viernes, 25 de mayo de 2012

EL EXAMEN PARCIAL: ¿SEGUNDA OPORTUNIDAD?

En plena semana de exámenes parciales, nuevamente vuelve a la carga una reflexión que considero es medular para el oficio.  La pregunta problema: ¿para qué evaluamos?.  Está demás decir que como educadores debemos estar atentos siempre a no caer en la inercia, pero es verdad que lo urgente no da tiempo a lo importante y muchos terminamos repitiendo las cosas sin “hacernos muchas olas”. 

Ya el tema de la “prueba de entrada” dispara un análisis insoslayable.  Sucede que dialogando con los colegas percibo que no hay consenso.  Unos consideran que la prueba de entrada es una evaluación para “ver cómo llegan” los estudiantes al curso; otros en cambio, plantean una prueba que mida cuánto saben de los contenidos que el curso les va a proporcionar; vale decir, en un caso se trata de saber qué equipaje traen consigo y si es suficiente para enfrentar el nuevo reto, mientras que en el segundo, es la constatación ante Factum del nivel de ignorancia sobre los contenidos propuestos en el sílabo.  En ambos casos, los resultados de la evaluación nos plantean problemas a resolver pragmáticamente.  Si acaso se trata de reconocer los saberes previos y los resultados revelan demasiada precariedad, inmediatamente surge la pregunta ¿cómo avanzar contenidos sin tener la base?, ¿cómo enseñar a multiplicar si no se sabe sumar?; para el segundo caso, es claro que partimos del prejuicio que “no saben” lo que se viene, por tanto, podemos predecir que todos saldrán desaprobados en esta evaluación inicial, pero ¿y si no es así?, ¿cómo hacer si la prueba de entrada revela que los temas son ya dominados?.  En ambos  casos, resulta que lo más sensato será modificar el sílabo para adecuarlos a la “realidad” pues de lo contrario, en un caso, no se avanzará, y en otro caso, dejarlo como está terminará siendo un refrito en el que se pierde tiempo valioso.  Ahora, si tenemos que modificar para introducir temas básicos o temas avanzados, es evidente que no hay tiempo y acaso, cualquier modificación tendría que hacerse “sobre el caballo” tratando de respetar los títulos de los temas pero, adecuándolos al nivel.  Cae de maduro entonces preguntarnos ¿estamos preparados para tal desarrollo dinámico y eficiente?.

La evaluación supone una voluntad de medir, ponderar y, por cierto, identificar un status.  Es, ante todo, un recurso para establecer un diagnóstico situacional, un corte que nos permite tomar decisiones estratégicas.  Ahora, ya pensando en el  examen parcial, esta evaluación es, o debería ser, un corte especialmente útil, tanto para el profesor como para el estudiante.  En el primer caso, el profesor se autoevalúa midiendo el nivel de éxito de sus estudiantes usando, para ello, una herramienta construida para obtener información relevante y detallada.  Lamentablemente, muchos colegas, inconcientemente usan la evaluación como un instrumento de coacción y sorprendentemente se perciben como “profesores exigentes” en la medida que resultan con un gran número de desaprobados.  Craso error que finalmente nos pasa factura. 

En el segundo caso, los estudiantes pueden, a la luz de sus resultados, retomar fuerzas o rumbos en su desempeño y reestructurar sus estrategias de autoaprendizaje.  Aquí ciertamente hay un riesgo que debe ser considerado y subrayado por los educadores.  Aquel estudiante que aprueba un parcial puede ser afectado por el exceso de confianza y suponer (más si lo que le interesa es la  nota) que con su buena performance coyuntural el curso ya está aprobado o que lo que resta puede manejarlo “a control remoto”. Por el contrario, el estudiante desaprobado, que asume su responsabilidad y hace un análisis de las razones objetivas que lo explican, puede empoderarse de un “sí se puede” e insuflarse de nuevas energías y cuidados, esta vez poniendo mayor esmero, justamente para la segunda parte donde, por lógica, los temas son más complejos.  ¿Cómo lograr que a los primeros no los gane la soberbia y los segundos no caigan en la depresión y la rendición?.  Ahí entra nuevamente la calidad del educador que trasciende al mero instructor.

Mi maestro, Constantino Carvallo, a quien siempre menciono y traigo a la memoria para aclarar mis dudas, me dijo alguna vez que el maestro era como aquel  artista de circo que hacer girar, sobre una delgada varilla, un plato.  Luego, mientras uno gira, va incorporando dos, cuatro, ocho, todos girando con la suficiente energía cinética como para que el equilibrio se mantenga, pero resulta que cuando un plato está comenzando con fuerza, otro comienza a decaer, a perder energía, y entonces el artista debe encontrar tiempo y recursos para acudir presto en su ayuda y lograr que el plato desfalleciente redoble el impulso y quede como nuevo.  Así, TODOS los platos, a despecho que unos comenzaron antes que otros, giran con brío y mantienen el equilibrio.   Esa es la preocupación del maestro: mantener, con serenidad, el equilibrio en la producción y el desempeño entusiasta de sus discípulos.

Complementando la reflexión anterior, mi colega y amigo Percy Rivadeneira por su parte, nos comentaba acerca de lo que hace el águila para ser el ave más longeva de todas (vive 70 años aproximadamente, el doble de cualquier otra parecida).  Nos cuenta el maestro que esta ave cuando llega a los 35 años ya es anciana, su pico se le encorva tanto que casi ya no puede desgarrar nada; lo mismo sucede con sus garras: pierden poder.  Entonces, instintivamente, el ave vuela a lo alto de las montañas, a un lugar inaccesible y se instala para realizar una labor terrible: se arranca las garras, una por una, y luego golpea su pico contra una piedra hasta zafárselo por completo.  Por una mutación genética que la favorece, el águila tiene una capacidad extraordinaria de regenerar su pico y sus garras en tiempo record, en pocas semanas, a resultas que cuando ya ostenta las  nuevas, cual si fuera un aguilucho que comienza la vida, se lanza a planear en su vuelo triunfal para darse una SEGUNDA OPORTUNIDAD, y por tanto, un segundo debut, en el que empieza el conteo de sus nuevos 35 años, esta vez con un mayor y mejor equipaje: sapiencia, templanza y prudencia.

No digo que nuestros estudiantes y nuestros colegas sean águilas, pero ciertamente ambos grupos debiéramos ver el examen parcial como el instrumento para darnos una segunda oportunidad que aproveche la experiencia vivida y el futuro exitoso que vislumbramos y nos motiva, si es que, claro está, creemos en nosotros mismos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

LA CURIOSIDAD DEL PELÍCANO

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta

La imagen que popularmente se le confiere al investigador científico refleja a una persona, generalmente vestida con bata blanca en el centro de un laboratorio, rodeada probablemente de microscopios, una lupa o quizá de algún sofisticado instrumento de observación, eventualmente también en medio de una pila de gruesos libros o registrando datos en una computadora personal. Es pues la imagen de una persona abocada a una labor de casi obsesivo descubrimiento académico y por ello, la imagen también de un ser excéntrico, quizá introvertido o por lo menos, poco dado a la figuración mediática. Es cierto también que hay excepciones y algunos de estos, quizá ganados por la era de las comunicaciones, se hacen conocidos, populares y terminan incluso, integrándose a la farándula, pero éstos ciertamente son los menos. En esencia, reconocemos que la cualidad del investigador científico lo coloca en un grupo especial de personas que, por lo pronto, en un mundo ganado por el paradigma positivista, es una élite de individuos que inspiran respeto.
Ahora bien, si intentáramos describir el quehacer del investigador científico, es probable que lo primero que se nos viene a la cabeza es la idea de… EXPERIMENTOS. Luego, nuestra idea convencional de un experimento nos lleva a recordar eventos en los que hemos hecho algo planeado para demostrar o dar validez a una afirmación. Ciertamente nuestra niñez y quizá también nuestra juventud han estado plagadas de momentos en los que hemos hecho cosas simplemente para “ver qué pasa”, sin necesariamente tener un propósito claro, solo por el mero hecho de provocar algún efecto que, apriorísticamente, consideramos interesante. Esta vocación por provocar reacciones está íntimamente ligada a la CURIOSIDAD natural de los niños y es por ello que, probablemente sea una condición para el surgimiento del investigador científico: la vigencia de la curiosidad infantil.
Y esto es significativo. La educación tradicional que se imparte en las escuelas básicas latinoamericanas, estancadas en el marco de la sociedad industrializada del siglo pasado, mantienen una sistemática labor de atrofia y desmantelamiento de la curiosidad natural con la que los niños llegan, en sus años iniciales, a la escuela. Es claro que la empleocracia, la vocación por formar para el empleo, justifica esta conducta, y por tanto, eso explica también el magro resultado en materia de investigación en ciencias generales que muestran nuestras universidades, con honrosas excepciones.

Nuestro sistema educativo obsoleto entonces mata la curiosidad, y es por ello, que cuando, a pesar de esta carga institucional, aparecen espíritus que se sobreponen y logran mantener viva la llama descubridora, es que se revelan personalidades excepcionales. Ahí tenemos a investigadores de la talla de Ruth Shady o Modesto Montoya, para citar algunos que perseveran en la actividad, como también otros, que se fueron físicamente, pero que viven a través de sus aportes trascendentales, como el caso de Fernando Cabieses, Julio C. Tello, Hugo Pesce, etc.
Es entonces en el Perú una gesta personal, una lucha contra la inercia, el mantener viva la vocación por la investigación y el descubrimiento, y es por ello mismo, que es en la universidad, en las carreras profesionales científico técnicas y no en menor medida, en la carreras de humanidades, donde los educadores deben revalorar la producción de conocimiento como actividad fundamental básica, por sobre la tendencia natural a priorizar la actividad meramente profesionalizante. ¿Pero cómo hacerlo?
Es pertinente hacer antes una distinción semántica entre los conceptos EXPERIMENTO y EXPERIENCIA. Para lo primero, debemos decir que se trata de una manipulación de elementos que, de forma controlada y ordenada a través de un procedimiento pre establecido, busca confirmar (en el caso de los experimentos aristotélicos) un dato de la realidad objetiva, o en su defecto, DEMOSTRAR una hipótesis que explica un FENÓMENO natural (en el caso de los experimentos galileicos).  Para lo segundo en cambio, se trata de la asimilación racional producto del análisis de un hecho, un evento, que hemos vivido personalmente o hemos observado directamente, para efecto de encontrar la lógica que lo explica.
Así, en la EXPERIENCIA reconocemos su causalidad y aceptamos su consecuencia (la que nos produce un aprendizaje); en el EXPERIMENTO, generamos un conocimiento nuevo derrotando la incertidumbre en la que nos ha dejado la simple evidencia.
Aunque cada rama de la ciencia desarrolla actividades distintas, todas tienen mucha similitud en cuanto a procedimientos convencionales, estructura y funciones. Y es por eso que, hoy más que nunca, se integran multidisciplinariamente para su labor descubridora. Así, los ingenieros en Gestión Ambiental y los Biólogos Marinos, por ejemplo, a despecho de tener enfoques o derroteros distintos en cuanto a su formación académica, pueden vincular escenarios, temas y objetivos de descubrimiento de manera integral y hacer sinergias eficientes.
En el momento de escribir este artículo, la costa norte del Perú, ha sido castigada por un fenómeno que nos plantea urgentes interrogantes a resolver. La evidencia: delfines y pelícanos, en gran número, han aparecido muertos en las playas de Piura, Lambayeque, La Libertad y Ancash. Las entidades estatales ya han sido alertadas y las hipótesis han provocado ya medidas preventivas que, lamentablemente, han devenido en perjuicio para la actividad económica derivada de la pesca de consumo. Muchas familias que viven de los productos marinos se han visto perjudicadas por ello. Es entonces un evento en el que los profesionales de la Gestión Ambiental y la Biología Marina, deben actuar sobre la base de una estrategia de dos entradas: una, el desvelamiento del misterio que explica el fenómeno, y dos, el manejo del impacto ambiental, social y económico de tal suceso. Si eventualmente los biólogos marinos probaran alguna de las hipótesis que sugieren la intervención depredadora del hombre, será prioridad para los ingenieros de gestión ambiental configurar mecanismos que contribuyan a que esto no se repita y, por otro lado, los motivará a generar perentoriamente alternativas para que otras áreas de la actividad económica no se vean afectadas por futuros eventos similares.
Es nuestro deber, como educadores, aprovechar la coyuntura, la EXPERIENCIA, para agitar las conciencias y, motivando el interés por desentrañar los misterios de la naturaleza, despertar de su letargo la curiosidad natural que estoy seguro todavía sigue viva en el alma de nuestros estudiantes.