SERRANO MAL CRIADO
Por: Prof. Gustavo Adolfo Luján Zumaeta
No puedo evitar pronunciarme sobre el evento que los medios difunden esta mañana en relación al incidente que involucró al hijo adolescente de dos artistas conocidos y una pareja de esposos, en el que al parecer se evidenciaron dos lacras que flagelan recurrentemente a nuestra sociedad: el racismo y la violencia.
Desde ayer las redes sociales están inundadas de comentarios al respecto y no es casual. El hecho desnuda ciertamente aspectos sensibles que de una u otra forma nos alcanzan a todos, pero mi intención aquí es llevar la reflexión hacia un terreno que sea acaso más fértil que la simple descripción y juzgamiento de lo ocurrido. En el centro del debate, como siempre: la EDUCACIÓN.
Mi padre, que en paz descanse, era un ayacuchano quechua-hablante, en cuya virtud, ejerció su profesión administrando justicia, durante varios años, en distintos departamentos de los Andes; y lo hizo probablemente con mayor eficiencia que otros jueces dada su capacidad para “comprender” y comunicarse, justamente con la población quechua. Vale decir, él era un paisano, conectado con los valores, las costumbres y hasta la cosmovisión del hombre andino, del ciudadano, del hombre y la mujer de las comunidades campesinas. Sin embargo, ya en sus años seniles, recuerdo no una, sino muchas veces, exabruptos insólitos, como cuando veía a alguien cometer alguna torpeza, y vociferaba: ¡SERRANO TENÍA QUE SER!!!!, ¡¡¿Cómo explicar tal contradicción?!!!.
¿Por qué “serrano” es un insulto?; Es verdad que el tono peyorativo significa, pero ¿podríamos insultar a alguien usando el término “costeño”?, Ensayamos algunas diatribas imposibles: ¡costeño miserable!, ¡Anda regresa a tu costa!, ¡costeño bruto!. Es poco probable que hayamos escuchado estos epítetos ofensivos alguna vez, ni siquiera estando en la sierra misma; ¿por qué entonces el ensañamiento con una región de la que, por cierto, decimos o proclamamos, sentirnos orgullosos de su geografía?
Por otro lado, el evento en cuestión revela la conducta de un adolescente (de varios, pues se trataba de un grupo de muchachos) que irreverente, desafiante, se enfrenta al reclamo legítimo de una pareja que se siente perturbada en su derecho a gozar de una película por la “mal-criadez” y la “des-consideración” de un grupo de individuos (ojo, el que tengan 13 años, no necesariamente implica que lo parezcan ¿no es verdad?).
¿Pero finalmente qué es ser malcriado?. Pareciera que todos sabemos lo que es y sin embargo, eso no es tan cierto.
Consideración, desconsideración o la represión del instinto
Dejemos de lado las características propias de la conducta adolescente. En un artículo anterior habíamos definido que la Educación verdadera supone la represión del instinto. El salvajismo surge cuando no hay educación o acaso cuando esta se relaja (como cuando nos embriagamos y hacemos cosas que normalmente no haríamos). El caso del joven aliancista que fuera arrojado de una tribuna, asesinado, presuntamente por uno o dos jóvenes de la barra contraria, jóvenes de clase acomodada, uno, estudiante universitario y otro, empresario exitoso, revela que no hay que ser un pirañita analfabeto para actuar salvajemente. Basta con no tener educación o lo que es peor, creer que la tenemos simplemente porque la instrucción recibida en la escuela, en el instituto o la universidad nos ha dado un cartón utilitario, un título profesional. Ingenuidad y desconocimiento fatales.
Educación implica adaptación y control de los impulsos. Y eso no es natural. Es el producto de un proceso que se inicia desde las primeras horas de vida y acaso, termina con la tercera edad. Nos educamos como resultado de las influencias del medio que nos rodea. Así, la familia primero y luego la escuela, se coluden para generar espacios de socialización en los cuales se reprime y se potencia, se niega y se afirma, en suma, se induce al niño, al adolescente y al joven, a actuar ponderando dos variables para resolver: hacer lo que es mejor o hacer lo que es correcto. Algunos sostenemos que ese es el dilema central de la ETICA , y obliga siempre a tomar decisiones que dan sentido y justificación a todo, absolutamente todo, lo que motiva el proceso enseñanza-aprendizaje.
Pero volviendo a la cuestión. Es evidente que aquí, el chico actuó por principio de placer, vale decir, “solo importo yo y mi bienestar” (para el caso, joder al prójimo, es lo de menos) y entonces salta la pregunta clásica ¿es que acaso sus padres no le enseñaron a comportarse?.
Evaluar lo aprendido y reconocer lo que falta
Enseñar es, hoy más que nunca, una parte inconclusa de la adaptación eficaz. Tengo colegas profesores que proclaman sorprendidos: “Yo les he enseñado, no entiendo por qué desaprueban el examen; es que los alumnos no estudian pues!!!. Ganados por el orgullo o quizá la soberbia que cargamos en la mochila del oficio magisterial, no nos damos cuenta que lo fundamental es “cerrar” el proceso, esto es, garantizar el APRENDIZAJE. Y esto solo se consigue construyendo significados relevantes (aprendizaje significativo). Estoy más que seguro que los padres del chico en cuestión, (el padre es justamente un adalid de la lucha contra la discriminación y el racismo), le deben haber repetido hasta la saciedad y en todos los tonos: ¡hijo mío, todos somos iguales!, pero simplemente el chico no asimiló… y los padres no se dieron cuenta.
Evaluar el aprendizaje de valores es fundamental pero no es fácil. Cuantificar y calificar, poner nota, por un aprendizaje de esta magnitud supone definir indicadores e instrumentos de medición sui generis, considerando que los aprendizajes (positivos o negativos) que se alcanzan en el seno familiar, son especialmente determinantes, incluso para poder construir sobre ellos, una formación coherente desde la escuela. Los padres no evaluamos “nuestro hacer y nuestro deshacer” y solo nos sorprendemos de los resultados cuando llega la libreta de notas o eventualmente, cuando pasan cosas como esta, en cuyo caso, la tendencia es a echarle la culpa a otros de nuestra dejadez para el seguimiento, para el acompañamiento, de nuestros propios hijos.
Finalmente, debemos decir que el racismo que evidencia la expresión peyorativa que encrespó el incidente de marras, no solo se revela desde la conducta del chico. De los testimonios de los mismos esposos mencionados, surgen varias observaciones. Primero, el esposo alega que él solo se limitó a salir en defensa de la esposa y cuando jaló al muchacho, al descubrirse la capucha, se dio cuenta que se trataba de “un gringuito” y… “al ver eso, entonces lo dejó (sic)”. ¿Quiere decir acaso que si no fuera un gringuito habría actuado distinto?, ¿debemos inferir que si hubiera sido de “color modesto”, hubiera arreciado con su furia?. Luego, viene el testimonio de la esposa, quien por cierto luce rubia, blonda, producto del tinte que, sin embargo, no puede esconder sus rasgos quechuas, y que alega: “le metí una cachetada porque me dijo ¡oye SERRANA, no sabes con quién te has metido!!”. Sí pues, tamaña ofensa lacera lo que probablemente sea el mayor de los anhelos de muchos de nosotros: ser blanco, para ser alguien.
Como ayer comentábamos en clase de Realidad Nacional: Este es el país que debemos transformar.
Fito Luján

