jueves, 16 de febrero de 2012

Serrano Mal Criado

SERRANO MAL CRIADO

Por: Prof. Gustavo Adolfo Luján Zumaeta

No puedo evitar pronunciarme sobre el evento que los medios difunden esta mañana en relación al incidente que involucró al hijo adolescente de dos artistas conocidos y una pareja de esposos, en el que al parecer se evidenciaron dos lacras que flagelan recurrentemente a nuestra sociedad: el racismo y la violencia.

Desde ayer las redes sociales están inundadas de comentarios al respecto y no es casual.  El hecho desnuda ciertamente aspectos sensibles que de una u otra forma nos alcanzan a todos, pero mi intención aquí es llevar la reflexión hacia un terreno que sea acaso más fértil que la simple descripción y juzgamiento de lo ocurrido.  En el centro del debate, como siempre: la EDUCACIÓN.

Mi padre, que en paz descanse, era un ayacuchano quechua-hablante, en cuya virtud, ejerció su profesión administrando justicia, durante varios años, en distintos departamentos de los Andes; y lo hizo probablemente con mayor eficiencia que otros jueces dada su capacidad para “comprender” y comunicarse, justamente con la población quechua.  Vale decir, él era un paisano, conectado con los valores, las costumbres y hasta la cosmovisión del hombre andino, del ciudadano, del hombre y la mujer de las comunidades campesinas.  Sin embargo, ya en sus años seniles, recuerdo no una, sino muchas veces, exabruptos insólitos, como cuando veía a alguien cometer alguna torpeza, y vociferaba: ¡SERRANO TENÍA QUE SER!!!!, ¡¡¿Cómo explicar tal contradicción?!!!.

¿Por qué “serrano” es un insulto?; Es verdad que el tono peyorativo significa, pero ¿podríamos insultar a alguien usando el término “costeño”?, Ensayamos algunas diatribas imposibles: ¡costeño miserable!, ¡Anda regresa a tu costa!, ¡costeño bruto!.  Es poco probable que hayamos escuchado estos epítetos ofensivos alguna vez, ni siquiera estando en la sierra misma; ¿por qué entonces el ensañamiento con una región de la que, por cierto, decimos o proclamamos, sentirnos orgullosos de su geografía?

Por otro lado, el evento en cuestión revela la conducta de un adolescente (de varios, pues se trataba de un grupo de muchachos) que irreverente, desafiante, se enfrenta al reclamo legítimo de una pareja que se siente perturbada en su derecho a gozar de una película por la “mal-criadez” y la “des-consideración” de un grupo de individuos (ojo, el que tengan 13 años, no necesariamente implica que lo parezcan ¿no es verdad?).  

¿Pero finalmente qué es ser malcriado?.  Pareciera que todos sabemos lo que es y sin embargo, eso no es tan cierto. 

Consideración, desconsideración o  la represión del instinto

Dejemos de lado las características propias de la conducta adolescente. En un artículo anterior habíamos definido que la Educación verdadera supone la represión del instinto. El salvajismo surge cuando no hay educación o acaso cuando esta se relaja (como cuando nos embriagamos y hacemos cosas que normalmente no haríamos).  El caso del joven aliancista que fuera arrojado de una tribuna, asesinado, presuntamente por uno o dos jóvenes de la barra contraria, jóvenes de clase acomodada, uno, estudiante universitario y otro, empresario exitoso, revela que no  hay que ser un pirañita analfabeto para actuar salvajemente.  Basta con no tener educación o lo que es peor, creer que la tenemos simplemente porque la instrucción recibida en la escuela, en el instituto o la universidad nos ha dado un cartón utilitario, un título profesional.  Ingenuidad y desconocimiento fatales.

Educación implica adaptación y control de los impulsos.  Y eso no es natural.  Es el producto de un proceso que se inicia desde las primeras horas de vida y acaso, termina con la tercera edad.  Nos educamos como resultado de las influencias del medio que nos rodea.  Así, la familia primero y luego la escuela, se coluden para generar espacios de socialización en los cuales se reprime y se potencia, se niega y se afirma, en suma, se induce al niño, al adolescente y al joven, a actuar ponderando dos variables para resolver: hacer lo que es mejor o hacer lo que es correcto.   Algunos sostenemos que ese es el dilema central de la ETICA, y obliga siempre a tomar decisiones que dan sentido y justificación a todo, absolutamente todo, lo que motiva el proceso enseñanza-aprendizaje. 

Pero volviendo a la cuestión.  Es evidente que aquí, el chico actuó por principio de placer, vale decir, “solo importo yo y mi bienestar” (para el caso, joder al prójimo, es lo de menos) y entonces salta la pregunta clásica ¿es que acaso sus padres no le enseñaron a comportarse?. 

Evaluar lo aprendido y reconocer lo que falta

Enseñar es, hoy más que nunca, una parte inconclusa de la adaptación eficaz.  Tengo colegas profesores que proclaman sorprendidos: “Yo les he enseñado, no entiendo por qué desaprueban el examen; es que los alumnos no estudian pues!!!.  Ganados por el orgullo o quizá la soberbia que cargamos en la mochila del oficio magisterial, no nos damos cuenta que lo fundamental es “cerrar” el proceso, esto es, garantizar el APRENDIZAJE.  Y esto solo se consigue construyendo significados relevantes (aprendizaje significativo).  Estoy más que seguro que los padres del chico en cuestión, (el padre es justamente un adalid de la lucha contra la discriminación y el racismo), le deben haber repetido hasta la saciedad y en todos los tonos: ¡hijo mío, todos somos iguales!, pero simplemente el chico no asimiló… y los padres no se dieron cuenta.

Evaluar el aprendizaje de valores es fundamental pero no es fácil.  Cuantificar y calificar, poner nota, por un aprendizaje de esta magnitud supone definir indicadores e instrumentos de medición sui generis, considerando que los aprendizajes (positivos o negativos) que se alcanzan en el seno familiar, son especialmente determinantes, incluso para poder construir sobre ellos, una formación coherente desde la escuela.  Los padres no evaluamos “nuestro hacer y nuestro deshacer” y solo nos sorprendemos de los resultados cuando llega la libreta de notas o  eventualmente, cuando pasan cosas como esta, en cuyo caso, la tendencia es a echarle la culpa a otros de nuestra dejadez para el seguimiento, para el acompañamiento, de nuestros propios hijos.  

Finalmente, debemos decir que el racismo que evidencia la expresión peyorativa que encrespó el incidente de marras, no solo se revela desde la conducta del chico.  De los testimonios de los mismos esposos mencionados, surgen varias observaciones.  Primero, el esposo alega que él solo se limitó a salir en defensa de la esposa y cuando jaló al muchacho, al descubrirse la capucha, se dio cuenta que se trataba de “un gringuito” y… “al ver eso, entonces lo dejó (sic)”.  ¿Quiere decir acaso que si no fuera un gringuito habría actuado distinto?, ¿debemos inferir que si hubiera sido de “color modesto”, hubiera arreciado con su furia?.   Luego, viene el testimonio de la esposa, quien por cierto luce rubia, blonda, producto del tinte que, sin embargo, no puede esconder sus rasgos quechuas, y que alega: “le metí una cachetada porque me dijo ¡oye SERRANA, no sabes con quién te has metido!!”.  Sí pues, tamaña ofensa lacera lo que probablemente sea el mayor de los anhelos de muchos de nosotros: ser blanco, para ser alguien.

Como ayer comentábamos en clase de Realidad Nacional: Este es el país que debemos transformar.

Fito Luján

miércoles, 15 de febrero de 2012

La política y la pasión


Prof. Gustavo Luján Z.

Está demás decir que lo que nos coloca en una posición ventajosa frente a cualquier otra especie animal es el desarrollo de la inteligencia, lo que se evidencia en su instrumento más significativo: el lenguaje.  Sin embargo, esta capacidad no es exclusiva de los humanos.  De hecho son muchas las especies que tienen mecanismos de comunicación eficientes que incluso pueden ser catalogados de lenguajes rudimentarios.  Pero entonces ¿cuál es  la cualidad que, siendo exclusiva de nuestra especie, nos permite la supervivencia a pesar de nuestro empecinamiento por la autodestrucción?.  No hay duda tampoco: nuestra capacidad política.

Ya Aristóteles afirmaba con lucidez: El hombre es un animal político por naturaleza, si no lo fuera, no seríamos diferentes a cualquier insecto.  El instinto nos haría matar o morir, sin ninguna consideración. “Me basto solo para ser infeliz”, “ni muchos ni tan pocos”; “es la calidad de nuestra relación con el prójimo, lo que nos humaniza”.  Pero entonces ¿podemos prescindir de la política?.  Es obvio que no.  Lo que sucede es que con la vorágine de los tiempos, hemos terminado por confundir conceptos y prospectos. Hemos confundido “LA” Política con la conducta del político profesional (o peor todavía, con la conducta del advenedizo político coyuntural).  La Política no es mala ni buena, simplemente es una realidad de la condición humana.   La política es el ejercicio de la conveniencia, la misma que, lejos de darle un sentido peyorativo, es aquello que nos permite medir nuestra distancia del prójimo y darle prioridad a nuestros intereses individuales y/o colectivos.  La política se sostiene en la matemática porque el objeto de estudio de esta última no son los números (que son solo abstracciones) sino las magnitudes que reflejan la relación que existe entre las cosas fácticas o formales.  “Una silla, tres mesas, veinte soles, diez mandamientos, nueve vidas, dos divorcios; un número y un concepto, vinculados, relacionados, estableciendo una cantidad susceptible de ser medida.  Y eso nos permite afinar la ubicación: más que, menos qué, igual qué.  La matemática nos ubica en el espacio y en el tiempo.  Y nuestros sentimientos no son la excepción: ella lo ama más a él que a mí; él es más amigo tuyo que cualquiera; tú quieres más a tu hijo que a tu padre, etc.

Ahora bien, es esta condición matemática de la política la que permite el control del instinto, regulando la conveniencia o inconveniencia de acercarnos o alejarnos al otro, a los otros, y por tanto, determinan el nivel de compromiso que tenemos con ideas, objetivos, que trascienden los intereses individuales.  Ahí es donde aparece el compromiso político.  Una propuesta política busca colectivizar una idea que se presume busca el bien común.  La participación política no es, o no debería ser, un altruismo.  Desde mi modesta opinión, el ciudadano que participa honestamente en política está más cerca del egoísmo que de la generosidad.  ¿Por qué afirmamos esto? porque el interés que lo impulsa a luchar por el bien común, se basa en la convicción que es el único medio de lograr su verdadero bienestar personal, el mismo que depende de la PAZ SOCIAL que resulta del bienestar de los demás.

Pero toda esta racionalidad no debe impedirnos reconocer el afán de nuestros tiempos.  La velocidad de los cambios explica la actual hegemonía del pragmatismo, y por tanto, más adaptado es aquel que resuelve las situaciones sin complicarse demasiado con escrúpulos o valores principistas.  Es por cierto un escenario muy peligroso porque entonces todo vale con tal de lograr metas menores.  Estas metas, no son objetivos estratégicos, si no más bien, instrumentales, inmediatistas, lo que determina el debilitamiento de nuestra capacidad política.  Nuestros estudiantes, que deben ser la reserva moral, los rebeldes ante el statu quo, los que no se dejan engañar fácilmente por discursos huecos, lamentablemente, les interesa poco el tema y se suben (si nosotros no actuamos) a la inercia de la masa, votando (los que pueden) por el caudillo de turno, el más simpático, el más mediático.

  Ser peruano (por las características únicas de su gente y su biodiversidad) es una pasión, y creo que los jóvenes, nuestros estudiantes, marcan la diferencia generacional cuando expresan apasionamiento por lo que les interesa. Pienso que ahí está la clave para medir el impacto de  nuestra prédica.  Entonces, considero que más allá de la coyuntura política que nos lleva a pensar por quién votar en las próximas elecciones, esta es otra oportunidad para educar.

 ¿Qué implica ser ciudadano? Es la pregunta madre de la que se deben desprender otras interrogantes que, lejos de teorizar en exceso, permitan analizar los actos que cotidianamente realizamos: “el cuidado de nuestras cosas”; “el cuidado de nuestra salud y la de los demás”;el significado de las delegaturas”; “mi propiedad y nuestra propiedad”; pasando por otros temas algo más conceptuales como “la libertad para opinar o los límites de su ejercicio”, “el significado del referéndum” o “la relación entre las ideas y los liderazgos”, etc.  Si logramos que los chicos reflexionen con PASIÓN, sobre estos temas, creo que habremos enriquecido, no solo sus conocimientos y su cultura ciudadana, sino también sus espíritus.  Hoy, esa es nuestra misión.


lunes, 13 de febrero de 2012

La Escuela ya no existe

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta

“La vida es lo que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes”

John Lennon



Toda innovación supone un conflicto con el objeto establecido.  El progreso siempre es el resultado de la contradicción, de la lucha de contrarios que produce, en virtud del triunfo de una de las partes, la superación de una etapa en el proceso evolutivo.   El avance de la ciencia ha sido siempre el resultado de un cuestionamiento radical de aquello que considerábamos en algún momento una verdad absoluta (por lo menos, para los fines prácticos).  Así ha sucedido siempre en todos los ámbitos de las ciencias, tanto naturales, sociales, fácticas o formales.  Pero hoy, por un factor de velocidad, o mejor dicho, de aceleración, el cambio no ha dado tiempo para la racionalidad del proceso, y entonces nos damos con la paradoja de seguir un camino evolutivo sin saber si conviene o no, para la supervivencia de la especie. 
Cuando un nuevo producto tecnológico es difundido pasa por tres momentos: el primero, el de ingreso al mercado, en el que el público toma contacto con los beneficios y las ventajas comparativas del objeto con respecto a otros anteriores distintos; en un segundo momento, el producto se afianza en el mercado y aparecen otros productos similares que capitalizan la necesidad de satisfacer la demanda; es el momento de la competencia comercial y de marketing; finalmente se da un tercer momento, en el que la demanda disminuye por la saturación de la oferta, lo que determina la baja en las utilidades y obliga a rebajar el precio del producto.  Este es el momento del “stockeo” en los almacenes, que se hace evidente cuando afloran las campañas de “realización”, de “rebajas increíbles” o quizás del “2 x 1”.  

viernes, 10 de febrero de 2012

Tarea inconclusa: Conocer nuestros límites

Tarea inconclusa: conocer nuestros límites

La oportunidad de entrevistar durante por lo menos los últimos tres años a jóvenes postulantes que buscan su ingreso a la universidad mediante la modalidad de Tercio Superior y Desempeño Destacado nos ha dado los insumos para plantear una investigación especialmente significativa en estos tiempos.  La cualidad que diferencia a quien se postula como Tercio Superior de aquel calificado como Desempeño Destacado es que el primero ha mantenido una performance pareja, de alto rendimiento académico, a la luz de sus certificados de notas que describen sus últimos tres años de colegio secundario.  Para el caso del joven con Desempeño Destacado, esta performance ha tenido altibajos, vale decir, si bien en algún año ha obtenido altas calificaciones, ha habido periodos en los que no ha sido así y sus calificaciones no son tan buenas. 

A despecho de esta evidencia surge otra que dispara nuestra pregunta problema.  La constante es que los jóvenes provenientes de Desempeño Destacado que enfrentan la entrevista superan notoriamente la performance, en promedio, de los de Tercio Superior.  ¿Por qué sucede tal contradicción?

Debemos anotar que las entrevistas siguen un formato que, si bien es flexible, siempre busca que se revelen competencias (conocimientos, habilidades y valores) que el o la joven traiga consigo, a la par que alguna vocación incipiente (o natural), convincentemente suya, autónoma, por la carrera elegida.  Está demás decir que muchos llegan a postular sin saber muy bien de qué se trata y acaso, motivados por la inercia gregaria o, quizá, por la presión familiar.  Luego, la universidad se obliga a proporcionar un periodo de adecuación académica y formativa para paliar la situación.

Pero volviendo al centro de nuestro interés, la contradicción evidenciada ante el hecho de que los “mejores” terminen siendo “menos aptos” dispara una hipótesis meridiana: “Los más aptos son tales porque conocen el fracaso, los denominados mejores, no; luego, estos últimos no han aprendido a salir del fondo, a levantarse o eventualmente aprender de los errores propios.  Los supuestos mejores, se conocen menos a sí mismos, y en consecuencia, se desequilibran ante situaciones nuevas”.  

Inferimos que el autoconocimiento es una fortaleza invalorable.  El chico que se ha enfrentado a sus errores, que ha conocido la falibilidad, y la ha aprovechado como una experiencia vital, ha incorporado recursos para enfrentar situaciones nuevas; ha obligado al despliegue de sus talentos innatos o aprendidos para  resolver situaciones complicadas y por cierto, para encontrar caminos innovadores que conducen al mismo norte.  Identificar nuestras limitaciones es entonces una capacidad derivada de nuestra condición evolutiva básica que debe ser promovida desde la primera infancia.

En ese sentido, otra percepción guarda relación con lo anterior y resulta interesante analizar.   Para el ingreso al Programa de Maestría en Docencia a Nivel Superior también se pasa una entrevista personal.  Aquí  por cierto, estamos ante jóvenes o no tan jóvenes, ya profesionales, que aspiran un grado académico de más alto nivel y por ello, partimos por descartar la duda vocacional o la inmadurez como premisa (aunque algunos piensen que esta última nunca debería ser descartada).  El hecho es que luego de evaluar la hoja de vida del postulante, la pregunta básica en la entrevista es ¿por qué estudiar una maestría?.  Es obvio que el común denominador de las respuestas reflejan una necesidad de ser mejores en el oficio (está demás decir que el objetivo tácito o explicito, hay que reconocerlo, también pasa por la obtención de un cartón que nos proporcione mayor  valor en el mercado laboral).  Pero es ahí donde surge otra evidencia.  Muy pocos, por no decir ninguno, de los postulantes entrevistados responde la pregunta partiendo de reconocer alguna limitación.  Todos afirman que su motivación es mejorar, pero no identifican en qué, salvo generalidades como adquirir mayores conocimientos especializados.  Esto nos obliga siempre a plantear interrogantes desde otro enfoque: ¿qué crees que haces mal?, ¿Qué te produce inseguridad frente al oficio?, ¿cuál consideras que es tu limitación concreta en este momento, tal que has pensado que la maestría te puede ayudar a superar?.  Solo entonces, al intentar responder tales interrogantes, se puede ponderar el valor real de nuestra aspiración legítima de mejora continua. 

Ahora bien, ¿por qué nos resulta difícil identificar nuestras limitaciones? y por tanto, nos es difícil reconocer la superioridad del “otro” en un tema específico.  Quizá esto suceda justamente porque, desde pequeños, nos han condicionado a compararnos viendo al otro como el enemigo, como aquel al que debemos vencer y acaso, hundir.  Esta vocación sesgadamente individualista es especialmente perniciosa en nuestros tiempos y como educadores, debemos trabajar contra ello.  Hoy, nuestro mundo es de redes. Y el auge de las redes sociales (con las ventajas y riesgo que ello implica) es una prueba palpable.  Hoy, los equipos multidisciplinarios son requeridos para resolver situaciones que requieren alto nivel de eficiencia.  Hoy, cuando el énfasis de la gestión está puesto en la potenciación estratégica de los recursos propios, surge la necesidad de ver al otro como complemento enriquecedor y no como suplemento descartable.  Y es un  reto grande.  Porque no es fácil, con la velocidad que imprimen hoy día las comunicaciones, mantener un ritmo constante, perdurable, ni siquiera una relación de pareja, una familia, un club o mucho menos una empresa, sin un enfoque corporativo sólido.  Para lograrlo, quizá debemos volver a lo mismo: reconocer nuestras limitaciones individuales y ver al prójimo, al compañero o la compañera, al colega, al jefe, al subordinado, al vecino quizá, como parte de uno mismo, en la medida que nos puede ser útil, justamente para lograr que la vida valga la pena ser vivida porque, como diría Jean Paul Sartre, esta siempre es una tarea inconclusa

Fito Luján

El libro de texto y el maestro innovador

Murió el Libro de texto, ¡Viva el Libro de texto!
Leo, veo y escucho notas y comentarios sobre el escándalo surgido por los supuestos negociados entre grandes editoriales y algunos colegios para efecto de obligar a las familias a adquirir libros de texto escolares con precios altos, encarecidos por el aumento de la demanda previa al inicio del año escolar.  Los medios en sus distintos programas periodísticos, el Congreso de la República, el Ministerio de Educación, hasta el señor Presidente (y su inefable primera Dama) se pronuncian y coinciden todos en el rechazo unánime a tales prácticas, rasgándose las vestiduras ante los hechos supuestamente consumados, apelando a la equidad y los derechos de los más pobres.

Existen varios planos en los que se da el cuestionamiento.  Hay por un lado, la idea de una mala práctica, con visos de corruptela, al vincular la preferencia de ciertos textos a pagos “por debajo de la mesa” en beneficio de directores que dizque obligan a los padres para que adquieren los libros de la editorial dadivosa.  Hay por cierto, quienes afirman que en ello no hay nada malo, toda vez que las editoras ofrecen beneficios diversos (apoyo logístico, cursos a sus docentes, computadoras, etc.) como parte del “convenio” y que eso es legítimo, en la medida que es parte de la dinámica natural entre la oferta y la demanda.  

Otro plano del cuestionamiento es la calidad de los textos.  La relación valor-precio supone que, más allá de sus valores agregados o supuestos beneficios adicionales, en esencia el libro de texto escolar DEBE SERVIR para mejorar la didáctica y por ende, abonar en favor de una instrucción mejor de los “educandos”.  Si esa relación no guarda coherencia con el resultado buscado, entonces la situación es más grave, pues se trataría de ofrecer gato por liebre y los padres terminan pagando fuertes sumas por un producto precario que no tienen la posibilidad de rechazar.

Pero ni el tema del supuesto negocio turbio o la oferta de productos de dudosa calidad son, a nuestro entender, el eje de la problemática.  Es cada vez más evidente que estamos en la cresta de la ola, el momento del punto de quiebre, como dicen los surfistas.  Los paradigmas educativos de la sociedad industrial ya han sido cuestionados y en la práctica, en todos los aspectos de la vida, la forma de aprender cualquier cosa ha variado sustancialmente.  Estamos todos inmersos en la Sociedad de la Información y la Tecnología, y las escuelas, los institutos, las universidades, todas las entidades educativas, de cualquier localidad o región, están obligadas a adaptar sus estrategias a estos nuevos modelos de interacción e incluso replantear sus propósitos.

Por ejemplo, hoy hablamos de COMPETENCIAS (conocimientos, habilidades y valores), y las estrategias reconocen que el aprendizaje ahora está centrado en el estudiante.  Siendo así ¿ha cambiado también la función de las herramientas de aprendizaje?, ¿el libro sigue cumpliendo su misma función?.   Para los maestros que siguen atrapados en el siglo pasado, el libro de texto sigue siendo la plataforma desde donde despegan y aterrizan los contenidos que el programa curricular obliga.  Es decir, el profesor tradicional tiene una relación de dependencia con el libro.  El docente de nuevo tipo, el que ha logrado asimilar un concepto más coherente con las exigencias de nuestro tiempo, usa el libro como elemento de consulta, acaso como un soporte de aquella información que obtiene de Internet (fuente que ciertamente ofrece riesgos en cuanto a su nivel de veracidad y fiabilidad) o de los medios masivos de comunicación; como herramienta para la potenciación de la lectura y quizá también como base para extraer datos puntuales, útiles para objetivos cognitivos específicos.   Pero este educador de nuevo tipo NO DEPENDE del texto.  Algunos profesores ya inducen a sus pupilos a la génesis del descubrimiento autónomo y los acicatean para que busquen información bibliográfica de distintas fuentes físicas o virtuales, y es más, ya han surgido maestros de vanguardia que tienen el atrevimiento, la audacia de la autogestión, la valentía de lanzarse a la creación, la elaboración del texto propio, con sus propios alumnos, a la luz de sus intereses y descubrimientos que, con inteligencia, se pueden orientar también hacia los mismos temas principales propuestos por el programa oficial. 

Entonces, ¿Dónde debe centrarse la estrategia para superar la problemática del libro? Pues cae de maduro que es en el DOCENTE.   Cada docente debe ser capacitado en la forma como adecuar el uso de los instrumentos o herramientas didácticas desde una perspectiva innovadora que valora y reconoce la multiplicidad de fuentes, reconociendo que finalmente, revertir la dramática situación de nuestros niños y jóvenes en relación a la lecto-escritura y el  razonamiento matemático, no es una labor centrada en el libro de texto sino, más bien, en la actitud innovadora y comprometida del maestro, que puede utilizar todos los instrumentos físicos, virtuales, audio-visuales a su alcance para mejorar su didáctica, la que finalmente, se validará cuando sea evidente que los chicos ya no necesitan del libro, de la computadora ni mucho menos del maestro, para ser ciudadanos plenos, cultos, solidarios, comprometidos con el destino del planeta que habitan, respetan y comparten con otros seres.

Fito Luján