NO
SÉ CÓMO AYUDAR A ESE ALUMNO
Por:
Gustavo Adolfo Luján Zumaeta
Hace
unos días, en una prueba de aula, una profesora postulante a una plaza en la
facultad de Psicología, presentó como tema “El bullying”, muy comentado
mediáticamente en estos tiempos. Al margen de su performance, de su exposición
surgieron dos hipótesis interesantes que las comparto con ustedes porque me
parece útil para el oficio de educadores.
HIPÓTESIS
UNO.- El incremento del bullying en los centros educativos, escuelas,
institutos y universidades (acoso, abuso entre pares, etc.) guarda una relación
directamente proporcional al incremento de la dependencia de la comunicación
virtual y las redes sociales que los chicos tienen hoy, toda vez que estos
medios alejan a usuarios de la interacción física, la misma que es fundamental
para generar empatía y sensibilidad reales.
HIPÓTESIS
DOS.- El egocentrismo e incluso la crueldad natural que muchos niños
evidencian en la primera infancia es inhibido o reprimido, en la medida que
estos crecen y maduran, gracias a la socialización que los somete a constantes
“contratos sociales” entre pares, los mismos que son el resultado de dos
elementos: primero, el CONOCERSE de manera integral, y por tanto, aceptarse en
sus diferencias y tolerarse mutuamente; y segundo, la acción de la Ley
(objetivada y administrada por el adulto que educa). Pero estos factores solo
inciden a través del contacto cercano, físico, orgánico. Luego, la comunicación
escrita o virtual no puede reemplazar al contacto físico en la construcción de
sensibilidad social, mucho menos, en el surgimiento del sentimiento de
compasión hacia el que sufre.
Alguna
vez mi hijo Daniel me dijo: “…mira papá (señalando la página de Facebook
en su pantalla del computador) ¡tengo 500 amigos!!. Sorprendido, le
retruqué con una pregunta: ¿son tus amigos realmente??? Él dudó por un
momento y concluyó “mmm… sí pues, no son mis amigos… solo son
contactos…” Y claro, la evidencia diaria nos muestra una realidad
modificada: hoy se trata de tener contactos. La red informática y
concretamente las redes sociales proporcionan eso, y el problema está en que
nosotros terminamos concediéndole a estos vínculos, la prioridad en nuestra
cotidianeidad. Luego, surgen las distorsiones y con ello…. El ciberbullying.
¿Pero y
la Ley?, ¿no es acaso que La Ley está para poner las cosas en orden?,
ciertamente así es, la ley es necesaria para regular la convivencia, pero
resulta que ahora, incluso la norma misma está en crisis.
Acaba
de aprobarse en el Congreso de la República un proyecto normativo (falta la
reglamentación) denominado “Ley Antibullying” que empodera al ministerio de
Educación de una herramienta para reprimir el fenómeno en las escuelas. Pero
este dispositivo, desde nuestra modesta opinión, adolece de errores de origen:
1).-
Porque parte de desconocer la condición humana, al referir como objetivo… erradicar
la violencia. Error, la violencia es inherente a nuestra humanidad; histórica y
evolutivamente, nos define. Como todas las especies, somos depredadores o
presas. El instinto natural solo es reprimido por la educación, pero no es
eliminado. Luego, la violencia física o psicológica surgirá una y otra vez, si
el espacio, la circunstancia y el ambiente lo permiten. Entonces, la finalidad
de la norma debería apuntar a generar espacios donde los chicos mismos puedan
controlar sus instintos naturales y los administren eficientemente. Esa es, por
ejemplo, una finalidad en la enseñanza de muchas artes marciales. Contra lo que
se cree, estas buscan la formación de la mente y el espíritu para controlar los
impulsos naturales y su objetivo es, justamente, la administración de la fuerza
física de forma eficiente… evitando la violencia.
2).-
Porque se enfoca en la acción del docente, el psicólogo o la autoridad para identificar
y sancionar al agente. Olvidando que este, el niño o joven agente, puede
también ser víctima y que justamente para evitar serlo es que se convierte en
victimario. Está demás decir que la sanción ya es un refrito pues, por obvias razones, cualquier profesor que observa un
abuso flagrante, va a actuar (de lo contrario, simplemente no es maestro y no
debe trabajar ahí), por lo que subrayar penalidades y sanciones es lo de menos.
3).-
Porque olvida que cualquier capacitación de psicólogos especialistas a
directores y maestros está sujeta a condiciones de ejercicio laboral que deben
satisfacer necesidades mínimas. ¿Cómo pedir al profesor que esté atento a lo
que sucede fuera de su “dictado” de clase cuando su cabeza está puesta en otras
actividades que le permitan completar su canasta familiar?.
4).-
Porque olvida que el centro de cualquier medida eficiente que contrarreste la
distorsión está en quienes la padecen.
Luego, quienes deben liderar las medidas son los propios chicos. La ley insiste en la proliferación de charlas
y acciones directivas, “de arriba hacia abajo”, obviando la oportunidad, el
valor e influencia de la propia organización estudiantil, vale decir, la
interacción entre pares.
Considero
que la clave está en romper un paradigma. Los profesores convencionales,
forjados en la sociedad industrial ya fenecida, concentran su tiempo de labor
en el espacio del aula y abocados a transmitir información a sus alumnos. Suena la campana del recreo y consideran que
es tiempo de descanso o relajo para los alumnos… y para ellos también. Entonces
utilizan ese tiempo valioso en corregir trabajos o hacer otras cosas alejadas
de su grupo, porque finalmente “alguien se va a ocupar”. Grave error.
Hoy, la
educación verdaderamente significativa está fuera del aula. Está en el patio de recreo, en la calle, en
la movilidad escolar, en el microbús, en la televisión, en los medios
virtuales, en el espacio familiar compartido. Es en el recreo donde los chicos
están más vulnerables. Es en el recreo donde surgen y se afianzan los grupos,
las sociedades y también las soledades y los aislamientos. Es ahí donde se
consolidan las relaciones de poder, luego, es el espacio ideal para la epifanía
del abuso de unos sobre otros; es el espacio donde se consolida la
discriminación y la exclusión de los distintos; es donde padece de forma
inmisericorde el chato, el feo, el gordo, el torpe, el cholo, el pobre, el
lento y donde se consolidan los modelos de éxito que marcarán las aspiraciones
personales.
La
solidaridad, la honestidad, la valentía, la justicia o la prudencia, los
valores sociales que nosotros reivindicamos y que consideramos básicos para
construir una Cultura de Paz, no surgen espontáneamente. Son el resultado de
acciones formativas no dirigidas, no convencionales. Vale decir, son el
resultado de la interiorización de SOLUCIONES ante problemas concretos. Luego,
el maestro verdadero debe ser el guía que demuestre que esos valores funcionan,
son eficaces, poniéndolos en evidencia a través de la vida misma. De maduro cae
entonces que el maestro debe trabajar más durante el recreo. Esto es,
debe estar ATENTO a lo que sucede e intervenir, no de manera punitiva,
imponiendo solo la ley represiva, sino más bien PARTICIPANDO de las actividades
y quehaceres de los chicos; jugando con ellos, intercambiando opiniones
diversas, generando espacios de diálogo y también de contacto físico;
organizando el divertimento de manera sutil e inteligente, y especialmente
atendiendo a los chicos satélites u originales que sufren, anodinos y
olvidados, su incapacidad para hacer amigos (sin por ello abrumar y violentar
el derecho a la individualidad o a los momentos de soledad que cada quien
quiera tener).
En
suma, es el maestro, la clave para cualquier estrategia exitosa contra el
bullying que siempre va a estar latente. Este maestro por cierto deberá
articular un intercambio fluido con los otros agentes de solución que son los
padres (quienes muchas veces brillan por su ausencia o esperan recetas
salvadoras) e incluso por aquellos otros personajes, que siendo periféricos,
también deben intervenir (como es el caso de los responsables de las
movilidades escolares). Solo así, con maestros atentos y en espacios integrales
organizados por estos, la cosa no solo se solucionará, sino que permitirá
asimilar ese concepto tan mentado y poco practicado llamado DEMOCRACIA.
Pero
cuando los niños crecen, cuando deciden ir a la universidad o al instituto ¿es
acaso diferente?. Ciertamente se trata
de momentos y espacios con características distintas, pero al mismo tiempo, no
ajenas a la misma problemática. El
debate inacabado entre los que piensan que en los escenarios de estudios
superiores solo se instruye y no se forma, versus los que piensan que más bien,
ahí no se debe renunciar a educar, nos plantea ya un escollo significativo. Somos de los que propugnan que no importa el
nivel o el tipo de capacitación científico-técnica en la que nos desarrollamos,
igual, nos educamos, en la medida que el profesional A-1 es, ante todo, un
CIUDADANO. Como tal es un actor social y
todos sus conocimientos profesionales deberán validarse desde una perspectiva
integral en el escenario de la interacción global.
Confundir
EDUCACIÓN con INSTRUCCIÓN es lo que explica probablemente el por qué, por
ejemplo, conspicuos profesionales con grados, títulos de posgrado, galones y
demás condecoraciones y certificados, están presos, procesados por CORRUPCIÓN y
otros crímenes. ¿Qué pasó con ellos?,
¿es que acaso no recibieron una “formación de calidad”?. Si aceptamos que todo crimen conlleva, en su
esencia, violencia contra el otro, maltrato al prójimo, indolencia,
insensibilidad, ¿dónde se “cocinó” esta realidad?. Así, mientras las universidades y demás
centros de educación superiores proclaman a cuatro vientos su vocación por
formar líderes ¿quién se ocupa de formar ciudadanos?, ¿la escuela?, ¿la casa?,
¿el barrio?, ¿de dónde surgirán los líderes si no hay ciudadanos?.
Abordar
entonces el asunto de cómo encaran los jóvenes los abusos y la violencia es
perentorio. La semana pasada una colega de otra institución me pidió que
hablara con sus alumnos que pasaban por un momento aciago. Una de sus
compañeras, líder del aula, se había quitado la vida. El motivo: conflicto con
la madre. Los indicios me hacen suponer que no fue un suicidio. Ella se excedió
en ingerir una dosis alta de pastillas para dormir porque simplemente "no
quería pelear más ni discutir violentamente con su madre". La noche
anterior, le había dado resultados: había podido dormir sin sobresaltos. Esta
vez, simplemente, no despertó. Está demás decir que la manera como afrontan los
jóvenes los problemas vitales es como todo, con vehemencia, y entonces, muchas
veces, ante los abusos, sobrevienen las depresiones y con ello, las soluciones
radicales.
La vida
universitaria en la época que nos toca vivir revela que el problema trasciende
las aulas, y la violencia ha encontrado nuevos espacios de dominio. Por eso
aquí me permito pedirles ayuda para encarar un problema que se desprende de lo
anterior. Al momento de escribir este artículo un alumno mío me pide ayuda. Me
dice que no sabe qué hacer. Ha sido hackeado y ahora están reenviando mensajes
(incluso con fotos suyas!!!) diciendo cosas que él no dice y calumniándolo sin
misericordia. Está abrumado y no tiene forma de evitar o cortar el asunto pues,
aunque ya bloqueó la cuenta falsa, igual el daño ya está hecho y la vergüenza
es inmensa.
No sé
qué recomendarle. Me siento impotente para ayudarlo; uno, porque no conozco
bien el tema del Facebook (debilidad que debo superar para salir de una generación
resistente) y dos, porque todos sabemos que mientras generar desprestigio es
fácil y rápido, revertirlo es difícil y lento. Solo me queda sugerirle una
“cuarentena”, aislarse del mundo virtual (e incluso real) por algunas semanas;
alejándose incluso de sus amigos cercanos (la desconfianza es hegemónica y
general en esta circunstancia) hasta que la onda expansiva pase y el tema deje
de ser protagonista del morbo colectivo, para luego intentar reconstruir sus
relaciones. Pero, francamente, no sé si eso resultaría o acaso lo llevaría a
una depresión mayor. ¿Qué hacer?.
Gustavo
Adolfo Luján Zumaeta
educador
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