miércoles, 21 de marzo de 2012

¿NIÑO HÉROE?

¡Tiene 11 años y ya ingresó a San Marcos!!!   ¿debemos alegrarnos por ello?
Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta

Saúl Vásquez Games, de 11 años, alumno del IEP Dewey-Hawking de Chimbote, ocupó el puesto 83 con un puntaje de 656.5, en la carrera de Investigación Operativa (¿!?)…
La noticia difundida hoy nos revela hasta qué punto seguimos estancados en paradigmas formativos caducos y alejados de una Educación real.  Desde nuestro punto de vista, que un niño tan pequeño ingrese a una universidad es triste, pero no es lo más preocupante; lo más grave, a nuestro juicio, es que el medio noticioso, sus padres, la escuela de procedencia y ni qué decir, la propia universidad, consideren que es algo valioso en sí mismo, algo destacable, que da prestigio o acaso, que es un ejemplo a seguir… ¿por quién?.
En un artículo anterior mencionamos que hoy es evidente ya la caducidad de los exámenes de admisión.  Como entonces, reafirmamos que aquel instrumento de evaluación de capacidades no corresponde a los fines que persigue una institución de educación superior del nuevo milenio, y más bien, hoy queda al desnudo que, tal y como está concebida, su única función es de servir de embudo marginador que no logra identificar, ni mucho menos, establecer coherencia entre el talento y la demanda, o entre la necesidad y la competencia, en el marco de la Realidad Nacional-Global que habitamos.
Pero volviendo a lo central ¿Cuál debería ser la preocupación de un niño de esa edad?; mientras otros niños comunes probablemente estén persiguiendo jugar, divertirse, disfrutar de la vida ¿es normal que un niño prefiera aislarse para prepararse, dizque académicamente, con el objeto de competir por ingresar a una universidad?.  Asumiendo que esa sea la aspiración autónoma (y por tanto, legítima) del chico, y que nadie haya influido para tal extraño interés, ¿es o debiera ser destacable tal pretensión?.   Se le llama “niño genio”, luego ¿es una bendición o una maldición tal calificación?, ¿qué es finalmente la genialidad?. 
No es descabellado decir que “el talento se padece”, pues no son pocos los casos en los que un niño que evidencia capacidades fuera de lo común termina siendo excluido del vínculo con sus pares.  Muchos de nosotros, si no lo hemos vivido como protagonistas, hemos podido observar como los “chancones” o los nerds de la clase eran pasto de abuso por la masa.  Tal condición muchas veces los llevaba a auto marginarse o refugiarse compulsivamente en algún quehacer salvador.  En otros casos, la manera más conveniente de “sobrellevar” la situación era formar pareja o grupo con otros iguales, con aquellos que por chancones “aplicados” o por tener una personalidad introvertida, estando juntos, podrían mitigar un poco siquiera la soledad del lacerante padecimiento social.  Hoy, como ayer, muchos de estos chicos son las víctimas naturales del tan mentado bulliying en las escuelas.  Aquellos que sobreviven, probablemente carguen consigo un sólido resentimiento hacia un conglomerado social que simplemente nunca los incorporó y consolidó en sus almas una jerarquía nefasta de valores discriminadores.  
Porque si hay algo validado por la experiencia y sin número de investigaciones psicológicas, aquí y en el mundo entero, es que, si de adultos derrochamos amor y cuidado hacia nuestros semejantes, es consecuencia indudable de que siendo niños fuimos amados con intensidad; y de igual forma, una conducta adulta desadaptada, violenta, conflictiva, cargada de obsesiones, frustración y rencores probablemente revelará el desamor que padecimos en nuestra infancia.  Y dado que de niños y adolescentes pasamos en la escuela la mayor cantidad de horas vitales (pues en el hogar moderno, lo que prima es la soledad y los compartimentos aislados) de maduro cae que el principal reto que tiene hoy la institución escolar socializante es la de construir, en los niños y jóvenes, los valores de la tolerancia y la integración, fundamentales para edificar una consistente CULTURA DE PAZ que permita repeler trasnochadas vocaciones violentistas que hoy nuevamente amenazan la formación moral de nuestros estudiantes.  
Ahora, que un niño, utilice su valioso tiempo para introducirse de cabeza a memorizar fórmulas y conceptos, podría ser bueno en la medida que también destine algo de ese tiempo a COMPARTIR, INTERACTUAR, INTERRELACIONARSE con sus pares aprendiendo a trabajar y muy especialmente a disfrutar en equipo, jugando, haciendo deporte, incluso investigando y descubriendo las maravillas del mundo.  Si este es el caso, que Saúl dé todos los exámenes que quiera, pues finalmente, igual estará aprendiendo algo, sin sacrificios ni pretensiones adultas.
Ojalá el caso de Saúl sea la excepción que confirma la regla, y aquí sus amorosos padres, equivocados, pero sin mala intención, solo han estimulado, apoyado y promovido a un niño poco común, para que haga o utilice su tiempo en hacer cosas de adultos (como es ingresar a la universidad).  Quiero pensar que aquí se trata simplemente de otros padres víctimas de los intereses convencionales que finalmente buscan capitalizar los réditos que el supuesto éxito académico de un chico traerá para sus intereses velados: la academia potenciará su negocio; el colegio tendrá más demanda; los medios noticiosos, más rating; la universidad, dizque más prestigio, etc.  En cualquier caso, es lamentable que un niño sea utilizado para objetivos velados y que la sociedad se regocije de tal situación.
Párrafo aparte es la carrera elegida: Investigación Operativa.   Está por demás demostrado que la Educación Superior del hemisferio Sur está signada por la empleocracia.   A diferencia de la educación universitaria del hemisferio Norte, donde el énfasis está puesto en le creación de conocimiento; en nuestras tierras, las instituciones formativas son eminentemente profesionalizantes y, por tanto, miden sus bondades a partir de indicadores de empleabilidad.  Esto explica por qué, en el ranking de las 200 universidades más importantes o “mejores”, no haya ninguna peruana (solo el premio Nobel de Vargas Llosa, catapultó a la Universidad de San Marcos a una mejor calificación, pero nada más).  Y esto es porque el perfil de universidad que se utiliza como patrón para tal evaluación difiere del modelo latinoamericano y mucho más del peruano.  Eso explica nuestro magro resultado.  Ahora bien, este modelo de universidad tercermundista se refleja en las carreras tradicionales e innovadoras que el sistema propone.  Luego, una carrera como “Investigación Operativa” es ciertamente novedosa pero ¿tendrá cabida en nuestra sociedad?.  Si lo que propone la UNMSM es justamente iniciar una cruzada para transformar el enfoque de la educación superior en el Perú y, sin prescindir de la empleabilidad, promover la investigación y la producción de conocimiento, habrá que unirnos a este empeño en la medida que sería un gran paso para romper la inercia del subdesarrollo; pero si esta carrera es solo un disparo al aire, una mera estrategia para atraer más postulantes (y cobrar por ello), una pretensión comercial más, sin norte, sin visión de futuro, entonces hay que denunciarlo.  Porque utilizar a un niño como Saúl, solo para vender un producto, no solo es un abuso sino una acción que revela, nuevamente, el sin sentido de una educación marginadora, escolástica y negadora de nuestra realidad.   Salvo mejor opinión.


lunes, 19 de marzo de 2012

COMIENZA LA UNIVERSIDAD PARA DANIEL

Daniel el Travieso, Daniel el universitario.
Daniel is travelling tonight on a plane
I can see the red tail lights heading for Spain
Oh and I can see Daniel waving goodbye
God it looks like Daniel, must be the clouds in my eyes
Elton John

Escribo estas líneas en la noche previa al primer día de clase universitaria de mi hijo Daniel.  Cuando se despide de mí para irse a descansar, lo veo un tanto preocupado por la manera cómo se va a desplazar por la mañana porque debe, quiere, llegar más temprano (imagino que lo motiva más “ver”, antes que “ser visto”, como sucede con los que llegan al final), pero al mismo tiempo, lo veo feliz, seguro, confiado.

Yo por mi parte, tengo sentimientos encontrados. Por un lado, como todo padre, estoy emocionado y orgulloso que mi hijo inicie una nueva etapa en su vida, esta vez, lanzándose a perseguir algo que él mismo buscó y que implicará enfrentar retos de todo tipo, algunos ciertamente académicos, pero otros, los más importantes desde mi punto de vista, sociales, culturales, políticos, e incluso económicos (por lo pronto, deberá aprender a administrar su economía personal desde el acometimiento y la racionalidad, cosa harto difícil cuando no has sido entrenado para eso, como es el caso).   Retos, todos finalmente humanizantes, en la medida que la universidad será un nuevo mundo por conquistar, y esta vez, no estarán sus padres para acompañarlo en lo esencial.  Y por otro lado, esto último, lo confieso, me produce una dosis de angustia.   ¿Tendrá la fortaleza para adentrarse en un mundo que privilegia la competencia por sobre la originalidad?, ¿será tolerante consigo mismo frente a las eventuales frustraciones?, ¿estará en condiciones de asumir con estoicismo el trabajo bajo presión?, y lo más significativo ¿podrá administrar con solidez emocional su libertad de movimiento y pensamiento?.  Francamente, no lo sé.  Quiero creer que sí, que su desempeño evidenciará fortaleza, tolerancia, estoicismo y solidez emocional, pero debo reconocer que hay siempre un factor determinante que no podemos controlar: EL DESTINO. 

Albert Camus, reconocido filósofo y escritor existencialista de origen argelino, autor de la célebre novela “El Extranjero”, decía que nuestra existencia está condicionada a la confluencia de dos vectores: el destino y la voluntad.  Nosotros no podemos actuar sobre el destino, sobre el imponderable, incluso siendo absolutamente previsores, siempre cabe la posibilidad del azar en la circunstancia; pero la VOLUNTAD, nuestra voluntad, sí la podemos controlar y acaso, ese control, en la medida que es sano y perseverante, termina inclinando la balanza de nuestra existencia. 

Y entonces, me sosiego.  Caray!! Si algo he visto recurrentemente en mi hijo, es voluntad!!!.  Es verdad que alguna vez me han dicho… “sí, Daniel es bueno, pero un poco apático… se aburre fácil… le falta esforzarse más al trabajar”.  Y quizá hay algo de razón en ello,  pero a despecho que algunas veces se ha mostrado con poco entusiasmo y hasta displicente en relación a algunos temas (las inefables tareas escolares por ejemplo), también siempre ha evidenciado que cuando algo le interesa de veras, su entrega es total y su perseverancia, una cualidad notable que se refleja en su desempeño y en sus resultados. 

Recuerdo una anécdota reveladora.  Era verano, un febrero y él tenía cinco o seis años.  Un día soleado habíamos estado jugando carnavales en el jardín de la casa, jugamos a lanzarnos globos de agua y demás cuando pasado el jolgorio, entré a la sala y me puse a ver televisión mientras él quedó solitario chapoteando en su pequeña piscina inflable.  Yo lo podía ver desde la mampara que da al comedor mientras, al mismo tiempo, veía una película que me interesaba.  El film debió atraparme (seguro que era esos de acción, de “bala parejo” que tanto me gustan) que simple e irresponsablemente dejé de ponerle atención a él.  En un momento, no reparé en la quietud, el silencio del jardín y fue entonces que un grito me sobresaltó: … ¡¡LO HICEEEE!!! ¡¡¡Papa lo logléee!!!   Desde el comedor pude ver su rostro de felicidad, mientras que con su bracito en alto sostenía un globo pequeño perfectamente anudado.  Hacerle el nudo a un globo no es cosa fácil, incluso para un adulto.  Él me había visto hacerlo, pero nunca me pidió que le enseñara, solo observó con atención las veces que lo hacía, y luego, aunque seguramente le dolían los dedos y eventualmente se le reventaran los globos, él no paró hasta conseguir anudarlo por sí mismo.  Su victoria, pequeña para mí, era gigante para él, toda vez que era fruto de su perseverancia.   Y así lo he visto, todos estos años escolares enfrentar cada reto que se ha auto impuesto; así enfrentó sus notas reprobatorias superándolas cada vez que se dieron; así aprendió a prepararse su comida sencilla; así aprendió a montar bicicleta; a nadar, a jugar bien y destacar en cualquier deporte; y así también se acercó a la MÚSICA.  Con autonomía y originalidad, aprendió solitariamente a tocar la guitarra, recalando luego en el bajo electrónico que es hoy su instrumento base. 

Entonces, mi sosiego está justificado.  No puedo saber qué le deparará el destino incierto, pero si sé que lleva en su equipaje voluntad, nobleza y perseverancia, herramientas invalorables para encarar cualquier ambiente hostil o circunstancia adversa, y quizá también recursos para aprovechar lo bueno que se le presente, sin abdicar de su espíritu crítico y al mismo tiempo solidario, que siempre ha evidenciado.  Tengo la esperanza que el ambiente universitario lo enriquezca más, dándole acaso estrategias para encarar también aquellas cosas que le interesan menos y que sin embargo, le pueden ser útiles en el futuro (evidencia de madurez, que revelaría la superación del “principio de placer” por el “principio de realidad” freudiano, tal y como lo explica, el psicoanalista Erik Erikson).

Cuando alguna vez, de la misma forma, nos preparábamos para llevarlo a su primer día de clase en el nido, en su escuela inicial, recuerdo que la noche previa yo solo quería sentir que estaba haciendo lo correcto.  Daba miedo desprenderse de él, dejarlo pequeño, indefenso, en aquel lugar de bullicio y muchedumbre.  Entonces él no decidía, nosotros lo obligamos a ser y estar.   Hoy por el contrario, nada puedo hacer para detenerlo en su propósito de ESTAR y mucho menos de SER.  Daniel, es hoy ya una BUENA PERSONA y no es necesario tocarlo para darnos cuenta que es una realidad.  

Solo me queda agradecer a todos los seres que influyeron decididamente en él, a Patty, su madre, compañera de siempre; a su abuelita, la mamita que junto con su papapapa, desde el cielo lo siguen atentos y confiados;  a Constantino, que no en vano le regaló su camiseta de Cienciano campeón; a sus profes reirojinos; a sus amigos entrañables; a Thaís, su hermana querida; a su banda BAZUCA (y entre ellos, especialmente a Franjo papá, maestro ejemplar).  Gracias por existir para Daniel. 

Y yo, ¿qué me toca hacer de ahora en adelante? Creo que solo me queda estar ahí, agazapado y listo, para cabalgar junto a él, sin mucho brillo ni tanto heroísmo, contra las angustias y sus dolores, viéndolo aprender de sus batallas primaverales o de sus remansos otoñales, porque si algo he aprendido de mi historia y mis señales es a no ser para él… como yo no hubiera querido.
Fito Luján
Otro sí, digo.- Mil disculpas por esta catarsis personal.  Es una licencia que me tomado porque, quizá con algo de ingenuidad, creo que debo compartir mi sentimiento paterno con todos los que valoro.  Y ese es el caso de ustedes.

sábado, 17 de marzo de 2012

LA MESA... NO ESTÁ SERVIDA

A propósito de cuatro objetivos formativos

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta

Vemos la coyuntura ganada por distintas mesas.  Que dirigentes en Cajamarca rechazan sentarse en la mesa de diálogo con el gobierno; que los mineros informales de Madre de Dios no aceptan ir a la mesa de negociación si antes no se deroga el dispositivo de control; que los clubes se niegan a respetar los acuerdos de la mesa de concertación con la agremiación de futbolistas; etc. etc.  Los medios noticiosos se cargan de conflictos sociales que, mientras se van solucionando en algunos lugares, en otros emergen como si estuvieran esperando turno para protagonizar las primeras páginas de los diarios.   Ciertamente el gobierno actual cosecha el haber sembrado expectativas populistas por doquier, las que embalsadas, son un dolor de cabeza.  Y entonces hay que preparar muchas mesas.

“Tiene la mesa servida” es una expresión coloquial que alude a que, frente a un reto determinado, la meta parece fácil de alcanzar.   Pero  más allá de las metáforas, la mesa, históricamente, ha sido siempre el espacio de comunión o de labor, en el que las personas (incluso las solitarias) ponen sus intereses a la vista.  “Pongamos las cartas sobre la mesa” alude a su importancia como escenario, espacio, para la interacción social eficiente.  Y asimismo, los “acuerdos bajo la mesa” surgen recurrentemente dada la proclividad de muchos compatriotas por la trampa, la argucia y el contubernio, que ha devenido en la tremenda y lamentable desconfianza que frecuentemente nos tenemos unos a otros. 

Ahora, tomando en cuenta lo arriba expresado, son cuatro conceptos que están hoy sobre la mesa, cuatro “saberes” que tienen un profundo sentido educativo, los que al complementarse y producir resultados positivos, pueden evidenciar la única razón que nos hace superiores a los animales salvajes.  Aquí nuestra reflexión sobre el particular…

EL SABER ESCUCHAR

Es en la mesa donde las partes que mantienen una controversia tienen que ponerse en los zapatos del otro para percibir lo que está detrás de las palabras vertidas.   La mayor tolerancia hacia el otro, impulsa a entender las cosas que expresa nuestro interlocutor en su verdadera dimensión.  Es claro que muchas veces nos sentamos en la mesa prejuiciados o quizá dominados por paradigmas nocivos que nos llevan a juzgar las palabras desde subjetividades, las que luego impiden reconocer las ventajas o bondades de una argumentación.  Pero es en ese momento donde nuestra inteligencia superior debe doblegar al instinto de conservación que nos pretende conducir a un terreno pantanoso donde reina la necedad.  Es clave no confundir al mensajero, con el mensaje.  Tener el oído atento, abierto, y llano a escuchar solo aquello que se nos dice (y no, lo que parece que se quiere decir) permitiendo así que nuestro cerebro (y muchas veces nuestro corazón) pondere si los argumentos de nuestro interlocutor valen la pena asumirlos en todo o en parte, porque al hacerlo, salimos gananciosos.

EL SABER ARGUMENTAR

Producir ideas y saber expresarlas exige preocuparnos por la construcción lógica de las proposiciones, pero todavía más.  El significado real de las palabras, no se agota en la semántica o acaso en la correcta sintaxis de las expresiones, su sentido incorpora el tono, la intensidad, el gesto.  Una argumentación eficiente debe ser coherente con una estrategia de comunicación eficaz que resulta de la evaluación que hacemos del interlocutor, del escenario, la oportunidad y la circunstancia.  Solo  después de estas consideraciones, nuestras palabras, si es que realmente pretendemos comunicar, tendrán el impacto que deseamos: hacernos comprender.   La argumentación entonces es o debe ser profundamente considerada y concordante con las características, la idiosincrasia y la sensibilidad de  nuestra contraparte, que es, ante todo, un ser humano como nosotros (aunque no lo parezca).
 
EL SABER DIALOGAR

El recorrido de los “logos” que emanan de los opuestos, las razones que van y vienen, el encuentro o intercambio de ideas sustantivas constituye el diálogo.  Ya los antiguos griegos basaban toda su educación en ello.  Era el reino de la palabra.  Más que la danza o la música, las fiestas, los momentos cumbre, tenían como centro al banquete donde, a despecho que la ingesta de alimentos y bebida fuera desmedida, era el ejercicio del discurso filosófico el que justificaba las veladas o las amanecidas.  Los griegos invitados al banquete lanzaban un tema cualquiera, aleatorio o eventualmente coyuntural, e inmediatamente se disputaban el privilegio de hablar primero.  Así, generaban una cadena de reflexiones en el afán de llegar a la esencia de las cosas y acercarse un poco siquiera a la epifanía de sus espíritus: el Mundo de las Ideas.  Esta concepción, esta preponderancia de la palabra, llevó al DIÁLOGO a niveles de exaltación y se constituyó en la base de la Cultura Occidental.  Pero como todo tiene su lado oscuro, junto con la retórica (de la que quizá hacemos gala en este texto), los sofismas y  hasta la cháchara cantinflesca, también surgió una amenaza vigente: el diálogo de sordos, donde todos hablan y nadie escucha.

Y es que para que el diálogo fluya natural, debe primero haberse constituido por lo menos empatía mínima, una conexión elemental basada en un atisbo de confianza mutua.  Confianza en que el tiempo que invirtamos en comunicarnos no será desperdiciado, porque incluso, no llegando a acuerdos absolutos, sí resultarán aprendizajes valiosos por el mero hecho de entender las expresiones que el prójimo quiere, se esmera, en compartir.  Porque de eso se trata finalmente, de compartir ideas en una fiesta, tal y como lo concebían los atenienses.  Es pues primordial, para que un diálogo fluya natural, combatir los ruidos, las subjetividades, los prejuicios que distorsionan los mensajes.  Asimismo es necesario también irrigar de Fe el canal de comunicación partiendo de una máxima simple: hablando se entiende la gente.   Sigmund Freud, con la lucidez que lo caracterizaba, decía… “si dos personas afirman que piensan igual, una no está pensando”.  Y este es el resultado de un diálogo fallido, porque incluso habiendo comunión de ideas, siempre el encuentro de dos almas dialogantes generará un enriquecimiento que se hará evidente de todas maneras.

EL SABER NEGOCIAR

Debemos reconocer que la interacción humana conduce indubitablemente a la negociación.  El negocio entre las personas, lejos de darle connotaciones peyorativas, conlleva el arte de la política, que es el que finalmente permite la convivencia.  Desde ese punto de vista, toda relación entre individuos es en esencia un negocio porque, tanto en su origen como en su derrotero, está implícita la búsqueda de una ganancia: el bienestar.  Hasta el matrimonio es, desde esta perspectiva, un negocio y por ello, no es casual que jurídicamente lo denominemos “contrato nupcial”; luego, para que este acuerdo se concrete, indefectiblemente el diálogo o los diálogos previos han sido fructíferos ¿no es verdad?. 

Pero sucede que a veces el diálogo confronta intereses en controversia que parecen barreras infranqueables y es ahí donde debe primar un enfoque moderno de negociación: GANAR-GANAR.   Contra lo que el enfoque tradicional GANAR-PERDER plantea (que en cualquier negociación necesariamente alguien sale perdiendo), un enfoque conciliador de intereses parte de la premisa que todas las posturas opuestas tienen como denominador común beneficiarse en la resolución de un conflicto determinado.  Si esto es así, basta con separar el conflicto de los personajes involucrados para constituir un “equipo” integrado por las personas que, objetivamente buscan lo mismo.  Luego, el punto controversial, se convierte en “el rival” que debe ser enfrentado desde una estrategia conjunta y eventualmente ser derrotado o superado, en la medida que cada parte percibe que el beneficio de su otrora contrincante es ahora también su beneficio. 

La negociación entonces es una oportunidad de aprender a aprovechar la sinergia que surge de una dinámica conciliadora basada en la sentido común y qué duda cabe, en el valor intrínseco de la solidaridad. 

En conclusión, saber ESCUCHAR, ARGUMENTAR, DIALOGAR Y NEGOCIAR son cuatro aprendizajes fundamentales en la construcción de ciudadanos.   Por ello, creemos que si desde la escuela básica se deben sentar las bases de estas capacidades, es en la educación superior, donde su ejercicio se hace indispensable, toda vez que nuestros futuros técnicos y profesionales desplegarán su pragmatismo en un mundo globalizado, hiper conectado a través de redes y medios de comunicación de tecnología cada vez más sofisticada, pero que sin embargo, todo ello no garantizará ninguna integración (insumo para la PAZ SOCIAL) a menos que a través de una formación de alta calidad académica hayan consolidado una cultura basada en la tolerancia y el respeto mutuo para con los semejantes y los diferentes; una cultura  humanista que reivindique a la palabra como el recurso impostergable para el anhelado triunfo de la razón y la prudencia por sobre la insensatez y la locura.
Los educadores entonces no pueden pararse de la mesa cuando ya se repartieron las cartas.  Salvo mejor opinión.

domingo, 11 de marzo de 2012

¿EN QUÉ PAÍS TE HUBIERA GUSTADO NACER?

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta

Viendo por televisión el juego de fútbol en el que el equipo del Barza, y concretamente Leonel Messi, daban un espectáculo goleando a un equipo alemán, surgió el tema de la importancia que tiene para la Educación de nuestros chicos el ser hincha.   ¿Qué es ser hincha?, ciertamente es una forma de compromiso con alguien o con algo (un equipo) que modifica conductas.  Una relación que vincula afectos reales, empatía (y no solo simpatía) con lo que el personaje o la cosa representan y, por tanto, una ilusión que le da sentido a la vida.  El fanatismo por cierto no es privativo de la relación con los deportistas; con artistas, músicos, escritores y otros personajes públicos se revela también, en algunos casos, relaciones de compromiso e identidad que, muchas veces, son más intensas que las que tenemos con seres cercanos.  Hay también la conexión que generan algunos líderes religiosos y, qué duda cabe, también algunos políticos que eventualmente despiertan en las masas ávidas de buenas nuevas mesiánicas, compromisos importantes por no decir, absolutos. 

Pero postergando esta reflexión para un futuro texto, lo que me motivó a abordar este tema fue unas dudas que paso a compartirlas.  Me entero que el hijo de un gran amigo mío, siendo peruano de nacimiento, es hincha de Argentina.  Vale decir, si eventualmente se enfrentan Argentina y Perú, el chico, sin dudarlo siquiera, va al estadio con la camiseta albiceleste y se suma a la barra extranjera.   Ya que sea hincha de un club extranjero (¿Qué modesto aficionado al fútbol en este momento podría ser impermeable al tremendo atractivo que genera el club Barcelona y  su brillante juego colectivo?),  vaya y pase, pues la contundencia y el buen juego de los equipos europeos es de un nivel superlativo comparado con la extrema pobreza futbolística del medio local;  pero cuando se trata de la selección, del equipo que nos representa como nación, como pueblo, la cosa no es tan obvia.  ¿Es censurable que un niño no se identifique con la selección de su país?, asumiendo que es algo cuestionable ¿los padres son responsables de tal despropósito?; si como algunos dicen, el fútbol es reflejo significativo de la sociedad ¿podemos afirmar que el chico recusa la sociedad que habita y la desprecia como origen y destino?; ¿se trata de un caso excepcional o solo es lo que todos los chicos sentirían si los padres, el colegio y los medios, no reprimieran sus verdaderos compromisos?

Para poder encarar estas interrogantes debemos plantear una cuestión previa: no se trata de un asunto moral.  Creo que debemos desterrar el calificar las conductas como buenas o malas, pues de lo contrario confundimos el análisis.  Aquí se trata de una consecuencia, un efecto, que tiene un antecedente y una causa, lógica, racional, que revela, antes que nada, el peso que tiene la Educación en la configuración de nuestros derroteros existenciales.  

El hecho me lleva a recordar aquella pregunta que nos hicieran de niños... si te dieran la oportunidad de escoger, ¿en qué país te hubiera gustado nacer?.  Recuerdo que en nuestro barrio clasemediero, la respuesta tácita o explícita, pero unánime, de aquellos años era: ¡obvio microbio… en USA peee!!!   Y es que por aquellos años el modus vivendi,  la “american life” era el paradigma del paraíso terrenal, el lugar perfecto para alcanzar cualquier sueño (idea confirmada y afianzada además por todas las películas y series enlatadas de aquella televisión sesentera, de señal abierta, analógica y primitiva, que forjaban el modelo de nuestra sociedad perfecta).

¿Quién construye lo que soñamos ser?

Hay entonces un vínculo significativo entre lo que queremos y lo que tenemos, que define nuestras identidades.  Una vez escuché decir a mi maestro: somos lo que soñamos ser, es lo que nos define.  Y acaso eso explique la conducta del chico en cuestión.  Argentina, en el espectro futbolístico, es palabra mayor.  Sería largo exponer las posibles razones para que este país sea cantera histórica de grandes futbolistas, pues de este país latinoamericano han surgido peloteros excepcionales.  Di Stéfano, Maradona, Messi por nombrar los tres más destacados, pero cuyos representantes de segundo y tercer nivel, son figuras en todas las ligas del mundo, donde incluso algunos terminan nacionalizándose para jugar por los seleccionados de otras naciones.  En el Perú los casos de Ballesteros, Quiroga, Balerio, Ibañez, no son la excepción (aunque el que todos  sean arqueros, también debería indicarnos algo ¿no?), casos en los que estos jugadores argentinos, a despecho de ser deportistas profesionales, se han fajado entregando alma, sudor y lágrimas por defender nuestra camiseta nacional en épicas e imperecederas batallas futboleras.

Pero tratando de encontrar una explicación, quizá, nos podemos atrever a afirmar algo que parece una verdad de Perogrullo: el medio manda.   Los medios de comunicación, la televisión, internet y demás canales de difusión no se limitan a informar.  Hoy cuentan historias y construyen ídolos.  Es fundamental para vender y competir, construir en el imaginario del público objetivo expectativas, esperanzas, fascinación, y qué cosa más fascinante que los extraterrestres.  Pues bien, el fútbol profesional es quizá el espectáculo más proclive a idealizar, a construir modernos super héroes.  Y los niños, los adolescentes y muchos adultos inclusive son seducidos por las hazañas de estos dioses del Olimpo.  

Entonces, quizá lo que revela la conducta del niño, no es otra cosa que su alma libre, como diría A.S Neill.  Aquella que no es reprimida por el “deber ser” y acaso, una identificación mucho más honesta que la de muchos de nuestros patriotas que cantan el himno a todo pulmón y marchan impecables con paso de vencedores, como aquellos altos oficiales procesados por corrupción que no tienen ningún problema en participar en el contrabando, el narcotráfico o la enajenación de nuestros recursos naturales, vendiéndose al mejor postor o en provecho de intereses foráneos.

Hace poco se produjo todo un vendaval de opiniones sobre las declaraciones del escritor Ivan Thays sobre la gastronomía peruana.  Su opinión contraria al buen momento que tiene la imagen de nuestra comida en el mundo provocó un cargamontón digno de mejor causa.  Pero es que en el fondo pareciera que tocaba rasgarse las vestiduras y proclamar nuestra peruanidad a ultranza como si se tratara de defender el morro de Arica.  Pasada la tormenta, voces más serenas (como la del mismo Gastón Acurio, quien seguramente, muy a su pesar, es una especie de gurú sobre el particular) han puesto las cosas en su sitio y finalmente, todo ha quedado en lo que debería ser: al  señor Thays le disgusta la comida peruana tanto como a Chin Li Sun le disgusta la comida china o a Kunta Kinte, la comida africana, ni más ni menos.   Si el señor Thays tuvo la intención de hacerse conocido, no lo sabemos, pero ciertamente, nosotros pisamos el palito y no por eso, él dejo de ser peruano. 

Construir Identidad Nacional es un objetivo educativo que no tiene o debiera tener un enfoque fascista.  No creo que se trate de construir una filiación dogmática que defina un modo de ser peruano en particular; un modo oficial de amar la tierra donde nacimos.  Esa visión es nefasta, no solamente porque es en esencia falsa (dado que se construye sobre principios que no surgen del la experiencia vital del individuo sino de la presión colectiva de la masa),  sino porque además, se subordina a valores temporales, de corto plazo, lejanos e inconexos que finalmente no se vinculan con nada verdaderamente importante.

No basta que la marca Perú se consigne en la etiqueta

Así como es imposible que las plantas nieguen sus tropismos y vivan sin desarrollar raíz, sin buscar el agua, sin buscar el sol; del mismo modo, una educación que no construya conexiones vitales con esta tierra no puede fingir patriotismos trasnochados; el amor por este país es el resultado de tales conexiones, y estas solo surgen viviendo las experiencias, entendiendo el país y su sociedad desde sus problemas y desde sus potencialidades, como diría Basadre. 

Desde niños solo amamos lo que conocemos y solo defendemos lo que amamos, luego, ciertamente un país exitoso, con empresarios satisfechos y solidarios; con trabajadores reconocidos y emprendedores; con hombres y mujeres valorados y tolerantes; sin niños desnutridos ni ancianos abandonados;  un país con reservorios de agua y sin dragas imperdonables;  habrá de reflejar una Marca Perú que pujará y empujará a nuestra selección de fútbol hasta el Mundial.  Y entonces surgirán genuinas simpatías en nuestros niños y jóvenes, haciéndonos soñar a todos, sin esperar que un Depredador, un Bombardero de los Andes o los Cuatro Fantásticos sean tan efectivos con la camiseta rojiblanca como lo son en sus clubes europeos donde posiblemente SÍ HAYA UN EQUIPO, una sociedad, una región, un país, con una sola camiseta puesta.


jueves, 8 de marzo de 2012

SEXO FUERTE

Al parecer, el que no haya "Día del Hombre" nos hace muchas veces mezquinos o miopes para valorar a las mujeres del Mundo cuando es bastante obvio que basta una mujer, una sola mujer, para que cualquier hombre tenga la posibilidad de conocer la Felicidad plena.

Fue una mujer la que nos trajo al mundo; es muchas veces una mujer la que nos enseña a amarnos a nosotros mismos y finalmente, son las mujeres, de cualquier condición social, las que nos permiten creer, ingenuamente, que los hombres somos "el sexo fuerte", fortaleciendo nuestra idea básica de que servimos para algo, dizque importante.

"Bienaventurados los varones que tienen la dicha de tener una compañera vital porque de ellos serán los cielos y no solamente los reinos".

Un saludo fraterno para ustedes compañeras de trabajo y de vida, para sus madres, para las madres de ellas, para sus hijas y para las hijas de estas.

Con admiración y agradecimiento

Filosofito, solo un hijo de su madre.



domingo, 4 de marzo de 2012

EL PRE REQUISITO

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta

Como tantas expresiones propias del argot académico, el vocablo PRE REQUISITO, no existe en realidad, pues no es más que una redundancia. Bastaría con decir REQUISITO a secas para denominar el concepto. Pero la redundancia en este caso no ha surgido de la nada. Hay ciertamente una tendencia a pensar que los conocimientos se superponen, unos sobre otros, y que en muchos casos, diríamos en casi todos, hay que garantizar conocimientos previos que demuestren el “aprestamiento” fundamental para el acceso y la asimilación del nuevo conocimiento.

En la universidad este enfoque prima y aunque ciertamente hay asignaturas que no requieren aprobación del requisito, es claro que la estructura curricular, el plan de estudios de cada carrera, está concebido, en su mayor parte, bajo la premisa de cursos condicionantes acumulatorios. Ahora, ¿es esta lógica incuestionable?, considerando el cambio radical en los paradigmas educativos ¿sigue incólume el principio de conocimientos progresivos?.

Hoy, los avances en la tecnología de la Comunicación han revolucionado los parámetros de acceso a la información y en tal virtud, la aplicación utilitaria de los datos, se hace rutinaria. ¿Podríamos aprobar matemática II sin haber aprobado matemática I?. En la visión tradicional esto sería imposible, toda vez que se supone que los temas están concatenados y para abordar un concepto se presume que este ha sido construido sobre antecedentes que deben ser conocidos con anticipación. Esta posición parte del supuesto que es imposible o por lo menos, utópico, que alguien pueda aprender algo sin entender su racionalidad. Pero es ahí donde, con mente abierta y espíritu innovador, podemos cuestionar el espíritu tautológico de tal afirmación. Y lo hacemos con un ejemplo sencillo. Ninguno de nosotros hemos aprendido a comunicarnos en idioma castellano como resultado de ningún curso de gramática. La lengua castellana es probablemente una de las más ricas y por ende, más complejas del Mundo, lo que le otorga una ventaja comparativa sobre las demás lenguas, y ello se evidencia en el arte poética y la narrativa, por ejemplo. Sin embargo, el aprendizaje y el constante enriquecimiento en el uso de este idioma complejo no es el resultado de una progresión académica formal, sino del uso recurrente y amplificado de sus alcances. Observadores acuciosos de la conducta humana como Piaget, Vigotsky e incluso Humberto Maturana, coinciden en que el enfoque constructivista no se reduce a la simple acumulación superpuesta de datos objetivos sino, más bien, a la configuración de una estructura de relaciones fácticas. Y es ello lo que permite el aprendizaje de uno o muchos idiomas.

El manejo que los chicos hacen de los recursos informáticos, de la misma forma, no es el resultado de aprendizajes organizados en la lógica académica, sino de la necesidad cotidiana, real y su aplicación empírica. Luego, bajo este mismo principio, no hay nada que requiera conocimientos previos a priori. El requisito es, en todo caso, la motivación. Es necesario que el curso haya despertado interés para disparar la acción autónoma del aprendiz. Si genuina e interesadamente queremos aprender acerca de Energía Nuclear es claro que debiéramos saber de Física básica antes de ingresar a clase, por tanto, bastaría con saber qué tópicos se abordarán en el curso para que uno mismo, de manera AUTÓNOMA, busque la información en internet y si acaso es necesario, llevar las dudas y preguntas a clase. Vale decir, es OTRO PARADIGMA, el que se necesita asimilar.

Diferencia paradigmática entre Alumno y Estudiante

En un artículo anterior ya lo señalábamos. ALUMNO es un concepto estático (proviene de a-lumino, sin luz), apunta a una condición de aprendizaje pasiva; por el contrario, ESTUDIANTE es un concepto dinámico, cuya condición es la del aprendizaje activo, o mejor dicho, la del sujeto-agente de su propio autoaprendizaje y enriquecimiento cognitivo constante.

El estudiante universitario de hoy es, debe ser, sumamente crítico con lo que se le pretende transmitir a través de la enseñanza. Ergo, el estudiante universitario no debe aceptar a pie juntillas lo que dice el profesor, el libro, internet o cualquier medio de información; por el contrario, hoy más que ayer, el estudiante universitario, cualesquiera sea su carrera, debe tener a flor de piel el espíritu CIENTÍFICO, que lo anima a ser curioso y observador; a averiguar antes sobre lo que se le promete y seguir averiguando después de la experiencia vivida. El maestro en este caso, cambia su rol, y luego de despertar el interés en su discípulo, se convierte en un guía, cuando no en un acompañante, un soporte perseverante para el siguiente descubrimiento.

Como primera conclusión entonces, planteamos una opinión para el debate: No es necesario establecer que, para seguir un curso, hay que aprobar su REQUISITO. De maduro cae que quien que no tiene los conocimientos de base, NO PODRA APROBARLO. Así, si un curso X se dicta en idioma inglés ¿acaso no bastaría para que, autónomamente, busquemos capacitarnos en dicho idioma antes de matricularnos en tal asignatura?. Por tanto, es innecesario explicitar tal condicionante en un plan de estudios ¿no es verdad?.

Desaparición del Examen de Admisión

En ese mismo sentido, el examen de admisión, tal y como ha sido concebido en el siglo pasado, ya es innecesario. La justificación del examen de admisión se basaba en otra presunción apriorística: no todos tienen las condiciones académicas o el talento para seguir cursos de nivel universitario. Pero el argumento real era más significativo: es necesario generar un embudo para admitir a los más aptos, o quizá… a los que están en condiciones de asumir el fuerte costo de los estudios. Así, el examen inicialmente, se convertía en un escollo gigante (en el caso de las universidades nacionales masivas) y selectivo (en el caso de las universidades privadas competitivas). Ingresar a la universidad entonces era una meta que, a su vez, disparaba toda una maquinaria de servicios previos (así surgieron las academias de preparación y luego, las “pres”). Por otra parte, también surgieron nuevas modalidades de admisión que valoraban el rendimiento histórico y eventualmente, talentos excepcionales. Pero, en todos los casos, se cumplía religiosamente el principio: “ingresar es relativamente fácil, lo difícil es mantenerse dentro”. Y es entonces que, ya inmersos en la universidad, la falta de “conocimientos previos” sumada a la inmadurez (es especialmente agresiva la forma como en los últimos años se ha promovido el ingreso a la universidad desde los colegios mismos) llevaban a un segundo embudo, cuando los chicos desaprobaban una, dos y hasta tres veces el mismo curso.

Hoy, si reconocemos como válido el mismo argumento planteado en los párrafos anteriores, ya no es necesario el filtro del examen de admisión. Basta con que los ingresantes a la universidad sepan con anticipación los conocimientos previos que implica llevar las asignaturas básicas para encarar el primer año de estudios (estudios generales), cuyo éxito dependerá de cuánta preparación autónoma se despliega y se asimila.

Por tanto, y como segunda conclusión: la selección natural de los más aptos ya no es el resultado de un examen de admisión, sino producto de la acción volitiva del pretendiente, de su perseverancia, de la calidad de su entrega, de su empeño por convertirse en estudiante universitario AUTÓNOMO. Dicho esto, será Él, y no la universidad, el artífice de sus propios logros académicos y eventualmente, responsable de su fracaso.

Ahora, si esto es así ¿Cuál es el nuevo rol de la universidad?. Desde nuestra modesta opinión, la universidad debe ofrecer la oportunidad, el escenario, las herramientas y ciertamente conducir, guiar el interés por el saber en su dimensión más ecuménica, en el marco de una misión más trascendente: educar al individuo para convertirlo en CIUDADANO comprometido con su sociedad, su país y el planeta que comparte con los demás seres vivos.

Fito Luján

sábado, 3 de marzo de 2012

EL PRIMER DÍA DE CLASES

El primer día de clases o… ¿el desembarco en Normandía?

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta


Hace unos días, escuché una conversación entre dos niños.  Uno le expresaba al otro su desazón porque se acercaba el fin de las vacaciones.  ¡Pucha!  ¡La próxima semana comienzan las clases!!...  –respondió el otro-  yo tampoco quiero ir al colegio!.  Otro día, también de forma casual, escucho a un niño que le dice a su madre… No, ¡no quiero ir mamá!!  ¿por qué tengo  que ir si hay niños que sus papás los mandan recién después de una semana que empezaron las clases?.  ¡qué tal razaaaa!!!!.  Ambas situaciones me revelaban una constatación que, de ser masiva, sería preocupante: el colegio no genera expectativa alguna. 

Para mí esta era una sorprendente revelación, toda vez que en mi recuerdo, si algún momento grato tengo de mi niñez escolar es básicamente el primer día de clase.  Recuerdo que conforme se acercaba el día, crecía la expectativa.  Vería nuevamente a mis amigos, conocería nuevos, aprendería cosas interesantes, ¡oh!! además, ¡ahora ya soy más grande!!.  Y no solamente tenía ese tipo de ilusiones, los libros, el olor a nuevo, sus colores llamativos, despertaban mis ansias por comenzar ya.  La tarea de forrar los cuadernos, tener mi cartuchera completa, se sumaba al entusiasmo con el que me probaba el uniforme nuevo (o reciclado), las zapatillas, los zapatos, el buzo, todo estaba amarrado a un nuevo comienzo, a una nueva oportunidad, plena, emocionante, brillante.   La ilusión de escribir en el cuaderno nuevo, de hacerle una carátula de la mejor manera, se justificaba, quizá incluso, desde el inconsciente.  Ese cuaderno en blanco, era una promesa latente; era la certeza que ahora sí, ahora todo sería mejor, exitoso, que lo malo, los  errores pasados, quedaban atrás y que esta vez, en este año, todo sería victoria, felicidad, perfección.   Y así llegaba la noche previa.   De solo pensar que al amanecer sería el inicio del Gran Día, me llevaba a no querer dormir.

La lonchera, nueva, limpia también, estaba lista para llenarla con el sanguchito salvador, el juguito generoso o la fruta fresca, indubitables señales de la presencia de nuestra madre o quizá de aquella persona que vertía su amoroso cuidado para equiparnos bien y estar en condiciones de enfrentar los eventuales avatares del día. 

Al amanecer, antes de la hora señalada, ya me encontraba en pie, listo para emprender la gesta.  La mochila, preparada desde la noche anterior, pesaba como si dentro llevara otro niño a cuestas. Pero no importaba.  Igual, recorría las ocho cuadras que separaban mi casa del colegio, con el corazón en la mano, imaginando, especulando, cómo sería finalmente el contacto cercano.  Y así llegaba a la puerta y luego, al patio.  Allí, mi radar, más rápido que inmediato, detectaba la ubicación de los amigos, los camaradas de armas.  ¡Uy! el scaneo automático llevaba al paroxismo la evaluación del escenario y cada uno de nosotros era auscultado minuciosamente para ver cuánto era y cuanto parecía que era él, ella, ellos y ellas, después de “tanto” tiempo transcurrido que nos dejamos de ver y estar.  Habíamos crecido, ya no éramos los de antes, el tamaño, el tono de voz, revelaba en menor o mayor medida que las hormonas estaban haciendo su trabajo. 

Luego del impacto y esta primera adecuación, ya instalados en el colectivo de los de siempre, la pregunta inmediata era…  ¿y los nuevos?.  Así ubicábamos también a aquellos que tenían la dicha, o la desdicha, de incorporarse a nuestra escuela.  Y entonces….

Pero volviendo a nuestra premisa con la que iniciamos esta reflexión ¿qué está pasando ahora?; ¿por qué, con excepciones seguramente, los niños podrían tener menos interés por volver a las aulas?.

Podemos plantear algunas hipótesis.  Me animo a plantear dos:

UNO.- Los niños no quieren volver a las aulas porque ciertamente las vacaciones han sido verdaderamente útiles en el divertimento y la felicidad (anoto mi insistencia para negar el eufemismo de las “vacaciones útiles”, pues no concibo la existencia de vacaciones inútiles); porque este tiempo ha sido pródigo en aprendizajes significativos, los que no solo se agotan en que la pasaron pegados al play station 3 o descubrieron y potenciaron el uso del Facebook, sino más bien, porque quizá ha sido un tiempo en el que, junto a otros, a sus pares, sí han hecho cosas verdaderamente interesantes.  Y ha faltado tiempo para el goce, o quizá… para el amor.

DOS.- Los niños no quieren volver a clase porque es regresar a la rutina, a las tareas sin sentido, a los horarios de aburrimiento soporífero, de vocación militar, de absurda pérdida de tiempo; volver al encierro en un espacio donde priman las relaciones de poder en la que “el vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo”; volver al bullying, a tener que optar entre ser víctima o victimario para sobrevivir; volver a la discriminación, a la intolerancia, a la hegemonía del dinero; Volver al lugar que, lejos de ser el espacio de “entrenamiento para la vida” es un panóptico donde se capacita para el individualismo y la desconfianza hacia el prójimo; un lugar especialmente pintado y remozado, hasta equipado con la última tecnología, para negar o atrofiar la comunicación real, la conexión de almas, el sentido común.

Sendas crónicas sobre la Segunda Guerra Mundial describen el momento del desembarco de las tropas aliadas en las playas de Normandía en el famoso “Día D”.  Aquel que significó el inicio de la invasión aliada y el comienzo de la derrota alemana de aquella infausta conflagración.  Una escena de la película “Buscando al soldado Ryan” en la que justamente se ve como las tropas intentan llegar a la playa bajo el fuego cruzado e inmisericorde de las defensas alemanas, mostraba descarnadamente lo terrible y sanguinaria que podía ser la conducta humana.  Viendo las escenas de los rostros de jóvenes soldados en los botes de desembarco, segundos antes de desatarse el infierno, pensaba que acaso ese temor indescriptible, esa angustia de tener que enfrentarse a la muerte, ciertamente no es igual a la de los niños que van a enfrentar la escuela en su primer día de clase, no, eso sería una exageración…. Pero quizá, solo quizá, en algunos casos pueda tener un ligero parecido, y eso, solo eso, ya es lamentable.  

Quizá entonces, la única diferencia, la verdadera diferencia entre un caso y el otro, sea la ACTUACIÓN DE LOS MAESTROS, quienes atentos y vocacionalmente comprometidos, son los únicos que pueden cambiar la playa de Normandía por aquella playa paradisiaca del Caribe, aquella de la Isla de Guanahani, donde un 12 de octubre de 1492, desembarcó nuestro recordado Cristóforo Colombo, el descubridor, el niño.

Fito Luján, profesor