jueves, 30 de agosto de 2012

ÉTICAMENTE RENTABLE

 
  A mi hermano Julio Alfredo, desde el infinito y más allá...    porque sigue cumpliendo con su deber.
Debo reconocerlo: mi gusto por el buen cine se ha atrofiado. Tengo claro el recuerdo de mi época de estudiante universitario en el que era un asiduo al cine club. Encontraba especial placer en películas que mostraban aspectos fascinantes de la condición humana. “Nos habíamos amado tanto”, “ La Calle ”, “ 1900” , “Amigos míos”, y otras tantas películas elaboradas con inteligencia, sutileza y delicado tratamiento de temas diversos, complejos y al mismo tiempo reveladores. Directores extraordinarios como aquellos de la escuela italiana (Scola, De Sica, Bertolucci, Rossellini, etc.), con ellos Bergman, Buñuel o el mismo Almodovar, sin desentonar, abordaban géneros diversos de forma magistral, mientras que otros, como Ford Copolla o el mismo Woody Allen quedaban perennizados en mi memoria a través de los personajes de El Padrino y Zelig respectivamente. En todas y cada una, incluso en aquellas catalogadas como comedias, los protagonistas asumían el papel de los HÉROES en la realidad-imaginaria que me comprometía existencialmente (¡cómo olvidar a Chaplin en Tiempos Modernos!!! simplemente, no había alternativa… ¡¡yo quería ser él!!). Y es que el cine llenaba todos los espacios de mi corazón, de mis ilusiones vitales. Pero entonces… ¿qué pasó?.
Hoy, si algo me complace del cine es ver películas “de acción”. Nada complicado, todo debe ser fácil y obvio. Huyo de las películas reflexivas, de enfoque psicológico o acaso, las que exigen interpretación y análisis simbólico. Descanso viendo las inverosímiles escenas violentas; me relajo sabiendo que el final es absolutamente predecible: el bueno triunfa, liquida al malo, se queda con la chica y por supuesto… disfruta finalmente del dinero motivador. El protagonista, el “héroe” es irrelevante; si cumple con su función de acabar con todos los malos y salir peinado, es suficiente.
Hace poco mi hija me llevó a ver “Los Vengadores”, interesante ver como la empresa ha llegado al heroísmo (o al revés), ahora, se trata de un consorcio de héroes, todos con poderes especiales que se unen, o mejor dicho, los juntan, para aumentar su efectividad. Luego, el acto heroico, pasa desapercibido ante tanto despliegue de excepcionalidades. Entonces, descansé, y sí, me divertí.
Un amigo me dice que lo que me sucede es simple de entender. Mi quehacer cotidiano, mi trabajo de educador, está absolutamente ganado por resolver situaciones humanas que revelan lo intrincado que es el alma y la mente. Las relaciones maestro-alumno, entre maestros y entre estudiantes, obliga a estar constantemente alerta a señales y acaso exigen estrategias elaboradas para encararlos. Todo el día, en el trabajo y fuera de él, mi existencia está signada por un resolver misterios de la condición humana. Eso explica por qué mi “descanso” perfecto radica en ver películas que no me comprometan. ¡Estoy cansado de compromisos!. Si esto es así, entonces, quizá ahí también esté la explicación del por qué la figura del Héroe es hoy para mí nuevamente significativa.
Hace unos días vi la última película de Batman “El caballero de la noche” y debo decir que fue el detonante de la reflexión que arriba he desarrollado. Fui con la expectativa limitada de ver lo de siempre: una película más de acción con un héroe conocido y personajes predecibles. Pero me equivoqué. A diferencia de las otras, por primera vez vi un Batman insospechado. Un original argumento me llevó a identificar, nuevamente, lo que hacía tiempo no veía: la humanidad en el centro de la excepcionalidad. Batman, esta vez, sufre desde dentro, padece su propio personaje, de una forma que conmueve. La ciudad clama su regreso, pero él quiere recuperar al ser humano. Los oponentes, esta vez, no se limitan a una motivación pueril definida por una maldad innata o burdamente configurada, no, son el resultado de sus propias luchas existenciales. Y entonces, la trama fluye inesperada. El héroe surge de su padecimiento íntimo y no de deberes sagrados que cumplir. Y en tal circunstancia, revela aquello que en “El ocaso de los ídolos” Federico Nietzsche (para muchos el más importante filósofo del siglo XIX) subrayaba enfáticamente… Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir.

En estos días y debido a una denuncia mediática hecha por un policía que participó en la lucha contra el narcoterrorismo en el VRAEM (Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro), se ha puesto en debate el concepto de “heroísmo”. “Se perdona el pecado pero no, el escándalo”, reza el dicho y este es uno de esos casos ejemplares. El suboficial Millones es perseguido por la justicia militar porque se le acusa de “traición a la institución”. ¿Cuál es su delito concreto? hacer una denuncia pública, ante los medios comunicación, señalando las precarias, miserables, sería mejor decir, condiciones en las que los policías deben enfrentarse a la delincuencia subversiva, condiciones que denotan desidia, negligencia del Estado, desinterés por la vida de estos hombres y mujeres que CUMPLEN CON SU DEBER. Para la institución a la que pertenece, la conducta de Millones es más que una infidencia, es una deslealtad mayúscula inadmisible. Pero al margen que se cumpla o no la máxima “los trapos sucios hay que lavarlos en casa” surgen para el caso interrogantes insoslayables… ¿El cumplimiento del deber supone algún requisito mínimo? Vale decir, ¿se puede cumplir con el deber a cabalidad sin tener recursos básicos para tal cumplimiento?, ¿está obligado un soldado a enfrentarse a la delincuencia a sabiendas que solo es carne de cañón y su sacrificio no sirve para nada?.
Muchos reconocen que la calidad de héroe supone una expresión de suprema generosidad. Héroe es aquel que, a despecho del oficio que ejerce, arriesga su integridad, su vida, para salvaguardar la del prójimo, incluso sin tener cercanía con éste. Este desprendimiento gigante raya en la locura, pero no es tal, porque nace de una convicción sublime: el sacrificio traerá a la postre un beneficio mayor, en la medida que sus consecuencias recaerán positivamente sobre lo que más se ama y se valora (la familia, la sociedad, la nación, la gente que le da sentido a nuestra vida). Es por ello que el héroe no es un loco suicida. Su mayor fortaleza no radica en ser avezado o no temer a la muerte, todo lo contrario, la excepcionalidad de su condición se sustenta en su capacidad para actuar coherentemente a despecho de cargar una mochila llena de miedos y dudas; su valor radica en superar el terror que paraliza y en responder eficazmente, en medio de un momento terrible, enfocándose en la utilidad significativa que tendrá su sacrifico para los demás. El heroísmo es entonces un acto eminentemente racional, nunca un exabrupto o una mera respuesta emotiva.
Dicho lo anterior podemos coincidir con Fernando Savater cuando afirma… el heroísmo es fundamentalmente un acto de LIBERTAD. ¿Es entonces un policía un héroe, en toda su dimensión, por haber muerto en acción?, y si acaso sobrevive, en medio de las peores condiciones ¿es también un héroe?. Si reconocemos que el heroísmo es un acto de libertad, una elección autónoma, ¿el policía, el soldado, tiene esa capacidad de decidir sobre su destino?. ¿Es posible ser héroe sin sacrificar la vida?; ¿es posible ser héroe en tiempos de paz?, ¿cabe el heroísmo en una persona poco virtuosa?, ¿es posible el heroísmo en medio de la torpeza?.
Los policías, soldados y demás ciudadanos integrantes de nuestras fuerzas armadas han elegido la profesión de proteger al país y a su nación de todo peligro, grande o pequeño, interno o externo, en cualquier circunstancia. Son servidores públicos que han jurado inmolarse si es necesario y por ello (por lo menos en teoría) se han preparado técnica, física y mentalmente para cumplir eficientemente con la responsabilidad asumida motu proprio. Sin embargo, ni siquiera las fuerzas especiales, los comandos de élite, están preparados para enfrentar las incoherencias o las contradicciones en las decisiones políticas, peor todavía si estas son el resultado de la corrupción, la impunidad y la frivolidad que históricamente han castigado a nuestras instituciones “tutelares” de la patria. Desde ese punto de vista, todos estos profesionales de la seguridad terminan siendo héroes si es que aceptamos el argumento que ellos “sabían que las cosas son así” y sin embargo, igual decidieron formar parte de las “fuerzas del orden”. Pero entonces ¿hay diferencia entre aquel policía valeroso y un personaje histórico como Miguel Grau? Para responder esta pregunta quizá debemos intentar un acercamiento a las razones que motivaron, en cada quién, su elección.
Los jóvenes que hoy por hoy integran los contingentes de las fuerzas armadas, provienen en su mayoría de sectores populares, y por tanto, el oficio de policía o la milicia es una forma de subsistir al amparo de una institución estatal que no solamente les asegura un salario estable, mínimo seguramente, pero constante, sino que además le otorga beneficios adicionales que, lejos de ser accesorios, son vitales y privativos también, tales como los servicios de salud, los programas de vivienda, los centros recreativos, los servicios educativos, el bazar, tarifas preferenciales, etc. Beneficios todos que vienen en paquete y alcanzan a todos los integrantes del “cuerpo”. Nuestro otrora “Caballero de los Mares” en cambio, provenía de una familia piurana de sólida posición económica; él mismo, antes del inicio del conflicto bélico del Pacífico, ostentaba la condición de diputado nacional y, por tanto, tenía todas las atribuciones, ventajas y beneficios que el Estado le prodiga a los congresistas actuales. Vale decir, no necesitaba lanzarse a la mar y luchar como soldado, como marino; no tenía ningún apremio económico ni buscaba ningún tipo de estabilidad; podía elegir, y nadie cuestionaría su decisión vital. Más bien, tenía una razón sumamente poderosa para no ir a la guerra: era padre de ocho hijos. Ya estando al mando del pequeño monitor Huáscar, como es por todos sabido, mantuvo a raya a la poderosa escuadra que pretendía invadir el país, y lo hizo durante tanto tiempo que causó una crisis ministerial en el país vecino. Pero él sabía perfectamente que tarde o temprano llegaría el final… y sin embargo, no bajó los brazos. No renunció cuando, ante los reiterados pedidos de mejores y mayores pertrechos, solo se le enviaba medallas y condecoraciones por correo, agravando más la situación. Tuvo entonces la excusa perfecta para alejarse y regresar al lado de su familia; ya había demostrado su amor por el Perú, ya había demostrado su pericia y valor; ya no era necesario seguir soportando el diario y desgarrador temor a la muerte; pero no, Miguel Grau Seminario, prefirió quedarse hasta el fin. ¿Por qué lo hizo?. Algunos dicen que estaba loco, otros en cambio, piensan todo lo contrario: había alcanzado el mayor grado de lucidez; había reemplazado el principio de placer por el principio de realidad, aquella fortaleza que permite postergar o renunciar a un placer inmediato, en aras de alcanzar un placer mayor posterior. ¿Cuál placer? Quizás el saber que su sacrificio sublime, a la larga, sentaría las bases para la felicidad de los otros, de los suyos, de los que amaba de verdad. Y nació el héroe imperecedero.
Y esto nos lleva a identificar otra variable: la temporal. ¿Héroe es aquel que valida su condición en un solo acto instantáneo, en un momento y circunstancia específicos?, ¿un solo acto heroico basta para alcanzar la calidad de héroe ad eternum?; ¿a quién debemos concederle esa categoría de ciudadano inmortal, acaso a aquel que lo demuestra en un solo acto o aquel que sostenidamente actúa heroicamente?.
Andrés Avelino Cáceres, el denominado por propios y extraños como “El Brujo de los Andes”, protagonista principal de la Campaña de la Breña , durante la infausta Guerra del Pacífico; aquel extraordinario líder que, al mando de sus montoneros y montoneras quechuas, enfrentó a las tropas invasoras en distintos escenarios sin desmayo; aquel que en un solo día logró la victoria en tres lugares distintos, Marcavalle, Pucará y Concepción; aquel que nunca pudo ser capturado en batalla y jamás se rindió, lo que le valió, años después de haber terminado la guerra, ser reconocido formalmente con el grado de Gran Mariscal y Héroe Nacional, reconocimiento básico validado por sus compatriotas al punto de elegirlo Presidente Constitucional del Perú en dos oportunidades (1886-90 y 1894-95); este personaje tan querido y admirado por la población, termina siendo consignado por la historiografía como el Presidente entreguista que firma el Contrato Grace, calificado como abusivo y tremendamente perjudicial para los intereses nacionales, toda vez que hipotecaba la reconstrucción y el destino del país a los intereses del capital extranjero (sustento del imperialismo en expansión). ¿Podemos hablar entonces de dos Cáceres en uno?, ¿el héroe y el villano a la vez?.
Hacer lo correcto o lo conveniente; lo justo o lo necesario; lo legal o lo legítimo, expresan la dicotomía que debe enfrentar recurrentemente el moderno HÉROE verdadero y tal vez, no exista una respuesta única que resuelva, desde el punto de vista ético, el problema del imposible equilibrio en nuestra conducta. La búsqueda de Paz para nuestra conciencia nos brinda la oportunidad de acercarnos al heroísmo en nuestra época, donde se evidencia la hegemonía del pragmatismo en todas partes, situación que, lejos de todo escepticismo, es un momento especialmente fértil para sembrar en el alma de cada uno de nuestros estudiantes una semilla que permita el surgimiento de personas excepcionales, éticamente rentables… como Clark Kent.
Fito Luján

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