Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta
La imagen que popularmente se le confiere al investigador científico refleja a una persona, generalmente vestida con bata blanca en el centro de un laboratorio, rodeada probablemente de microscopios, una lupa o quizá de algún sofisticado instrumento de observación, eventualmente también en medio de una pila de gruesos libros o registrando datos en una computadora personal. Es pues la imagen de una persona abocada a una labor de casi obsesivo descubrimiento académico y por ello, la imagen también de un ser excéntrico, quizá introvertido o por lo menos, poco dado a la figuración mediática. Es cierto también que hay excepciones y algunos de estos, quizá ganados por la era de las comunicaciones, se hacen conocidos, populares y terminan incluso, integrándose a la farándula, pero éstos ciertamente son los menos. En esencia, reconocemos que la cualidad del investigador científico lo coloca en un grupo especial de personas que, por lo pronto, en un mundo ganado por el paradigma positivista, es una élite de individuos que inspiran respeto.
Ahora bien, si intentáramos describir el quehacer del investigador científico, es probable que lo primero que se nos viene a la cabeza es la idea de… EXPERIMENTOS. Luego, nuestra idea convencional de un experimento nos lleva a recordar eventos en los que hemos hecho algo planeado para demostrar o dar validez a una afirmación. Ciertamente nuestra niñez y quizá también nuestra juventud han estado plagadas de momentos en los que hemos hecho cosas simplemente para “ver qué pasa”, sin necesariamente tener un propósito claro, solo por el mero hecho de provocar algún efecto que, apriorísticamente, consideramos interesante. Esta vocación por provocar reacciones está íntimamente ligada a la CURIOSIDAD natural de los niños y es por ello que, probablemente sea una condición para el surgimiento del investigador científico: la vigencia de la curiosidad infantil.
Y esto es significativo. La educación tradicional que se imparte en las escuelas básicas latinoamericanas, estancadas en el marco de la sociedad industrializada del siglo pasado, mantienen una sistemática labor de atrofia y desmantelamiento de la curiosidad natural con la que los niños llegan, en sus años iniciales, a la escuela. Es claro que la empleocracia, la vocación por formar para el empleo, justifica esta conducta, y por tanto, eso explica también el magro resultado en materia de investigación en ciencias generales que muestran nuestras universidades, con honrosas excepciones.
Nuestro sistema educativo obsoleto entonces mata la curiosidad, y es por ello, que cuando, a pesar de esta carga institucional, aparecen espíritus que se sobreponen y logran mantener viva la llama descubridora, es que se revelan personalidades excepcionales. Ahí tenemos a investigadores de la talla de Ruth Shady o Modesto Montoya, para citar algunos que perseveran en la actividad, como también otros, que se fueron físicamente, pero que viven a través de sus aportes trascendentales, como el caso de Fernando Cabieses, Julio C. Tello, Hugo Pesce, etc.
Es entonces en el Perú una gesta personal, una lucha contra la inercia, el mantener viva la vocación por la investigación y el descubrimiento, y es por ello mismo, que es en la universidad, en las carreras profesionales científico técnicas y no en menor medida, en la carreras de humanidades, donde los educadores deben revalorar la producción de conocimiento como actividad fundamental básica, por sobre la tendencia natural a priorizar la actividad meramente profesionalizante. ¿Pero cómo hacerlo?
Es pertinente hacer antes una distinción semántica entre los conceptos EXPERIMENTO y EXPERIENCIA. Para lo primero, debemos decir que se trata de una manipulación de elementos que, de forma controlada y ordenada a través de un procedimiento pre establecido, busca confirmar (en el caso de los experimentos aristotélicos) un dato de la realidad objetiva, o en su defecto, DEMOSTRAR una hipótesis que explica un FENÓMENO natural (en el caso de los experimentos galileicos). Para lo segundo en cambio, se trata de la asimilación racional producto del análisis de un hecho, un evento, que hemos vivido personalmente o hemos observado directamente, para efecto de encontrar la lógica que lo explica.
Así, en la EXPERIENCIA reconocemos su causalidad y aceptamos su consecuencia (la que nos produce un aprendizaje); en el EXPERIMENTO, generamos un conocimiento nuevo derrotando la incertidumbre en la que nos ha dejado la simple evidencia.
Aunque cada rama de la ciencia desarrolla actividades distintas, todas tienen mucha similitud en cuanto a procedimientos convencionales, estructura y funciones. Y es por eso que, hoy más que nunca, se integran multidisciplinariamente para su labor descubridora. Así, los ingenieros en Gestión Ambiental y los Biólogos Marinos, por ejemplo, a despecho de tener enfoques o derroteros distintos en cuanto a su formación académica, pueden vincular escenarios, temas y objetivos de descubrimiento de manera integral y hacer sinergias eficientes.
En el momento de escribir este artículo, la costa norte del Perú, ha sido castigada por un fenómeno que nos plantea urgentes interrogantes a resolver. La evidencia: delfines y pelícanos, en gran número, han aparecido muertos en las playas de Piura, Lambayeque, La Libertad y Ancash. Las entidades estatales ya han sido alertadas y las hipótesis han provocado ya medidas preventivas que, lamentablemente, han devenido en perjuicio para la actividad económica derivada de la pesca de consumo. Muchas familias que viven de los productos marinos se han visto perjudicadas por ello. Es entonces un evento en el que los profesionales de la Gestión Ambiental y la Biología Marina, deben actuar sobre la base de una estrategia de dos entradas: una, el desvelamiento del misterio que explica el fenómeno, y dos, el manejo del impacto ambiental, social y económico de tal suceso. Si eventualmente los biólogos marinos probaran alguna de las hipótesis que sugieren la intervención depredadora del hombre, será prioridad para los ingenieros de gestión ambiental configurar mecanismos que contribuyan a que esto no se repita y, por otro lado, los motivará a generar perentoriamente alternativas para que otras áreas de la actividad económica no se vean afectadas por futuros eventos similares.
Es nuestro deber, como educadores, aprovechar la coyuntura, la EXPERIENCIA, para agitar las conciencias y, motivando el interés por desentrañar los misterios de la naturaleza, despertar de su letargo la curiosidad natural que estoy seguro todavía sigue viva en el alma de nuestros estudiantes.
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