En plena semana de exámenes parciales, nuevamente vuelve a la carga una reflexión que considero es medular para el oficio. La pregunta problema: ¿para qué evaluamos?. Está demás decir que como educadores debemos estar atentos siempre a no caer en la inercia, pero es verdad que lo urgente no da tiempo a lo importante y muchos terminamos repitiendo las cosas sin “hacernos muchas olas”.
Ya el tema de la “prueba de entrada” dispara un análisis insoslayable. Sucede que dialogando con los colegas percibo que no hay consenso. Unos consideran que la prueba de entrada es una evaluación para “ver cómo llegan” los estudiantes al curso; otros en cambio, plantean una prueba que mida cuánto saben de los contenidos que el curso les va a proporcionar; vale decir, en un caso se trata de saber qué equipaje traen consigo y si es suficiente para enfrentar el nuevo reto, mientras que en el segundo, es la constatación ante Factum del nivel de ignorancia sobre los contenidos propuestos en el sílabo. En ambos casos, los resultados de la evaluación nos plantean problemas a resolver pragmáticamente. Si acaso se trata de reconocer los saberes previos y los resultados revelan demasiada precariedad, inmediatamente surge la pregunta ¿cómo avanzar contenidos sin tener la base?, ¿cómo enseñar a multiplicar si no se sabe sumar?; para el segundo caso, es claro que partimos del prejuicio que “no saben” lo que se viene, por tanto, podemos predecir que todos saldrán desaprobados en esta evaluación inicial, pero ¿y si no es así?, ¿cómo hacer si la prueba de entrada revela que los temas son ya dominados?. En ambos casos, resulta que lo más sensato será modificar el sílabo para adecuarlos a la “realidad” pues de lo contrario, en un caso, no se avanzará, y en otro caso, dejarlo como está terminará siendo un refrito en el que se pierde tiempo valioso. Ahora, si tenemos que modificar para introducir temas básicos o temas avanzados, es evidente que no hay tiempo y acaso, cualquier modificación tendría que hacerse “sobre el caballo” tratando de respetar los títulos de los temas pero, adecuándolos al nivel. Cae de maduro entonces preguntarnos ¿estamos preparados para tal desarrollo dinámico y eficiente?.
La evaluación supone una voluntad de medir, ponderar y, por cierto, identificar un status. Es, ante todo, un recurso para establecer un diagnóstico situacional, un corte que nos permite tomar decisiones estratégicas. Ahora, ya pensando en el examen parcial, esta evaluación es, o debería ser, un corte especialmente útil, tanto para el profesor como para el estudiante. En el primer caso, el profesor se autoevalúa midiendo el nivel de éxito de sus estudiantes usando, para ello, una herramienta construida para obtener información relevante y detallada. Lamentablemente, muchos colegas, inconcientemente usan la evaluación como un instrumento de coacción y sorprendentemente se perciben como “profesores exigentes” en la medida que resultan con un gran número de desaprobados. Craso error que finalmente nos pasa factura.
En el segundo caso, los estudiantes pueden, a la luz de sus resultados, retomar fuerzas o rumbos en su desempeño y reestructurar sus estrategias de autoaprendizaje. Aquí ciertamente hay un riesgo que debe ser considerado y subrayado por los educadores. Aquel estudiante que aprueba un parcial puede ser afectado por el exceso de confianza y suponer (más si lo que le interesa es la nota) que con su buena performance coyuntural el curso ya está aprobado o que lo que resta puede manejarlo “a control remoto”. Por el contrario, el estudiante desaprobado, que asume su responsabilidad y hace un análisis de las razones objetivas que lo explican, puede empoderarse de un “sí se puede” e insuflarse de nuevas energías y cuidados, esta vez poniendo mayor esmero, justamente para la segunda parte donde, por lógica, los temas son más complejos. ¿Cómo lograr que a los primeros no los gane la soberbia y los segundos no caigan en la depresión y la rendición?. Ahí entra nuevamente la calidad del educador que trasciende al mero instructor.
Mi maestro, Constantino Carvallo, a quien siempre menciono y traigo a la memoria para aclarar mis dudas, me dijo alguna vez que el maestro era como aquel artista de circo que hacer girar, sobre una delgada varilla, un plato. Luego, mientras uno gira, va incorporando dos, cuatro, ocho, todos girando con la suficiente energía cinética como para que el equilibrio se mantenga, pero resulta que cuando un plato está comenzando con fuerza, otro comienza a decaer, a perder energía, y entonces el artista debe encontrar tiempo y recursos para acudir presto en su ayuda y lograr que el plato desfalleciente redoble el impulso y quede como nuevo. Así, TODOS los platos, a despecho que unos comenzaron antes que otros, giran con brío y mantienen el equilibrio. Esa es la preocupación del maestro: mantener, con serenidad, el equilibrio en la producción y el desempeño entusiasta de sus discípulos.
Complementando la reflexión anterior, mi colega y amigo Percy Rivadeneira por su parte, nos comentaba acerca de lo que hace el águila para ser el ave más longeva de todas (vive 70 años aproximadamente, el doble de cualquier otra parecida). Nos cuenta el maestro que esta ave cuando llega a los 35 años ya es anciana, su pico se le encorva tanto que casi ya no puede desgarrar nada; lo mismo sucede con sus garras: pierden poder. Entonces, instintivamente, el ave vuela a lo alto de las montañas, a un lugar inaccesible y se instala para realizar una labor terrible: se arranca las garras, una por una, y luego golpea su pico contra una piedra hasta zafárselo por completo. Por una mutación genética que la favorece, el águila tiene una capacidad extraordinaria de regenerar su pico y sus garras en tiempo record, en pocas semanas, a resultas que cuando ya ostenta las nuevas, cual si fuera un aguilucho que comienza la vida, se lanza a planear en su vuelo triunfal para darse una SEGUNDA OPORTUNIDAD, y por tanto, un segundo debut, en el que empieza el conteo de sus nuevos 35 años, esta vez con un mayor y mejor equipaje: sapiencia, templanza y prudencia.
No digo que nuestros estudiantes y nuestros colegas sean águilas, pero ciertamente ambos grupos debiéramos ver el examen parcial como el instrumento para darnos una segunda oportunidad que aproveche la experiencia vivida y el futuro exitoso que vislumbramos y nos motiva, si es que, claro está, creemos en nosotros mismos.