“¡Uno para todos y todos para uno!!”
D´Artagnian, el mosquetero
A cada rato escuchamos decir que hay que trabajar en equipo; que debemos aprender a hacerlo; que trabajando en equipo se logran mejores resultados; que “lo más importante es el equipo”, etc. Sin embargo, observamos todo el tiempo que la realidad contradice tal premisa. De hecho, recurrentemente nos encontramos con jóvenes estudiantes que solicitan hacer solos alguna tarea académica encargada (profe, por favor, ¿puedo hacer el trabajo yo solo???... es que profeee!!! Me es difícil reunirme con el grupo, déjeme hacerlo sola por favor ¿síiii?). Consecuentemente, cuando revisamos los trabajos grupales y los comparamos con los desarrollados individualmente por sus integrantes, salta la diferencia notable en la calidad del producto: Tanto en la forma como en el fondo, los trabajos individuales son muy superiores a los del “equipo”. ¿Por qué sucede esto?, ¿no es acaso que varias cabezas piensan mejor que una?, ¿no es que el equipo supone una sumatoria de talentos y por cierto, una solución para las debilidades individuales?.
El mito del trabajo en equipo, en la mayoría de casos, se sostiene sobre emociones más que razones. “Los buenos hacen equipo, los malos prefieren el invidualismo” nos dicen. Falacia totalitaria que tiene el aroma del fascismo. Es claro que conceder categorías morales a una estrategia nos lleva a confusión. De hecho puede haber “malos” equipos integrados por individuos “buenos”. No es pues un tema de bondad o maldad, sino más bien, un asunto de eficiencia operativa.
En teoría, el equipo es una sumatoria, pero ésta no es automática. Sucede que con el auge de las redes, cae de maduro que la promoción de esta forma de trabajar tenga relevancia, sin embargo, son pocos los que se dan cuenta que se trata de una estrategia que involucra autoconocimiento como requisito primario y luego, técnicas y tácticas concretas, mas no únicamente valores actitudinales. Estos últimos, por cierto son esenciales claro está, pero de ninguna manera suficientes para que el trabajo en equipo logre objetivos específicos de alto rendimiento colectivo.
SINERGIA es la palabra clave para configurar el equipo, pero incluso este concepto, tampoco es automático. Luego, de superar el autoconocimiento, el grupo que pretende convertirse en equipo debe establecer objetivos, metas y criterios de trabajo (normas internas) que deben ser el resultado de una negociación diáfana, sin pretensiones subalternas. Luego, visualizando el producto final, el grupo que quiere constituirse en equipo debe desarrollar el plan de acción consecuente que establezca plazos fijos vinculados a metas realistas para poder autoevaluar el avance y poder así establecer las responsabilidades individuales específicas. Solo entonces, se vislumbrará un borrador del equipo incipiente.
Ahora, para consolidarse, a lo largo del tiempo convenido, tiene que haber cortes, momentos en los que el equipo evalúa el “mientras tanto”, y va corrigiendo o modificando lo que sea necesario. En ese proceso de configuración, el grupo debe encarar aspectos concomitantes que, sin embargo, no son naturales en todos los seres humanos, y que solo se pueden administrar si reprimimos nuestros instintos primarios.
Así tenemos que el grupo, para convertirse en un equipo, debe antes reconocer…
1.- Liderazgo funcional.-
Que eventualmente se opone al liderazgo natural, toda vez que este, puede ser perjudicial si hay personalidades vulnerables, que son proclives a influencias fuertes. Ya el psicoanalista inglés Donald Winnicot en un artículo brillante aborda este tema al referirse a la simbiosis entre un ser que influye y uno que quiere ser influido. El hecho es que si hay un líder natural en el grupo, éste debe, inteligentemente, subordinarse a aquel que, para el objetivo planteado, sí reúne las competencias más convenientes, a efecto que las decisiones y las acciones consecuentes respondan a una racionalidad y no a una personalidad. Ya lograrlo es todo un reto.
2.- Complementariedad y Diversificación.-
Si todos hacen todo o“cada quien hace lo suyo y después lo juntamos” el grupo solo alcanzará resultados precarios. Se trata de un principio básico de industrialización. Cada quien debe hacer la parte del proceso que mejor sabe hacer, de tal suerte que se constituye una línea de producción. Esa disposición de labores es el resultado de una evaluación, a priori, de las competencias de cada integrante, por lo que debe, también ser consensuada. Incluso puede suceder que un integrante tenga las competencias, pero no la disponibilidad (vive lejos, está enfermo, está más interesado en otra cosa, etc.), luego NO es competente para la función específica y habrá que encargarle otra cosa.
3.-Compensación y Equidad.-
Los equipos de trabajo están constituidos por seres humanos lo que implica la latencia de cambios imprevistos. Somos pasionales y por más integrado que parezca el engranaje, puede tener altibajos en varios momentos. Solo un equipo atento a la dinámica interna puede, dado el caso, suplir las eventuales carencias o debilidades que se presentan en pleno proceso. Así, la carga del trabajo no solo se reparte equitativamente, sino que además, revela la fortaleza psicológica que genera sentir el respaldo del compañero atento.
El funcionamiento del equipo de voleibol es ejemplar en relación a la compensación. Al margen de que cada jugadora tiene una función específica (que además está regulada por la rotación reglamentaria), al momento de la verdad todas “juegan sin pelota” y deben estar atentas a cubrir la defensa si es que, para el ataque franco, el mate elaborado es bloqueado eficientemente por el contrario, haciendo del rebote un peligro latente.
4.-Coordinación y Comunicación.-
Toda comunicación solo se concreta con el retorno, el feed back. Solo garantizando que el mensaje llegó tal y como queríamos, sin ruidos, sin lugar a malentendidos, es que podemos esperar respuestas útiles. ¿Cómo lograrlo?, quizá logrando internalizar un “código intencionado”. El grupo que logra configurar un código de comunicación propio, incluso no verbal, que permite que la coordinación se facilite, es el que ya constituye equipo. Tal código supone un reconocimiento de signos y señales verbales y no verbales que no solamente revelan un mensaje sino, una intencionalidad. Así, cada integrante del equipo puede anticipar la movida de su compañero y ganar tiempo para que su propia movida sea más eficaz. Es como jugar al ajedrez, no de manera individual, sino por equipos y con reloj. Si para realizar la movida los integrantes se enfrascan en una discusión bizantina se consume el tiempo de la jugada y la ventaja la tiene el rival, no por ningún error, sino simplemente porque la coordinación se hace lenta debido a una negociación insoslayable. Pero si cada integrante tiene asimilada la intencionalidad colectiva, surge la confianza de que aquella medida tomada por el compañero más preparado será la más conveniente para todos. Y para ello no basta con decodificar el significado de las acciones sino asumir como propias las intenciones que están detrás de los gestos. Todo lo demás será el resultado de la red.
El Perú destaca siempre en deportes individuales. Surf, box, ajedrez, botes optimist (por nombrar aquellos que alcanzaron campeonatos mundiales). Entre los deportes por equipos solo el voleibol, alguna vez, nos deparó satisfacciones de alta competencia; en los otros deportes colectivos nuestra presencia es pobre (el mito del fútbol en todo caso, merece otro artículo). Una hipótesis que explica esta constante radica en la poca, por no decir, nula educación para el equipo que recibimos en las escuelas. Desde la primera infancia, no nos educan para ver en la competencia una oportunidad de aprender, sino, una forma de ganar. Por tanto, el rival es el enemigo. Por otro lado, el compañero es también eventualmente un contrincante que nos quitará lo que deseamos, o sea el enemigo en potencia y, en consecuencia, hay que cuidarnos de él.
Si a todo esto le agregamos la cultura del premio y el castigo instalada desde la escuela inicial, en la que por hacer algo nos pegan una estrellita en la frente, no debe extrañarnos que en toda la educación básica no se haga otra cosa que privilegiar una formación de individuos cuya íntima finalidad sea TENER, POSEER y muy, pero muy atrás, SER. Olvidamos así el que únicamente SOMOS algo en la medida de que somos PARTE DE. Identidad y pertenencia son la condición para la constitución de nuestro SER SOCIAL, el mismo que alcanza felicidad plena cuando la comparte.
En consecuencia, al ponerle la estrellita en la frente al niño ganador (el que siempre gana además) nos olvidamos de todos aquellos que no la reciben en una, dos, cien, oportunidades, año tras año. ¿Por qué entonces habría que tener confianza en el otro?, ¿para qué buscar hacer algo con ese sujeto si finalmente me quitará MÍ estrellita?. Posteriormente pasará lo mismo con el 20 o la “A”, y el diploma y la medalla, etc.
Solo revirtiendo ese trauma, podemos constituir equipo de verdad. He ahí el reto educativo de la universidad peruana actual.
El equipo seleccionado de voleibol de Perú que ganó la medalla de plata en las Olimpiadas de Seúl, estuvo constituido por 12 jugadoras (¿es que realmente ganamos 12 medallas o fue una que valía por las 12?), quizá todavía durante muchos años más esa epopeya deportiva siga siendo el paradigma de lo que los peruanos podemos lograr si realmente valoramos trabajar en equipo.
Fito Luján
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