Hace algún tiempo ya, un amigo, gerente general de una
conocida empresa pesquera, me invitó a un seminario taller de Alta Gerencia y
Capital Humano en la Universidad del Pacífico. En realidad lo que pasó
fue que mi amigo debía viajar y ya había pagado el costo del taller, entonces
me lo ofreció. Por entonces, yo ejercía algún cargo administrativo en la
universidad y en tal virtud, me interesó el tema, por lo que acepté
gustoso.
Resulta que llegué al salón especial donde se
realizaría el taller y me integré al grupo. Éramos 18 personas, sentados
en una mesa semicircular, todos gerentes de distintas empresas y yo que, para
los efectos, fungía de lo mismo. A la hora señalada ingresó el
conferencista-facilitador (que no recuerdo su nombre), el mismo que, luego de
darnos la bienvenida, dio instrucciones para que se retiraran todos los
auxiliares y se cerraran las dos puertas de la sala.
Entonces nos dijo… “Bien, ahora que estamos
solos y todos nos dedicamos a lo mismo, quizá podamos comenzar hablando con
absoluta sinceridad ¿no?”. Todos quedamos en silencio, sorprendidos
con tal aseveración, mas luego de un segundo de observar nuestras caras el
susodicho agregó –“es básico que tengamos eso claro porque hoy vamos a
ser pragmáticos y decir las cosas tal como son. Así, comenzaré con una
verdad incuestionable para todos nosotros: LOS VALORES HUMANOS NO DAN PLATA”.
Tal afirmación me dejó perplejo, pero incluso mis “colegas” gerentes, de
principio, sospecho que no aceptaron tal proposición. El facilitador
continuó… - Miren, entre gitanos, no nos vamos a leer la mano ¿no es
verdad?,… Sí, sí, claro que es cierto que tener valores nos hace mejores
personas en algunos escenarios y probablemente por evidenciarlos, nos quieran
más, pero desde el punto de vista del negocio es, qué duda cabe, un aspecto
secundario, complementario, nunca esencial, que en estricto sentido podemos
postergar y no priorizar”-
Si tenemos que proyectar e implementar cualquier
negocio exitoso –continuó el
conferencista- nuestro principal recurso será nuestra capacidad para
convertir dinero en más dinero, es decir, conseguir la máxima rentabilidad en
el menor tiempo posible y hacerla sostenible ¿no es verdad?-
Todos ya más convencidos ante tal argumentación lógica comenzaron a asentir y
luego de varios ejemplos contundentes, debo reconocer que hasta yo, un
advenedizo (neófito sería mejor decir) en el mundo de la gestión, terminé
transando y aceptando que sí, que finalmente eso era cierto.
Pero entonces, cuando ya todos nos habíamos convertido
a la nueva religión, el señor sacerdote preguntó… “¿quién me puede
definir el concepto de crédito bancario?. Nuevamente la
perplejidad se apoderó de la feligresía. Luego de un pequeño espacio de
silencio, ya más en confianza, un gerente respondió… “Es una acción
financiera en la que un banco o entidad que maneja fondos nos presta el dinero
que solicitamos con cargo a devolverlo en un plazo determinado y pagando los
intereses que correspondan” Apabullados por la sapiencia del
primer alumno, todos asentimos, y el sacerdote continuó con sus interrogantes,
pero esta vez usando la técnica mayéutica…
¿Todos podemos acceder fácilmente a un crédito
bancario?...
No, -
respondieron varios, mientras el primer alumno agregó… se requiere
cumplir con ciertos requisitos.
¿Así no? ¿Será cierto que en la mayoría de casos se
requiere demostrar que somos buenos pagadores?...
Sí, así es…
¿Será cierto que debemos demostrar que no somos
deudores morosos?,
sí, eso también…
¿Será cierto que tenemos que firmar una declaración
jurada reconociendo que todo lo que decimos es verdad?,…
sí, también eso…
¿Y si nos aceptan el préstamo y lo devolvemos en los
tiempos y plazos acordados, en el futuro nos será más fácil obtener créditos
más grandes?
Sí, es verdad.
¿y será que con más y mejores préstamos incrementamos
nuestro capital de trabajo por lo que de maduro cae que podemos producir más?...
Sí, señor.
¿Y si producimos más, obtenemos más utilidades?...
Sí…
¿Podríamos afirmar que la honestidad, puntualidad,
responsabilidad, nos hacen más rentables?....
SÍ….
Pero… ¿Acaso no hemos comenzado esta reunión
aceptando que LOS VALORES NO DAN PLATA?
Esta vez la sala enmudeció y solo atinamos
culposamente a asentir con la cabeza luego de haberse evidenciado nuestra
peregrina contradicción
Entonces… ¿es que acaso nos equivocamos?
Sí puessss, parece que sí ¿!? – aceptamos, resignados ahora, la
situación.
El facilitador, con ironía digna de un refinado
Voltaire, solo agregó… ¡qué bueno que nos dimos cuenta aquí y no después,
en “la vida real” ¿no es verdad?!!!.
Ahora bien, ¿Por qué les he relatado esta
anécdota?. Resulta que hoy, nuevamente en clase, me encontré con la misma
afirmación que vengo escuchando desde fines del siglo pasado: “… es que
roba, pero hace obra profesor”. Y tal como antes, lamento que sea
un joven quien defienda tal postura. Y es que hoy se confunde el
pragmatismo con la falta de escrúpulos para conseguir objetivos que finalmente
se sostienen en otro paradigma pernicioso: lo urgente, no da tiempo para lo importante.
El dilema entre el que “roba pero hace obra” versus el “honesto,
pero inútil”, es una falacia, un recurso retórico para justificar la
pequeñez de convicciones. La honestidad es un valor que no excluye la
eficiencia. Si acaso esta última no se expresara, siempre habrá la
posibilidad de aprender y mejorar; pero quien justifica su eficiencia en el
robo o la deshonestidad, termina haciendo daño a alguien o a muchos,
perjudicando inocentes, destruyendo la convivencia y la paz social. Por
lo demás, el justo es infinitamente más feliz que el injusto.
Pero ¿por qué hoy parece lo contrario?.
El debate sobre el aprendizaje de valores está
vigente. Algunos colegas sostienen que la universidad no es el escenario
para eso… “esa es labor de la familia y la escuela básica”.
Los que discrepamos con esta postura sostenemos dos cosas…
Uno.- La célula de la sociedad YA NO ES LA FAMILIA
Dos.- La escuela básica está desfasada de la
realidad; se ha quedado en la sociedad industrial fenecida.
Sobre lo primero, reconociendo que el centralismo
urbano es el escenario principal, las familias de clase media y pequeño
burguesas simplemente están desintegradas físicamente (ambos padres trabajan
todo el día, cuando no también los fines de semana, y los hijos cada vez más
jóvenes dejan el hogar y viven su vida gregaria, mientras los niños, sin
barrio, sin lugares, quedan solos al cuidado de empleadas domésticas o
parientes diversos, más interesados en la telenovela de moda que en educar a
los párvulos o los adolescentes). La esperanza, la reserva de la familia como
núcleo social hasta hace dos décadas estaba en los sectores populares, pero
tampoco. Los migrantes provincianos, (incluidos los “nuevos ricos”) antes
proclives a la familia, al ayllu, al llegar a la ciudad, solo tienen un
objetivo: trabajar. Y lo hacen 14 horas diarias, sin descanso dominical,
vendiendo golosinas o en sus puestos del mercado. Luego, tampoco están en
casa y sus hijos quedan expuestos a los avatares de una ciudad violenta donde
campea el racismo y la discriminación que niega o recusa el mestizaje y la
pluriculturalidad. La familia entonces ya fue.
Sobre lo segundo, la escuela pública, es básicamente
un centro de desadaptación social y no un escenario de aprendizaje y
enriquecimiento. Si algo se aprende en la escuela pública es a sobrevivir
en la selva de cemento acaso a través de la argucia, la trampa, el contubernio
y la corruptela. Pero ¿y las escuelas privadas?. Resulta que éstas,
reservadas a los que pueden pagar, en su mayoría siguen siendo tributarias de
una formación escolástica, acartonada, maquillada de insumos tecnológicos
y multimedia pero donde igual se sigue enseñando a obedecer, repetir y aceptar
el statu quo de las relaciones de poder y la “verdad” que emana el profesor,
cuando no, de internet. Mientras tanto, el bullying se extiende y un niño
o niña, para existir, debe ser una de las dos cosas: o víctima o victimario.
Si la Familia hoy no es la célula de la
sociedad y la Escuela tampoco lo es ¿quién toma la posta?.
Algunos sostienen enfáticos… ¡LAS REDES SOCIALES!. Hoy por hoy, ahí están
los contactos que acaparan la atención y los intereses. Es ahí donde las
conductas sociales son difundidas y amplificadas convirtiéndose en
modelos. Es a través del Facebook donde conocemos y reconocemos el valor
de las personas. Es a través de ese canal, que influimos. Que tiene
sus ventajas, seguramente, y es una realidad que debemos aceptar, pero que
tiene sus riesgos, también debemos tenerlo claro. Por lo pronto, es
evidente que el contacto físico directo, el que genera verdadera empatía y
sensibilidad no se puede dar a través del canal virtual. Y si para un joven
esto es vital, para un niño en plena formación de personalidad es dramático.
Si las cosas son así, ¿la universidad puede ser la
alternativa?. Yo creo que sí.
El año pasado, un día mi gran amigo, el profesor José
Luis Cabrera, se encontró con que sus alumnos llegaban tarde a clase.
¿Qué había pasado?, una máquina, un expendedor automático de café Altomayo se
había malogrado y proporcionaba el producto gratis. Los chicos hacían
cola para aprovechar la situación y todos entraron al aula con sus vasos de
café. El profesor Cabrera, agudo observador de la conducta social,
solo atinó a hacerles un pequeño comentario a manera de pregunta: ¿son
ustedes habituales consumidores de café?. Los chicos quedaron
todos en silencio. Luego de un momento aceptaron que no. ¿podríamos
decir que nuestra conducta es deshonesta por decir lo menos?... el
silencio continuó en la sala y finalmente el profesor agregó… nosotros
decimos que por todas partes campea la corrupción y la deshonestidad en nuestro
país ¿qué parte de responsabilidad nos toca por esa conducta generalizada en
nuestra sociedad?. Es verdad que no somos perfectos, a
veces nos equivocamos, caemos en incoherencias y contradicciones, pero es
fundamental darnos cuenta de ello y que “el otro”, “los otros”, nos ayuden a
corregir, reconocer y mejorar nuestra existencia. La situación disparó un
debate y una reflexión sumamente productiva que estoy seguro caló en la
conciencia de los chicos.
Creo que esa es nuestra labor: estar atentos y
dispuestos, en todo momento y circunstancia a construir CIUDADANÍA, ergo,
valores humanos para la convivencia social.
Salvo mejor opinión.