martes, 24 de abril de 2012

TODO POR UN CAFÉ


Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta


Ahora que mi hijo va a la universidad lo veo muy poco.  Era de esperarse.  Ahora, sus horarios e intereses lo van llevando, cada vez más, a consolidar autonomía en todo sentido.  Y solo me queda adaptarme y aceptar que nuestros encuentros sean cada vez más espaciados y eventuales.  Luego, habrá que preocuparse más por la calidad que por la cantidad del tiempo en el que nos encontremos. 
Así, hace unos días tuve uno de esos encuentros.  Coincidimos un domingo que yo estuve en casa preparándome un café.  Él se encontraba con Diego, su amigo, compañero de universidad y colega en su banda.  Se sentaron a acompañarme y compartimos.  Fue cuando surgió una pregunta…
Papá, ¿en la música hay izquierda y derecha?.  De plano, no entendí y él añadió… me refiero a que así como en política, ¿también se puede decir que en la música hay posiciones?.  Bueno –asentí- quizá podríamos decir que hay formas de hacer música más conservadoras o tradicionales y formas más audaces e innovadoras, pero así como llamarlas de izquierda o derecha, no me parece.  Ciertamente, ha habido y hay, a partir de las letras de las canciones, música llamada testimonial, que expresa ideas políticas de alguna forma, pero como sonido, como música en sí, no me parece que haya ese tipo de calificaciones…
¿Y la música clásica? -insistió Daniel- algunos dicen que es música de “derecha” porque es para gente de clase alta o muy educada ¿no?.  
¡Cuidado! –anoté- el que un sector de gente sea más allegada a un género musical no significa que necesariamente esa sea música que los represente. Porque finalmente ¿qué es la música clásica?,  probablemente Mozart en su tiempo era un innovador y “radical” para con su música, la misma que hoy llamamos “clásica” y que, sin embargo, en aquellos tiempos era eminentemente popular… 
¿Pero entonces lo clásico es lo antiguo y lo popular es lo moderno?...-inquirió.
Interesante el planteamiento, quizá algo de razón tengas –señalé-, sin embargo, en mi opinión, el tiempo no define el género.  Vale decir, hoy mismo se puede componer sinfonías, arias, óperas y demás, las que serían consideradas clásicas “contemporáneas”...   Pero entonces –intervino Diego- ¿lo que hoy es popular, en cientos de años será clásico?, ¿nuestro rock será estudiado así?.     Mmmm….. quizá eso ocurra en la medida que los géneros musicales responden a manifestaciones de sectores concretos en lugares y tiempos cronológicos también concretos; así, por la edad, los jóvenes escuchan un tipo de música distinta a la de los mayores, música que evidencia la energía que los desborda; pero también por el espacio o la procedencia, los pobladores de los Andes o los de la Amazonía prefieren su música típica antes que nada ¿no es verdad?.  Cuando los jóvenes se hagan viejos, o cuando los pobladores migren, quizá sus preferencias cambien un poco o mucho y aparezcan nuevas formas…
Y así, casi sin proponernos, la conversación nos llevó a la importancia de la música a lo largo de la  historia… de la música sacra-medieval hasta el jazz, pasando por la Marsellesa en la Revolución Francesa, hasta la trascendencia del himno nacional en los albores de nuestra república, etc. etc. 
Y todo compartiendo un café.  Misma cafetería de la universidad que tuvimos el privilegio de habitar…
Luego, al quedarme solo, pensaba en lo ocurrido y comentándolo a mi amigo, colega y maestro, Willi Guevara, recordábamos cuán importante para nuestra formación universitaria fue la cafetería.  Tanto en la siempre motivadora Católica como en nuestra gloriosa San Marcos, la cafetería no solo era el espacio donde ingeríamos nuestros alimentos, nuestro “menú universitario” estaba constituido por algo mucho más nutritivo que la simple ingesta de comida, era el lugar en que intercambiábamos ideas, conceptos, puntos de vista, sobre aspectos coyunturales, atemporales o eventualmente controversiales.  Era por cierto el espacio de socialización por excelencia en el que, entre broma y broma (algunos eran especialmente talentosos para la chanza, la chapa o la sátira irreverente), era también el escenario para las circunstancias más enriquecedoras de nuestros espíritu.  Allí comentábamos de política, pero también de cine, de música, de teatro, de ciencia y filosofía; allí criticábamos nuestros aprendizajes y aprendíamos de nuestras críticas.  Era el punto de encuentro y de reencuentro; el punto en el que surgían los planes e ilusiones compartidas y por qué no decirlo, el lugar desde donde evaluábamos nuestras posibilidades de tener éxito en el cortejo para con “ella”.  La cafetería era pues un escenario feliz donde la vida universitaria cobraba real significado, donde profesores y estudiantes creaban lazos imperecederos. 
No estoy de acuerdo con aquellos que añoran los tiempos idos.  Creo que hoy, también hay cafeterías o quizá nuevos espacios de enriquecimiento cultural y humano, pero debo reconocer que, considerando los nuevos paradigmas educativos, la velocidad de los cambios más el auge de la tecnología de la comunicación digital, la infraestructura no puede estar ajena a tal necesidad insoslayable.  
Aquellos que no entran a clase por quedarse a socializar en la cafetería, siempre han de existir.  Será un reto formativo el que los jóvenes aprendan a evaluar sus prioridades, pero eso no invalida el hecho que debemos estimular y promover los espacios de encuentro e intercambio de ideas, espíritus y emociones. 
Hoy me entero que en el techo de la novísima cafetería de Villa III, la misma que esperamos pronto se pueda abrir, unos jóvenes se escondían para apostar dinero jugando poker.  Es un rezago de una antigua y cuestionada costumbre de algunos jóvenes cuya inmadurez todavía los gana.  ¿Cómo lograr recuperar ese espacio para algo más enriquecedor?.  No basta con habilitar el uso de la cafetería, habrá que impulsar estrategias que orienten el quehacer estudiantil en el sentido que queremos,  para que desde ese espacio del campus universitario, al igual que aquella primavera en la Francia de Mayo del 68, la CULTURA VIVA tome por asalto el cielo… y la tierra. Todo dependerá entonces de nuestro compromiso con una forma de educar diferente que nos distinga, que nos identifique.  Un objetivo que incluso contribuya de manera sustantiva al tan mentado “posicionamiento de marca” como gusta decir a los profesionales del marketing.

lunes, 16 de abril de 2012

CIUDADANO

El líder verdadero nunca proclama serlo
Por Prof. Gustavo Luján Zumaeta

Para Constantino, por lo que me dio y lo que no me dio,
para obligarme a buscar sin desmayo.

Es por demás sabido que líder no es aquel que manda, que tiene poder económico, que ejerce un cargo de gestión por nombramiento, sea por voluntad propia o ajena; líder no es aquel que ostenta galones explícitos o tácitos, de ningún tipo; líder no es el que se sienta a la cabecera de la mesa, que tiene la voz más enérgica o el que siempre maneja el auto; líder no es el que controla a los demás porque tiene la vara o el instrumento de coacción (como aquel niño brigadier escolar cuya soguilla colgada desde el hombro, le otorga permiso institucional para apalear a sus compañeros que se salen de la fila); líder no es el que se proclama como tal ante sus subordinados y espera la adulación temprana y el cortejo fácil de quienes dependen de él para conseguir cierto respeto; líderes no son aquellos propietarios de ingentes bienes, objetos que tienen vida propia, abocados exclusivamente a incrementar su capital personal pero que, al mismo tiempo, navegan entre inefables y crecientes angustias de perderlo.  Y por supuesto, líder no es “el que baja a bases” para buscar ganar, perder o sencillamente participar de una política contienda electoral en particular.  En suma, líder no es el que paga por serlo, en la creencia que el liderazgo es la meta, el fin.  Primera conclusión: el liderazgo solo es un medio.

Que algunos pensemos o le concedamos la condición de líder a una persona por estas conductas, refleja más bien nuestra peregrina ignorancia y acaso también, nuestros complejos adolescentes y naturales frustraciones acumuladas desde nuestra primera infancia, las que falazmente creemos se solucionan aferrándonos a caudillos, ídolos de barro.

Pero si nada de esto es ser líder ¿qué es?, ¿qué lo define?.
 
No lo sabemos realmente pero quizá, solo quizá, líder sea simplemente el que influye.  El que logra irradiar coherencia entre lo que piensa, dice y hace (eso que algunos llaman integridad), y que al hacerlo, desnuda en los demás y en los que se reconocen como sus pares, la necesidad de íntima reflexión sobre sus propios actos, modificando así sus conductas. 

Si esto es así, podría ser que el líder verdadero sea el que, poniéndose en los zapatos del otro, encuentra las palabras y los gestos pertinentes, oportunos, para convencer y hacer valer sus argumentos al momento de tomar decisiones cruciales, trascendentes, con el propósito de que juntos, él y los demás, todos y cada uno, logren objetivos mayores que los acerquen a la FELICIDAD.  

Por ello quizá mi anciano padre, con sus 99 años a cuestas y días antes de su partida a la eternidad, llegó a decirme que “controle mi auriga” antes de tomar cualquier decisión.  Y es que para él, había que ser capaz de controlar primero el apetito de nuestras pasiones interiores antes de pretender controlar las de los demás o inducirlos a que hagan lo que uno quiere.   Es decir, ser líder de sí mismo primero, y solo después, …veremos.  “Hijo, sosiégate, que tu rabia siga su curso, déjala ir, tú sigue aquí… porque la vida continúa”.  Segunda conclusión: La templanza es entonces la condición básica del líder.

Pero entonces si es así, ¿debemos buscar formar líderes?

La filosofía anarquista que yo suscribo plenamente me ha llevado a la convicción que esa búsqueda es secundaria, accesoria, y al no verla así, y sí darle prioridad, cometemos un error de origen, que en Educación es la madre del cordero; equivocación que en lo cotidiano explica la persistencia del problema moral que hoy nos asfixia.   

El artículo de Constantino Carvallo que abajo les copio nos da luz sobre este error recurrente en las propuestas educativas que esgrimen la gran mayoría de instituciones formativas públicas o privadas vigentes en nuestra realidad peruana: pretender primero formar líderes, dejando de lado, para después, la construcción de ciudadanos.  

Hace tres años, el 18 de agosto de 2008, partió Constantino, maestro de maestros.  Quiero compartir con ustedes este artículo, extraído de su obra: “Donde habita la Moral”, editado póstuma y recientemente;  anhelando que lo lean en homenaje a él, a su liderazgo, a su inmensa humanidad y sobre todo, a la entrañable transparencia con la ejerció el oficio.



Menos Líderes, Más Ciudadanos.

Por Constantino Carvallo Rey

En estos años  he escuchado muchas veces afirmar que el fin de la educación es la formación de líderes, personalidades que sirvan de guías para conducir la agujereada nave peruana hacia algún puerto. Lo he oído en los jardines san isidrinos del Opus Dei y en las playas privadas de la YMCA, a los jóvenes jesuitas de los setenta y a los educadores politizados en Villa El Salvador, a los técnicos de la motivación empresarial y a los estrategas de la asociación scout. Y me ha causado siempre perplejidad, un cierto desconcierto por no saber si era una incapacidad, una ceguera sustancial, o, por el contrario, un acierto intuitivo mi resistencia a plantear la educación en esos términos. La verdad es que la palabra sola me evoca malos sentimientos, me trae el recuerdo de las tesis heideggerianas de la necesidad esencial del líder, el hombre que personaliza los fines de una sociedad y que muestra el camino que todos debemos seguir, el fuhrer.
¿Nuestro problema es la carencia de líderes? No lo creo. Más bien la nostalgia del líder, la esperanza que ponemos en los políticos, la creencia, siempre desengañada, en la capacidad absoluta del elegido, muestran el verdadero flanco débil de nuestra sociedad. No carecemos de líderes, nos faltan ciudadanos. Esperamos que el político sea perfecto, se encargue de nuestros asuntos y si falla será entonces el responsable del desacierto. Protagonista omnipresente mientras gobierna, recuerdo ingrato, culpable, cuando se ha ido. Ahora falló Fujimori, antes García, Belaúnde, Morales Bermúdez, Velazco Alvarado, otra vez Belaúnde, Odría, entre los que tengo memoria. Junto a ellos, nombres, líderes que fracasaron. Ellos son los padres de la patria, los hijos no tenemos culpa, inocentes fuimos estafados por los políticos que, sin embargo, nosotros mismos ayudamos a poner en el poder público. Y es que hasta ahora no creemos en la voluntad general de los pueblos ni que el poder emana de allí. No nos hacemos cargo de nuestra sociedad porque no somos ciudadanos sino huéspedes de una gran ciudad que no sentimos como comunidad.
Lo que nos falta es ciudadanía, el gran objetivo de la educación de la ilustración: personas individuales que piensan con su propia cabeza y se hacen cargo de los asuntos que pueden afectarlos y de las consecuencias de las decisiones que toman en común. Quizá si tuviéramos más ciudadanos el poder no se concentraría de manera tan absoluta en un puñado de gobernantes a quienes contemplamos todos por las noches en la televisión.
Tendríamos entonces que reflexionar sobre esa educación que forma ciudadanos pues sin ciudadanos no tenemos posibilidad alguna de fundar una democracia. Sin ciudadanos, sin hombres y mujeres capaces de defender sus derechos y de actuar solidariamente en torno a una voluntad común, resulta imposible una forma de gobierno que se sostiene en esa voluntad común, que legitima el poder que surge del diálogo razonable de las expectativas y anhelos individuales. Sin ciudadanos tenemos guerras y líderes.
Lamentablemente tenemos una idea distorsionada de la educación que forma ciudadanos. En lo que sigue me gustaría mostrar la que considero la raíz de ese malentendido...
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