vez que ahora nos conoce, sabe cuál es nuestra capacidad bélica.   Eso se conoce como “generar resistencia a la medicación”.  El resultado es fatal: el tratamiento ya no sirve y peor todavía, cualquier otro tratamiento, tendrá menos posibilidades de éxito en el futuro.  Así, efectivamente la creciente No adherencia de la población se convierte en un problema medular que requiere estrategias novedosas para la gestión de la salud pública.

Ahora, ya desde otra orilla, me surgen otras interrogantes relacionadas.  ¿Por qué, en general, los peruanos, no hacemos caso a las indicaciones?; ¿por qué, incluso sabiendo que nos benefician, no cumplimos con aquello a lo que nos comprometemos?; ¿qué explica nuestra vocación por sacarle la vuelta a la norma?, ¿por qué somos reacios al cumplimiento de la Ley?.

LA “NO ADHERENCIA” CIUDADANA

Mi hija ve que en su aula, un niño, un adolescente, que fastidia de manera sostenida a otra compañera.  Literalmente, “se le ha prendido”.  No la deja en paz y constantemente, de manera soterrada, busca la forma de molestarla, siempre con cosas menores (vistas aisladamente, así parecen).  Los profesores no ven esta sistemática tortura, pero mi hija sí, y sus compañeros también.  Le pregunto, por qué no interviene; por qué no denuncia.  Su primera respuesta es…” ya lo hice papá, en varias oportunidades le he dicho al chico que no la moleste, pero no me hace caso.  Ella(la víctima), no se queja, deja que la moleste una y otra vez, y aunque se ve harta, se queda callada”.   Entonces yo insisto… pero tú, si vez ese abuso, ¿por qué no lo denuncias?... en el acto me responde: “Porque ya sé que no va a pasar nada.  Antes ya lo castigaron, pero igual él sigue porque, visto como una sola cosa, parece algo  menor y no le dan importancia”.  Entonces luego de un silencio sentencia… “finalmente papá,  ELLA DEBE APRENDER A DEFENDERSE SOLA”. 

Mi hija corta nuestro intercambio porque suena el celular y se va porque tiene que seguir con su vida… pero yo me quedo con muchas dudas…

¿Y si nadie le enseña?, ¿si su debilidad la abruma? ¿ si simplemente no quiere aprender eso porque tiene miedo?, y ¿si su personalidad se ha forjado en el aguante eterno?, ¿si siempre le han dicho que es mejor poner la otra mejilla?; ¿mi hija debe aceptar la inacción, el hecho consumado, el triunfo de la impunidad?; ¿cabe aceptar, así no más, la inacción de la Ley (el docente) y adaptarse?.

Las leyes han sido creadas para permitir la convivencia social.  Existen justamente para sostener la equidad y proteger a los débiles del abuso. Pero una ley, cualquier norma, para ser eficiente, debe ser el resultado de una necesidad.  Si no hay necesidad, establecer una norma solo por inercia o por cumplir, no solo es inútil sino contraproducente, porque despierta la posibilidad de su negación. 

El Perú es un país lleno de normas.  Desde la Constitución Política, todo está regulado con normas sustantivas y adjetivas de distinto tipo y nivel.  Los reglamentos están por doquier… y también, multiplicadas, las formas de no cumplirlos. 

“Perforar el reglamento” incluso es una práctica de gestión económica, comercial y qué duda cabe, política y social.  Se ha convertido en parte nefasta de nuestra cultura.  Pero ¿dónde surge y se afianza este sin sentido?. No hay duda:… en las instituciones educativas.

En la percepción de niños y jóvenes, el profesor representa la LEY.  Ciertamentese se trata de no personalizar la norma, pues de lo contrario, esta se enajena con las limitaciones del individuo, pero es claro que si alguien debe dar el ejemplo para cumplir y hacer cumplir las normas de  convivencia es el docente.  Ahora, sin duda las normas, al ser creaciones humanas son perfectibles y por tanto, pueden ser cuestionadas por quienes las viven o padecen, pero incluso siendo así, hay formas para hacer valer los derechos supuestamente conculcados.  Si en cambio, no hay canales de comunicación, ni espacios, y las instancias que administran la justicia, no funcionan o son tan lentas, que es lo mismo, entonces sobreviene el descrédito del valor, la devaluación de los agentes, los símbolos y los gestos.  Luego, aparece la  NO ADHERENCIA social; la injusticia prevalece y se fortalece la lacerante sensación de IMPUNIDAD, la misma que finalmente trae el desinterés por la sociedad que habitamos: la indiferencia, la negación de CIUDADANÍA para con nosotros mismos. 

En conclusión, de la misma forma que la“no adherencia” o una deficiente administración de una medicación produce el envilecimiento del organismo y su debilitamiento puede llevarnos ala muerte; del mismo modo, una Ley inaplicada o mal ejercida, o que solo existeen el papel, promueve la impunidad, y la injusticia que conlleva ésta, nos puede conducir, tarde o temprano, a la entropía o a la desintegración social, vale decir, al caos, la violencia descarnada de la que los peruanos tenemos cercana experiencia.

Creo que cuando la brecha entre lo legal y lo legítimo se hace mayor, la injusticia reina y por tanto, en una sociedad así, nadie quiere vivir, no vale hacer ningún proyecto de vida y es mejor pensar en irse, con nuestros trastos, a otra parte.  Por el contrario, si como personas, sea cual sea nuestra actividad económica, nos esforzamos por acercar la verdad legal a la verdad real o legítima, surgirá y se afianzará la ADHERENCIA CIUDADANA, la sensación de JUSTICIA y ese sentimiento básico de nacionalismo renovado (y no de chauvinismo peligroso), que últimamente se ha venido a llamar MARCA PERÚ. 

Salvo mejor opinión por supuesto.

Fito

lunes, 16 de julio de 2012

BULLYING Y REDES SOCIALES: MATRIMONIO CON HIJOS


NO SÉ CÓMO AYUDAR A ESE ALUMNO

Por: Gustavo Adolfo Luján Zumaeta

 

Hace unos días, en una prueba de aula, una profesora postulante a una plaza en la facultad de Psicología, presentó como tema “El bullying”, muy comentado mediáticamente en estos tiempos. Al margen de su performance, de su exposición surgieron dos hipótesis interesantes que las comparto con ustedes porque me parece útil para el oficio de educadores.

HIPÓTESIS UNO.- El incremento del bullying en los centros educativos, escuelas, institutos y universidades (acoso, abuso entre pares, etc.) guarda una relación directamente proporcional al incremento de la dependencia de la comunicación virtual y las redes sociales que los chicos tienen hoy, toda vez que estos medios alejan a usuarios de la interacción física, la misma que es fundamental para generar empatía y sensibilidad reales.
HIPÓTESIS DOS.- El egocentrismo e incluso la crueldad natural que muchos niños evidencian en la primera infancia es inhibido o reprimido, en la medida que estos crecen y maduran, gracias a la socialización que los somete a constantes “contratos sociales” entre pares, los mismos que son el resultado de dos elementos: primero, el CONOCERSE de manera integral, y por tanto, aceptarse en sus diferencias y tolerarse mutuamente; y segundo, la acción de la Ley (objetivada y administrada por el adulto que educa). Pero estos factores solo inciden a través del contacto cercano, físico, orgánico. Luego, la comunicación escrita o virtual no puede reemplazar al contacto físico en la construcción de sensibilidad social, mucho menos, en el surgimiento del sentimiento de compasión hacia el que sufre.
Alguna vez mi hijo Daniel me dijo: “…mira papá (señalando la página de Facebook en su pantalla del computador) ¡tengo 500 amigos!!. Sorprendido, le retruqué con una pregunta: ¿son tus amigos realmente??? Él dudó por un momento y concluyó “mmmsí pues, no son mis amigos… solo son contactos…” Y claro, la evidencia diaria nos muestra una realidad modificada: hoy se trata de tener contactos. La red informática y concretamente las redes sociales proporcionan eso, y el problema está en que nosotros terminamos concediéndole a estos vínculos, la prioridad en nuestra cotidianeidad. Luego, surgen las distorsiones y con ello…. El ciberbullying.
¿Pero y la Ley?, ¿no es acaso que La Ley está para poner las cosas en orden?, ciertamente así es, la ley es necesaria para regular la convivencia, pero resulta que ahora, incluso la norma misma está en crisis.
Acaba de aprobarse en el Congreso de la República un proyecto normativo (falta la reglamentación) denominado “Ley Antibullying” que empodera al ministerio de Educación de una herramienta para reprimir el fenómeno en las escuelas. Pero este dispositivo, desde nuestra modesta opinión, adolece de errores de origen:
1).- Porque parte de desconocer la condición humana, al referir como objetivo… erradicar la violencia. Error, la violencia es inherente a nuestra humanidad; histórica y evolutivamente, nos define. Como todas las especies, somos depredadores o presas. El instinto natural solo es reprimido por la educación, pero no es eliminado. Luego, la violencia física o psicológica surgirá una y otra vez, si el espacio, la circunstancia y el ambiente lo permiten. Entonces, la finalidad de la norma debería apuntar a generar espacios donde los chicos mismos puedan controlar sus instintos naturales y los administren eficientemente. Esa es, por ejemplo, una finalidad en la enseñanza de muchas artes marciales. Contra lo que se cree, estas buscan la formación de la mente y el espíritu para controlar los impulsos naturales y su objetivo es, justamente, la administración de la fuerza física de forma eficiente… evitando la violencia.
2).- Porque se enfoca en la acción del docente, el psicólogo o la autoridad para identificar y sancionar al agente. Olvidando que este, el niño o joven agente, puede también ser víctima y que justamente para evitar serlo es que se convierte en victimario. Está demás decir que la sanción ya es un refrito pues, por obvias razones, cualquier profesor que observa un abuso flagrante, va a actuar (de lo contrario, simplemente no es maestro y no debe trabajar ahí), por lo que subrayar penalidades y sanciones es lo de menos.
3).- Porque olvida que cualquier capacitación de psicólogos especialistas a directores y maestros está sujeta a condiciones de ejercicio laboral que deben satisfacer necesidades mínimas. ¿Cómo pedir al profesor que esté atento a lo que sucede fuera de su “dictado” de clase cuando su cabeza está puesta en otras actividades que le permitan completar su canasta familiar?.
4).- Porque olvida que el centro de cualquier medida eficiente que contrarreste la distorsión está en quienes la padecen.  Luego, quienes deben liderar las medidas son los propios chicos.  La ley insiste en la proliferación de charlas y acciones directivas, “de arriba hacia abajo”, obviando la oportunidad, el valor e influencia de la propia organización estudiantil, vale decir, la interacción entre pares.
Considero que la clave está en romper un paradigma. Los profesores convencionales, forjados en la sociedad industrial ya fenecida, concentran su tiempo de labor en el espacio del aula y abocados a transmitir información a sus alumnos.  Suena la campana del recreo y consideran que es tiempo de descanso o relajo para los alumnos… y para ellos también. Entonces utilizan ese tiempo valioso en corregir trabajos o hacer otras cosas alejadas de su grupo, porque finalmente “alguien se va a ocupar”.  Grave error.
Hoy, la educación verdaderamente significativa está fuera del aula.   Está en el patio de recreo, en la calle, en la movilidad escolar, en el microbús, en la televisión, en los medios virtuales, en el espacio familiar compartido. Es en el recreo donde los chicos están más vulnerables. Es en el recreo donde surgen y se afianzan los grupos, las sociedades y también las soledades y los aislamientos. Es ahí donde se consolidan las relaciones de poder, luego, es el espacio ideal para la epifanía del abuso de unos sobre otros; es el espacio donde se consolida la discriminación y la exclusión de los distintos; es donde padece de forma inmisericorde el chato, el feo, el gordo, el torpe, el cholo, el pobre, el lento y donde se consolidan los modelos de éxito que marcarán las aspiraciones personales.
La solidaridad, la honestidad, la valentía, la justicia o la prudencia, los valores sociales que nosotros reivindicamos y que consideramos básicos para construir una Cultura de Paz, no surgen espontáneamente. Son el resultado de acciones formativas no dirigidas, no convencionales. Vale decir, son el resultado de la interiorización de SOLUCIONES ante problemas concretos. Luego, el maestro verdadero debe ser el guía que demuestre que esos valores funcionan, son eficaces, poniéndolos en evidencia a través de la vida misma. De maduro cae entonces que el maestro debe trabajar más durante el recreo. Esto es, debe estar ATENTO a lo que sucede e intervenir, no de manera punitiva, imponiendo solo la ley represiva, sino más bien PARTICIPANDO de las actividades y quehaceres de los chicos; jugando con ellos, intercambiando opiniones diversas, generando espacios de diálogo y también de contacto físico; organizando el divertimento de manera sutil e inteligente, y especialmente atendiendo a los chicos satélites u originales que sufren, anodinos y olvidados, su incapacidad para hacer amigos (sin por ello abrumar y violentar el derecho a la individualidad o a los momentos de soledad que cada quien quiera tener).
En suma, es el maestro, la clave para cualquier estrategia exitosa contra el bullying que siempre va a estar latente. Este maestro por cierto deberá articular un intercambio fluido con los otros agentes de solución que son los padres (quienes muchas veces brillan por su ausencia o esperan recetas salvadoras) e incluso por aquellos otros personajes, que siendo periféricos, también deben intervenir (como es el caso de los responsables de las movilidades escolares). Solo así, con maestros atentos y en espacios integrales organizados por estos, la cosa no solo se solucionará, sino que permitirá asimilar ese concepto tan mentado y poco practicado llamado DEMOCRACIA.
Pero cuando los niños crecen, cuando deciden ir a la universidad o al instituto ¿es acaso diferente?.  Ciertamente se trata de momentos y espacios con características distintas, pero al mismo tiempo, no ajenas a la misma problemática.  El debate inacabado entre los que piensan que en los escenarios de estudios superiores solo se instruye y no se forma, versus los que piensan que más bien, ahí no se debe renunciar a educar, nos plantea ya un escollo significativo.  Somos de los que propugnan que no importa el nivel o el tipo de capacitación científico-técnica en la que nos desarrollamos, igual, nos educamos, en la medida que el profesional A-1 es, ante todo, un CIUDADANO.  Como tal es un actor social y todos sus conocimientos profesionales deberán validarse desde una perspectiva integral en el escenario de la interacción global. 
Confundir EDUCACIÓN con INSTRUCCIÓN es lo que explica probablemente el por qué, por ejemplo, conspicuos profesionales con grados, títulos de posgrado, galones y demás condecoraciones y certificados, están presos, procesados por CORRUPCIÓN y otros crímenes.  ¿Qué pasó con ellos?, ¿es que acaso no recibieron una “formación de calidad”?.  Si aceptamos que todo crimen conlleva, en su esencia, violencia contra el otro, maltrato al prójimo, indolencia, insensibilidad, ¿dónde se “cocinó” esta realidad?.  Así, mientras las universidades y demás centros de educación superiores proclaman a cuatro vientos su vocación por formar líderes ¿quién se ocupa de formar ciudadanos?, ¿la escuela?, ¿la casa?, ¿el barrio?, ¿de dónde surgirán los líderes si no hay ciudadanos?.
Abordar entonces el asunto de cómo encaran los jóvenes los abusos y la violencia es perentorio. La semana pasada una colega de otra institución me pidió que hablara con sus alumnos que pasaban por un momento aciago. Una de sus compañeras, líder del aula, se había quitado la vida. El motivo: conflicto con la madre. Los indicios me hacen suponer que no fue un suicidio. Ella se excedió en ingerir una dosis alta de pastillas para dormir porque simplemente "no quería pelear más ni discutir violentamente con su madre". La noche anterior, le había dado resultados: había podido dormir sin sobresaltos. Esta vez, simplemente, no despertó. Está demás decir que la manera como afrontan los jóvenes los problemas vitales es como todo, con vehemencia, y entonces, muchas veces, ante los abusos, sobrevienen las depresiones y con ello, las soluciones radicales.
La vida universitaria en la época que nos toca vivir revela que el problema trasciende las aulas, y la violencia ha encontrado nuevos espacios de dominio. Por eso aquí me permito pedirles ayuda para encarar un problema que se desprende de lo anterior. Al momento de escribir este artículo un alumno mío me pide ayuda. Me dice que no sabe qué hacer. Ha sido hackeado y ahora están reenviando mensajes (incluso con fotos suyas!!!) diciendo cosas que él no dice y calumniándolo sin misericordia. Está abrumado y no tiene forma de evitar o cortar el asunto pues, aunque ya bloqueó la cuenta falsa, igual el daño ya está hecho y la vergüenza es inmensa.
No sé qué recomendarle. Me siento impotente para ayudarlo; uno, porque no conozco bien el tema del Facebook (debilidad que debo superar para salir de una generación resistente) y dos, porque todos sabemos que mientras generar desprestigio es fácil y rápido, revertirlo es difícil y lento. Solo me queda sugerirle una “cuarentena”, aislarse del mundo virtual (e incluso real) por algunas semanas; alejándose incluso de sus amigos cercanos (la desconfianza es hegemónica y general en esta circunstancia) hasta que la onda expansiva pase y el tema deje de ser protagonista del morbo colectivo, para luego intentar reconstruir sus relaciones. Pero, francamente, no sé si eso resultaría o acaso lo llevaría a una depresión mayor. ¿Qué hacer?.

Gustavo Adolfo Luján Zumaeta

educador