Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta
Ahora que mi hijo va a la
universidad lo veo muy poco. Era de
esperarse. Ahora, sus horarios e intereses
lo van llevando, cada vez más, a consolidar autonomía en todo sentido. Y solo me queda adaptarme y aceptar que
nuestros encuentros sean cada vez más espaciados y eventuales. Luego, habrá que preocuparse más por la calidad que por la cantidad del tiempo en el que nos encontremos.
Así, hace unos días tuve uno de
esos encuentros. Coincidimos un domingo
que yo estuve en casa preparándome un café.
Él se encontraba con Diego, su amigo, compañero de universidad y colega
en su banda. Se sentaron a acompañarme y
compartimos. Fue cuando surgió una
pregunta…
Papá, ¿en la música hay
izquierda y derecha?. De
plano, no entendí y él añadió… me refiero a que así como en política, ¿también
se puede decir que en la música hay posiciones?. Bueno –asentí- quizá podríamos decir que hay
formas de hacer música más conservadoras o tradicionales y formas más audaces e
innovadoras, pero así como llamarlas de izquierda o derecha, no me parece. Ciertamente, ha habido y hay, a partir de las
letras de las canciones, música llamada testimonial, que expresa ideas
políticas de alguna forma, pero como sonido, como música en sí, no me parece
que haya ese tipo de calificaciones…
¿Y la música clásica? -insistió
Daniel- algunos dicen que es música de “derecha” porque es para gente de clase
alta o muy educada ¿no?.
¡Cuidado! –anoté- el que un
sector de gente sea más allegada a un género musical no significa que
necesariamente esa sea música que los represente. Porque finalmente ¿qué es la
música clásica?, probablemente Mozart en
su tiempo era un innovador y “radical” para con su música, la misma que hoy
llamamos “clásica” y que, sin embargo, en aquellos tiempos era eminentemente
popular…
¿Pero entonces lo clásico es lo
antiguo y lo popular es lo moderno?...-inquirió.
Interesante el planteamiento,
quizá algo de razón tengas –señalé-, sin embargo, en mi opinión, el tiempo no
define el género. Vale decir, hoy mismo
se puede componer sinfonías, arias, óperas y demás, las que serían consideradas
clásicas “contemporáneas”... Pero
entonces –intervino Diego- ¿lo que hoy es popular, en cientos de años
será clásico?, ¿nuestro rock será estudiado así?. Mmmm….. quizá eso ocurra en la medida que
los géneros musicales responden a manifestaciones de sectores concretos en
lugares y tiempos cronológicos también concretos; así, por la edad, los jóvenes
escuchan un tipo de música distinta a la de los mayores, música que evidencia
la energía que los desborda; pero también por el espacio o la procedencia, los
pobladores de los Andes o los de la Amazonía prefieren su música típica antes
que nada ¿no es verdad?. Cuando los
jóvenes se hagan viejos, o cuando los pobladores migren, quizá sus preferencias
cambien un poco o mucho y aparezcan nuevas formas…
Y así, casi sin proponernos, la
conversación nos llevó a la importancia de la música a lo largo de la historia… de la música sacra-medieval hasta
el jazz, pasando por la Marsellesa en la Revolución Francesa, hasta la
trascendencia del himno nacional en los albores de nuestra república, etc.
etc.
Y todo compartiendo un
café. Misma cafetería de la universidad
que tuvimos el privilegio de habitar…
Luego, al quedarme solo,
pensaba en lo ocurrido y comentándolo a mi amigo, colega y maestro, Willi
Guevara, recordábamos cuán importante para nuestra formación universitaria fue
la cafetería. Tanto en la siempre
motivadora Católica como en nuestra gloriosa San Marcos, la cafetería no solo
era el espacio donde ingeríamos nuestros alimentos, nuestro “menú
universitario” estaba constituido por algo mucho más nutritivo que la simple
ingesta de comida, era el lugar en que intercambiábamos ideas, conceptos,
puntos de vista, sobre aspectos coyunturales, atemporales o eventualmente
controversiales. Era por cierto el
espacio de socialización por excelencia en el que, entre broma y broma (algunos
eran especialmente talentosos para la chanza, la chapa o la sátira irreverente),
era también el escenario para las circunstancias más enriquecedoras de nuestros
espíritu. Allí comentábamos de política,
pero también de cine, de música, de teatro, de ciencia y filosofía; allí criticábamos
nuestros aprendizajes y aprendíamos de nuestras críticas. Era el punto de encuentro y de reencuentro;
el punto en el que surgían los planes e ilusiones compartidas y por qué no
decirlo, el lugar desde donde evaluábamos nuestras posibilidades de tener éxito
en el cortejo para con “ella”. La
cafetería era pues un escenario feliz donde la vida universitaria cobraba real
significado, donde profesores y estudiantes creaban lazos imperecederos.
No estoy de acuerdo con
aquellos que añoran los tiempos idos.
Creo que hoy, también hay cafeterías o quizá nuevos espacios de enriquecimiento
cultural y humano, pero debo reconocer que, considerando los nuevos paradigmas
educativos, la velocidad de los cambios más el auge de la tecnología de la
comunicación digital, la infraestructura no puede estar ajena a tal necesidad
insoslayable.
Aquellos que no entran a clase
por quedarse a socializar en la cafetería, siempre han de existir. Será un reto formativo el que los jóvenes aprendan
a evaluar sus prioridades, pero eso no invalida el hecho que debemos estimular
y promover los espacios de encuentro e intercambio de ideas, espíritus y
emociones.
Hoy me entero que en el techo
de la novísima cafetería de Villa III, la misma que esperamos pronto se pueda
abrir, unos jóvenes se escondían para apostar dinero jugando poker. Es un rezago de una antigua y cuestionada
costumbre de algunos jóvenes cuya inmadurez todavía los gana. ¿Cómo lograr recuperar ese espacio para algo
más enriquecedor?. No basta con
habilitar el uso de la cafetería, habrá que impulsar estrategias que orienten
el quehacer estudiantil en el sentido que queremos, para que desde ese espacio del campus
universitario, al igual que aquella primavera en la Francia de Mayo del 68, la
CULTURA VIVA tome por asalto el cielo… y la tierra. Todo dependerá entonces de
nuestro compromiso con una forma de educar diferente que nos distinga, que nos
identifique. Un objetivo que incluso contribuya
de manera sustantiva al tan mentado “posicionamiento de marca” como gusta decir
a los profesionales del marketing.
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