A mi hermano Julio Alfredo, desde
el infinito y más allá... porque sigue cumpliendo con su
deber.
Debo reconocerlo: mi gusto por el
buen cine se ha atrofiado. Tengo claro el recuerdo de mi época de estudiante
universitario en el que era un asiduo al cine club. Encontraba especial placer
en películas que mostraban aspectos fascinantes de la condición humana. “Nos
habíamos amado tanto”, “ La Calle ”, “ 1900” , “Amigos míos”, y otras tantas
películas elaboradas con inteligencia, sutileza y delicado tratamiento de temas
diversos, complejos y al mismo tiempo reveladores. Directores extraordinarios
como aquellos de la escuela italiana (Scola, De Sica, Bertolucci, Rossellini,
etc.), con ellos Bergman, Buñuel o el mismo Almodovar, sin desentonar, abordaban
géneros diversos de forma magistral, mientras que otros, como Ford Copolla o el
mismo Woody Allen quedaban perennizados en mi memoria a través de los personajes
de El
Padrino y Zelig
respectivamente. En todas y cada una, incluso en aquellas catalogadas como
comedias, los protagonistas asumían el papel de los HÉROES en la
realidad-imaginaria que me comprometía existencialmente (¡cómo olvidar a Chaplin
en Tiempos
Modernos!!! simplemente, no había alternativa… ¡¡yo quería ser
él!!). Y es que el cine llenaba todos los espacios de mi corazón, de mis
ilusiones vitales. Pero entonces… ¿qué pasó?.
Hoy, si algo me complace del cine
es ver películas “de acción”. Nada complicado, todo debe ser fácil y obvio.
Huyo de las películas reflexivas, de enfoque psicológico o acaso, las que exigen
interpretación y análisis simbólico. Descanso viendo las inverosímiles escenas
violentas; me relajo sabiendo que el final es absolutamente predecible: el bueno
triunfa, liquida al malo, se queda con la chica y por supuesto… disfruta
finalmente del dinero motivador. El protagonista, el “héroe” es irrelevante;
si cumple con su función de acabar con todos los malos y salir peinado, es
suficiente.
Hace poco mi hija me llevó a ver
“Los Vengadores”, interesante ver como la empresa ha llegado al heroísmo (o al
revés), ahora, se trata de un consorcio de héroes, todos con poderes especiales
que se unen, o mejor dicho, los juntan, para aumentar su efectividad. Luego, el
acto heroico, pasa desapercibido ante tanto despliegue de excepcionalidades.
Entonces, descansé, y sí, me divertí.
Un amigo me dice que lo que me
sucede es simple de entender. Mi quehacer cotidiano, mi trabajo de educador,
está absolutamente ganado por resolver situaciones humanas que revelan lo
intrincado que es el alma y la mente. Las relaciones maestro-alumno, entre
maestros y entre estudiantes, obliga a estar constantemente alerta a señales y
acaso exigen estrategias elaboradas para encararlos. Todo el día, en el trabajo
y fuera de él, mi existencia está signada por un resolver misterios de la
condición humana. Eso explica por qué mi “descanso” perfecto radica en ver
películas que no me comprometan. ¡Estoy cansado de compromisos!. Si esto es
así, entonces, quizá ahí también esté la explicación del por qué la figura del
Héroe es hoy para mí nuevamente significativa.
Hace unos días vi la última
película de Batman “El caballero de la noche” y debo decir que fue el detonante
de la reflexión que arriba he desarrollado. Fui con la expectativa limitada de
ver lo de siempre: una película más de acción con un héroe conocido y personajes
predecibles. Pero me equivoqué. A diferencia de las otras, por primera vez vi
un Batman insospechado. Un original argumento me llevó a identificar,
nuevamente, lo que
hacía tiempo no veía: la humanidad en el
centro de la excepcionalidad. Batman, esta vez, sufre desde dentro,
padece su propio personaje, de una forma que conmueve. La ciudad clama su
regreso, pero él quiere
recuperar al ser humano. Los oponentes, esta vez, no se limitan a una
motivación pueril definida por una maldad innata o burdamente configurada, no,
son el resultado de sus propias luchas existenciales. Y entonces, la trama
fluye inesperada. El héroe surge de su padecimiento íntimo y no de deberes sagrados que cumplir. Y en tal
circunstancia, revela aquello que en “El ocaso de los ídolos” Federico Nietzsche
(para muchos el más importante filósofo del siglo XIX) subrayaba enfáticamente…
Se debe vivir de modo que se tenga, en el
momento oportuno, la voluntad de morir.
En estos días y debido a una denuncia mediática hecha por un policía que participó en la lucha contra el narcoterrorismo en el VRAEM (Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro), se ha puesto en debate el concepto de “heroísmo”. “Se perdona el pecado pero no, el escándalo”, reza el dicho y este es uno de esos casos ejemplares. El suboficial Millones es perseguido por la justicia militar porque se le acusa de “traición a la institución”. ¿Cuál es su delito concreto? hacer una denuncia pública, ante los medios comunicación, señalando las precarias, miserables, sería mejor decir, condiciones en las que los policías deben enfrentarse a la delincuencia subversiva, condiciones que denotan desidia, negligencia del Estado, desinterés por la vida de estos hombres y mujeres que CUMPLEN CON SU DEBER. Para la institución a la que pertenece, la conducta de Millones es más que una infidencia, es una deslealtad mayúscula inadmisible. Pero al margen que se cumpla o no la máxima “los trapos sucios hay que lavarlos en casa” surgen para el caso interrogantes insoslayables… ¿El cumplimiento del deber supone algún requisito mínimo? Vale decir, ¿se puede cumplir con el deber a cabalidad sin tener recursos básicos para tal cumplimiento?, ¿está obligado un soldado a enfrentarse a la delincuencia a sabiendas que solo es carne de cañón y su sacrificio no sirve para nada?.
Muchos reconocen que la calidad de
héroe supone una expresión de suprema generosidad. Héroe es aquel que, a
despecho del oficio que ejerce, arriesga su integridad, su vida, para
salvaguardar la del prójimo, incluso sin tener cercanía con éste. Este
desprendimiento gigante raya en la locura, pero no es tal, porque nace de una
convicción sublime: el sacrificio traerá a la postre un beneficio mayor, en la
medida que sus consecuencias recaerán positivamente sobre lo que más se ama y se
valora (la familia, la sociedad, la nación, la gente que le da sentido a nuestra
vida). Es por ello que el héroe no es un loco suicida. Su mayor fortaleza no
radica en ser avezado o no temer a la muerte, todo lo contrario, la
excepcionalidad de su condición se sustenta en su capacidad para actuar
coherentemente a despecho de cargar una mochila llena de miedos y dudas; su
valor radica en superar el terror que paraliza y en responder eficazmente, en
medio de un momento terrible, enfocándose en la utilidad significativa que
tendrá su sacrifico para los demás. El heroísmo es entonces un acto
eminentemente racional, nunca un exabrupto o una mera respuesta emotiva.
Dicho lo anterior podemos
coincidir con Fernando Savater cuando afirma… el heroísmo es fundamentalmente un
acto de LIBERTAD. ¿Es entonces un policía un héroe, en toda su
dimensión, por haber muerto en acción?, y si acaso sobrevive, en medio de las
peores condiciones ¿es también un héroe?. Si reconocemos que el heroísmo es un
acto de libertad, una elección autónoma, ¿el policía, el soldado, tiene esa
capacidad de decidir sobre su destino?. ¿Es posible ser héroe sin sacrificar la
vida?; ¿es posible ser héroe en tiempos de paz?, ¿cabe el heroísmo en una
persona poco virtuosa?, ¿es posible el heroísmo en medio de la
torpeza?.
Los policías, soldados y demás
ciudadanos integrantes de nuestras fuerzas armadas han elegido la profesión de
proteger al país y a su nación de todo peligro, grande o pequeño, interno o
externo, en cualquier circunstancia. Son servidores públicos que han jurado
inmolarse si es necesario y por ello (por lo menos en teoría) se han preparado
técnica, física y mentalmente para cumplir eficientemente con la responsabilidad
asumida motu proprio. Sin embargo, ni siquiera las
fuerzas especiales, los comandos de élite, están preparados para enfrentar las
incoherencias o las contradicciones en las decisiones políticas, peor todavía si
estas son el resultado de la corrupción, la impunidad y la frivolidad que
históricamente han castigado a nuestras instituciones “tutelares” de la
patria. Desde ese punto de vista, todos estos profesionales de la seguridad
terminan siendo héroes si es que aceptamos el argumento que ellos “sabían que
las cosas son así” y sin embargo, igual decidieron formar parte de las “fuerzas
del orden”. Pero entonces ¿hay diferencia
entre aquel policía valeroso y un personaje histórico como Miguel
Grau? Para responder esta pregunta quizá debemos intentar un
acercamiento a las razones que motivaron, en cada quién, su elección.
Los jóvenes que hoy por hoy
integran los contingentes de las fuerzas armadas, provienen en su mayoría de
sectores populares, y por tanto, el oficio de policía o la milicia es una forma
de subsistir al amparo de una institución estatal que no solamente les asegura
un salario estable, mínimo seguramente, pero constante, sino que además le
otorga beneficios adicionales que, lejos de ser accesorios, son vitales y
privativos también, tales como los servicios de salud, los programas de
vivienda, los centros recreativos, los servicios educativos, el bazar, tarifas
preferenciales, etc. Beneficios todos que vienen en paquete y alcanzan a todos
los integrantes del “cuerpo”. Nuestro otrora “Caballero de los Mares” en
cambio, provenía de una familia piurana de sólida posición económica; él mismo,
antes del inicio del conflicto bélico del Pacífico, ostentaba la condición de
diputado nacional y, por tanto, tenía todas las atribuciones, ventajas y
beneficios que el Estado le prodiga a los congresistas actuales. Vale decir, no
necesitaba lanzarse a la mar y luchar como soldado, como marino; no tenía ningún
apremio económico ni buscaba ningún tipo de estabilidad; podía elegir, y nadie
cuestionaría su decisión vital. Más bien, tenía una razón sumamente poderosa
para no ir a la guerra: era padre de ocho hijos. Ya estando al mando del
pequeño monitor Huáscar, como es por todos sabido, mantuvo a raya a la poderosa
escuadra que pretendía invadir el país, y lo hizo durante tanto tiempo que causó
una crisis ministerial en el país vecino. Pero él sabía perfectamente que tarde
o temprano llegaría el final… y sin embargo, no bajó los brazos. No renunció
cuando, ante los reiterados pedidos de mejores y mayores pertrechos, solo se le
enviaba medallas y condecoraciones por correo, agravando más la situación. Tuvo
entonces la excusa perfecta para alejarse y regresar al lado de su familia; ya
había demostrado su amor por el Perú, ya había demostrado su pericia y valor;
ya no era necesario seguir soportando el diario y desgarrador temor a la muerte;
pero no, Miguel Grau Seminario, prefirió quedarse hasta el fin. ¿Por qué lo
hizo?. Algunos dicen que estaba loco, otros en cambio, piensan todo lo
contrario: había alcanzado el mayor grado de lucidez; había reemplazado el
principio de placer por el principio de realidad, aquella fortaleza que permite
postergar o renunciar a un placer inmediato, en aras de alcanzar un placer mayor
posterior. ¿Cuál placer? Quizás el saber que su sacrificio sublime, a la larga,
sentaría las bases para la felicidad de los otros, de los suyos, de los que
amaba de verdad. Y nació el héroe imperecedero.
Y esto nos lleva a identificar
otra variable: la temporal. ¿Héroe es aquel que valida su condición en un solo
acto instantáneo, en un momento y circunstancia específicos?, ¿un solo acto
heroico basta para alcanzar la calidad de héroe ad eternum?; ¿a quién debemos
concederle esa categoría de ciudadano inmortal, acaso a aquel que lo demuestra
en un solo acto o aquel que sostenidamente actúa heroicamente?.
Andrés Avelino
Cáceres,
el denominado por propios y extraños como “El Brujo de los Andes”, protagonista
principal de la Campaña de la Breña , durante la infausta Guerra del Pacífico;
aquel extraordinario líder que, al mando de sus montoneros y montoneras
quechuas, enfrentó a las tropas invasoras en distintos escenarios sin desmayo;
aquel que en un solo día logró la victoria en tres lugares distintos,
Marcavalle, Pucará y Concepción; aquel que nunca pudo ser capturado en batalla y
jamás se rindió, lo que le valió, años después de haber terminado la guerra, ser
reconocido formalmente con el grado de Gran Mariscal y Héroe Nacional,
reconocimiento básico validado por sus compatriotas al punto de elegirlo
Presidente Constitucional del Perú en dos oportunidades (1886-90 y 1894-95);
este personaje tan querido y admirado por la población, termina siendo
consignado por la historiografía como el Presidente entreguista que firma el
Contrato Grace, calificado como abusivo y tremendamente perjudicial para los
intereses nacionales, toda vez que hipotecaba la reconstrucción y el destino del
país a los intereses del capital extranjero (sustento del imperialismo en
expansión). ¿Podemos hablar entonces de dos Cáceres en uno?, ¿el héroe y el
villano a la vez?.
Hacer lo correcto o lo
conveniente; lo justo o lo necesario; lo legal o lo legítimo, expresan la
dicotomía que debe enfrentar recurrentemente el moderno HÉROE verdadero y tal
vez, no exista una respuesta única que resuelva, desde el punto de vista ético,
el problema del imposible
equilibrio en nuestra conducta. La búsqueda de Paz para nuestra
conciencia nos brinda la oportunidad de acercarnos al heroísmo en nuestra época,
donde se evidencia la hegemonía del pragmatismo en todas partes, situación que,
lejos de todo escepticismo, es un momento especialmente fértil para sembrar en
el alma de cada uno de nuestros estudiantes una semilla que permita el
surgimiento de personas excepcionales, éticamente rentables… como Clark
Kent.
Fito
Luján
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