lunes, 16 de julio de 2012

BULLYING Y REDES SOCIALES: MATRIMONIO CON HIJOS


NO SÉ CÓMO AYUDAR A ESE ALUMNO

Por: Gustavo Adolfo Luján Zumaeta

 

Hace unos días, en una prueba de aula, una profesora postulante a una plaza en la facultad de Psicología, presentó como tema “El bullying”, muy comentado mediáticamente en estos tiempos. Al margen de su performance, de su exposición surgieron dos hipótesis interesantes que las comparto con ustedes porque me parece útil para el oficio de educadores.

HIPÓTESIS UNO.- El incremento del bullying en los centros educativos, escuelas, institutos y universidades (acoso, abuso entre pares, etc.) guarda una relación directamente proporcional al incremento de la dependencia de la comunicación virtual y las redes sociales que los chicos tienen hoy, toda vez que estos medios alejan a usuarios de la interacción física, la misma que es fundamental para generar empatía y sensibilidad reales.
HIPÓTESIS DOS.- El egocentrismo e incluso la crueldad natural que muchos niños evidencian en la primera infancia es inhibido o reprimido, en la medida que estos crecen y maduran, gracias a la socialización que los somete a constantes “contratos sociales” entre pares, los mismos que son el resultado de dos elementos: primero, el CONOCERSE de manera integral, y por tanto, aceptarse en sus diferencias y tolerarse mutuamente; y segundo, la acción de la Ley (objetivada y administrada por el adulto que educa). Pero estos factores solo inciden a través del contacto cercano, físico, orgánico. Luego, la comunicación escrita o virtual no puede reemplazar al contacto físico en la construcción de sensibilidad social, mucho menos, en el surgimiento del sentimiento de compasión hacia el que sufre.
Alguna vez mi hijo Daniel me dijo: “…mira papá (señalando la página de Facebook en su pantalla del computador) ¡tengo 500 amigos!!. Sorprendido, le retruqué con una pregunta: ¿son tus amigos realmente??? Él dudó por un momento y concluyó “mmmsí pues, no son mis amigos… solo son contactos…” Y claro, la evidencia diaria nos muestra una realidad modificada: hoy se trata de tener contactos. La red informática y concretamente las redes sociales proporcionan eso, y el problema está en que nosotros terminamos concediéndole a estos vínculos, la prioridad en nuestra cotidianeidad. Luego, surgen las distorsiones y con ello…. El ciberbullying.
¿Pero y la Ley?, ¿no es acaso que La Ley está para poner las cosas en orden?, ciertamente así es, la ley es necesaria para regular la convivencia, pero resulta que ahora, incluso la norma misma está en crisis.
Acaba de aprobarse en el Congreso de la República un proyecto normativo (falta la reglamentación) denominado “Ley Antibullying” que empodera al ministerio de Educación de una herramienta para reprimir el fenómeno en las escuelas. Pero este dispositivo, desde nuestra modesta opinión, adolece de errores de origen:
1).- Porque parte de desconocer la condición humana, al referir como objetivo… erradicar la violencia. Error, la violencia es inherente a nuestra humanidad; histórica y evolutivamente, nos define. Como todas las especies, somos depredadores o presas. El instinto natural solo es reprimido por la educación, pero no es eliminado. Luego, la violencia física o psicológica surgirá una y otra vez, si el espacio, la circunstancia y el ambiente lo permiten. Entonces, la finalidad de la norma debería apuntar a generar espacios donde los chicos mismos puedan controlar sus instintos naturales y los administren eficientemente. Esa es, por ejemplo, una finalidad en la enseñanza de muchas artes marciales. Contra lo que se cree, estas buscan la formación de la mente y el espíritu para controlar los impulsos naturales y su objetivo es, justamente, la administración de la fuerza física de forma eficiente… evitando la violencia.
2).- Porque se enfoca en la acción del docente, el psicólogo o la autoridad para identificar y sancionar al agente. Olvidando que este, el niño o joven agente, puede también ser víctima y que justamente para evitar serlo es que se convierte en victimario. Está demás decir que la sanción ya es un refrito pues, por obvias razones, cualquier profesor que observa un abuso flagrante, va a actuar (de lo contrario, simplemente no es maestro y no debe trabajar ahí), por lo que subrayar penalidades y sanciones es lo de menos.
3).- Porque olvida que cualquier capacitación de psicólogos especialistas a directores y maestros está sujeta a condiciones de ejercicio laboral que deben satisfacer necesidades mínimas. ¿Cómo pedir al profesor que esté atento a lo que sucede fuera de su “dictado” de clase cuando su cabeza está puesta en otras actividades que le permitan completar su canasta familiar?.
4).- Porque olvida que el centro de cualquier medida eficiente que contrarreste la distorsión está en quienes la padecen.  Luego, quienes deben liderar las medidas son los propios chicos.  La ley insiste en la proliferación de charlas y acciones directivas, “de arriba hacia abajo”, obviando la oportunidad, el valor e influencia de la propia organización estudiantil, vale decir, la interacción entre pares.
Considero que la clave está en romper un paradigma. Los profesores convencionales, forjados en la sociedad industrial ya fenecida, concentran su tiempo de labor en el espacio del aula y abocados a transmitir información a sus alumnos.  Suena la campana del recreo y consideran que es tiempo de descanso o relajo para los alumnos… y para ellos también. Entonces utilizan ese tiempo valioso en corregir trabajos o hacer otras cosas alejadas de su grupo, porque finalmente “alguien se va a ocupar”.  Grave error.
Hoy, la educación verdaderamente significativa está fuera del aula.   Está en el patio de recreo, en la calle, en la movilidad escolar, en el microbús, en la televisión, en los medios virtuales, en el espacio familiar compartido. Es en el recreo donde los chicos están más vulnerables. Es en el recreo donde surgen y se afianzan los grupos, las sociedades y también las soledades y los aislamientos. Es ahí donde se consolidan las relaciones de poder, luego, es el espacio ideal para la epifanía del abuso de unos sobre otros; es el espacio donde se consolida la discriminación y la exclusión de los distintos; es donde padece de forma inmisericorde el chato, el feo, el gordo, el torpe, el cholo, el pobre, el lento y donde se consolidan los modelos de éxito que marcarán las aspiraciones personales.
La solidaridad, la honestidad, la valentía, la justicia o la prudencia, los valores sociales que nosotros reivindicamos y que consideramos básicos para construir una Cultura de Paz, no surgen espontáneamente. Son el resultado de acciones formativas no dirigidas, no convencionales. Vale decir, son el resultado de la interiorización de SOLUCIONES ante problemas concretos. Luego, el maestro verdadero debe ser el guía que demuestre que esos valores funcionan, son eficaces, poniéndolos en evidencia a través de la vida misma. De maduro cae entonces que el maestro debe trabajar más durante el recreo. Esto es, debe estar ATENTO a lo que sucede e intervenir, no de manera punitiva, imponiendo solo la ley represiva, sino más bien PARTICIPANDO de las actividades y quehaceres de los chicos; jugando con ellos, intercambiando opiniones diversas, generando espacios de diálogo y también de contacto físico; organizando el divertimento de manera sutil e inteligente, y especialmente atendiendo a los chicos satélites u originales que sufren, anodinos y olvidados, su incapacidad para hacer amigos (sin por ello abrumar y violentar el derecho a la individualidad o a los momentos de soledad que cada quien quiera tener).
En suma, es el maestro, la clave para cualquier estrategia exitosa contra el bullying que siempre va a estar latente. Este maestro por cierto deberá articular un intercambio fluido con los otros agentes de solución que son los padres (quienes muchas veces brillan por su ausencia o esperan recetas salvadoras) e incluso por aquellos otros personajes, que siendo periféricos, también deben intervenir (como es el caso de los responsables de las movilidades escolares). Solo así, con maestros atentos y en espacios integrales organizados por estos, la cosa no solo se solucionará, sino que permitirá asimilar ese concepto tan mentado y poco practicado llamado DEMOCRACIA.
Pero cuando los niños crecen, cuando deciden ir a la universidad o al instituto ¿es acaso diferente?.  Ciertamente se trata de momentos y espacios con características distintas, pero al mismo tiempo, no ajenas a la misma problemática.  El debate inacabado entre los que piensan que en los escenarios de estudios superiores solo se instruye y no se forma, versus los que piensan que más bien, ahí no se debe renunciar a educar, nos plantea ya un escollo significativo.  Somos de los que propugnan que no importa el nivel o el tipo de capacitación científico-técnica en la que nos desarrollamos, igual, nos educamos, en la medida que el profesional A-1 es, ante todo, un CIUDADANO.  Como tal es un actor social y todos sus conocimientos profesionales deberán validarse desde una perspectiva integral en el escenario de la interacción global. 
Confundir EDUCACIÓN con INSTRUCCIÓN es lo que explica probablemente el por qué, por ejemplo, conspicuos profesionales con grados, títulos de posgrado, galones y demás condecoraciones y certificados, están presos, procesados por CORRUPCIÓN y otros crímenes.  ¿Qué pasó con ellos?, ¿es que acaso no recibieron una “formación de calidad”?.  Si aceptamos que todo crimen conlleva, en su esencia, violencia contra el otro, maltrato al prójimo, indolencia, insensibilidad, ¿dónde se “cocinó” esta realidad?.  Así, mientras las universidades y demás centros de educación superiores proclaman a cuatro vientos su vocación por formar líderes ¿quién se ocupa de formar ciudadanos?, ¿la escuela?, ¿la casa?, ¿el barrio?, ¿de dónde surgirán los líderes si no hay ciudadanos?.
Abordar entonces el asunto de cómo encaran los jóvenes los abusos y la violencia es perentorio. La semana pasada una colega de otra institución me pidió que hablara con sus alumnos que pasaban por un momento aciago. Una de sus compañeras, líder del aula, se había quitado la vida. El motivo: conflicto con la madre. Los indicios me hacen suponer que no fue un suicidio. Ella se excedió en ingerir una dosis alta de pastillas para dormir porque simplemente "no quería pelear más ni discutir violentamente con su madre". La noche anterior, le había dado resultados: había podido dormir sin sobresaltos. Esta vez, simplemente, no despertó. Está demás decir que la manera como afrontan los jóvenes los problemas vitales es como todo, con vehemencia, y entonces, muchas veces, ante los abusos, sobrevienen las depresiones y con ello, las soluciones radicales.
La vida universitaria en la época que nos toca vivir revela que el problema trasciende las aulas, y la violencia ha encontrado nuevos espacios de dominio. Por eso aquí me permito pedirles ayuda para encarar un problema que se desprende de lo anterior. Al momento de escribir este artículo un alumno mío me pide ayuda. Me dice que no sabe qué hacer. Ha sido hackeado y ahora están reenviando mensajes (incluso con fotos suyas!!!) diciendo cosas que él no dice y calumniándolo sin misericordia. Está abrumado y no tiene forma de evitar o cortar el asunto pues, aunque ya bloqueó la cuenta falsa, igual el daño ya está hecho y la vergüenza es inmensa.
No sé qué recomendarle. Me siento impotente para ayudarlo; uno, porque no conozco bien el tema del Facebook (debilidad que debo superar para salir de una generación resistente) y dos, porque todos sabemos que mientras generar desprestigio es fácil y rápido, revertirlo es difícil y lento. Solo me queda sugerirle una “cuarentena”, aislarse del mundo virtual (e incluso real) por algunas semanas; alejándose incluso de sus amigos cercanos (la desconfianza es hegemónica y general en esta circunstancia) hasta que la onda expansiva pase y el tema deje de ser protagonista del morbo colectivo, para luego intentar reconstruir sus relaciones. Pero, francamente, no sé si eso resultaría o acaso lo llevaría a una depresión mayor. ¿Qué hacer?.

Gustavo Adolfo Luján Zumaeta

educador


No hay comentarios:

Publicar un comentario