Tarea inconclusa: conocer nuestros límites
La oportunidad de entrevistar durante por lo menos los últimos tres años a jóvenes postulantes que buscan su ingreso a la universidad mediante la modalidad de Tercio Superior y Desempeño Destacado nos ha dado los insumos para plantear una investigación especialmente significativa en estos tiempos. La cualidad que diferencia a quien se postula como Tercio Superior de aquel calificado como Desempeño Destacado es que el primero ha mantenido una performance pareja, de alto rendimiento académico, a la luz de sus certificados de notas que describen sus últimos tres años de colegio secundario. Para el caso del joven con Desempeño Destacado, esta performance ha tenido altibajos, vale decir, si bien en algún año ha obtenido altas calificaciones, ha habido periodos en los que no ha sido así y sus calificaciones no son tan buenas.
A despecho de esta evidencia surge otra que dispara nuestra pregunta problema. La constante es que los jóvenes provenientes de Desempeño Destacado que enfrentan la entrevista superan notoriamente la performance, en promedio, de los de Tercio Superior. ¿Por qué sucede tal contradicción?.
Debemos anotar que las entrevistas siguen un formato que, si bien es flexible, siempre busca que se revelen competencias (conocimientos, habilidades y valores) que el o la joven traiga consigo, a la par que alguna vocación incipiente (o natural), convincentemente suya, autónoma, por la carrera elegida. Está demás decir que muchos llegan a postular sin saber muy bien de qué se trata y acaso, motivados por la inercia gregaria o, quizá, por la presión familiar. Luego, la universidad se obliga a proporcionar un periodo de adecuación académica y formativa para paliar la situación.
Pero volviendo al centro de nuestro interés, la contradicción evidenciada ante el hecho de que los “mejores” terminen siendo “menos aptos” dispara una hipótesis meridiana: “Los más aptos son tales porque conocen el fracaso, los denominados mejores, no; luego, estos últimos no han aprendido a salir del fondo, a levantarse o eventualmente aprender de los errores propios. Los supuestos mejores, se conocen menos a sí mismos, y en consecuencia, se desequilibran ante situaciones nuevas”.
Inferimos que el autoconocimiento es una fortaleza invalorable. El chico que se ha enfrentado a sus errores, que ha conocido la falibilidad, y la ha aprovechado como una experiencia vital, ha incorporado recursos para enfrentar situaciones nuevas; ha obligado al despliegue de sus talentos innatos o aprendidos para resolver situaciones complicadas y por cierto, para encontrar caminos innovadores que conducen al mismo norte. Identificar nuestras limitaciones es entonces una capacidad derivada de nuestra condición evolutiva básica que debe ser promovida desde la primera infancia.
En ese sentido, otra percepción guarda relación con lo anterior y resulta interesante analizar. Para el ingreso al Programa de Maestría en Docencia a Nivel Superior también se pasa una entrevista personal. Aquí por cierto, estamos ante jóvenes o no tan jóvenes, ya profesionales, que aspiran un grado académico de más alto nivel y por ello, partimos por descartar la duda vocacional o la inmadurez como premisa (aunque algunos piensen que esta última nunca debería ser descartada). El hecho es que luego de evaluar la hoja de vida del postulante, la pregunta básica en la entrevista es ¿por qué estudiar una maestría?. Es obvio que el común denominador de las respuestas reflejan una necesidad de ser mejores en el oficio (está demás decir que el objetivo tácito o explicito, hay que reconocerlo, también pasa por la obtención de un cartón que nos proporcione mayor valor en el mercado laboral). Pero es ahí donde surge otra evidencia. Muy pocos, por no decir ninguno, de los postulantes entrevistados responde la pregunta partiendo de reconocer alguna limitación. Todos afirman que su motivación es mejorar, pero no identifican en qué, salvo generalidades como adquirir mayores conocimientos especializados. Esto nos obliga siempre a plantear interrogantes desde otro enfoque: ¿qué crees que haces mal?, ¿Qué te produce inseguridad frente al oficio?, ¿cuál consideras que es tu limitación concreta en este momento, tal que has pensado que la maestría te puede ayudar a superar?. Solo entonces, al intentar responder tales interrogantes, se puede ponderar el valor real de nuestra aspiración legítima de mejora continua.
Ahora bien, ¿por qué nos resulta difícil identificar nuestras limitaciones? y por tanto, nos es difícil reconocer la superioridad del “otro” en un tema específico. Quizá esto suceda justamente porque, desde pequeños, nos han condicionado a compararnos viendo al otro como el enemigo, como aquel al que debemos vencer y acaso, hundir. Esta vocación sesgadamente individualista es especialmente perniciosa en nuestros tiempos y como educadores, debemos trabajar contra ello. Hoy, nuestro mundo es de redes. Y el auge de las redes sociales (con las ventajas y riesgo que ello implica) es una prueba palpable. Hoy, los equipos multidisciplinarios son requeridos para resolver situaciones que requieren alto nivel de eficiencia. Hoy, cuando el énfasis de la gestión está puesto en la potenciación estratégica de los recursos propios, surge la necesidad de ver al otro como complemento enriquecedor y no como suplemento descartable. Y es un reto grande. Porque no es fácil, con la velocidad que imprimen hoy día las comunicaciones, mantener un ritmo constante, perdurable, ni siquiera una relación de pareja, una familia, un club o mucho menos una empresa, sin un enfoque corporativo sólido. Para lograrlo, quizá debemos volver a lo mismo: reconocer nuestras limitaciones individuales y ver al prójimo, al compañero o la compañera, al colega, al jefe, al subordinado, al vecino quizá, como parte de uno mismo, en la medida que nos puede ser útil, justamente para lograr que la vida valga la pena ser vivida porque, como diría Jean Paul Sartre, esta siempre es una tarea inconclusa.
Fito Luján

A veces pasa que las personas se sienten seguras de sí mismas solo porque un cartón los respalda, pero la pregunta es ¿realmente, yo valgo por un certificado que me pone un titulo? O valgo por como utilizo esas habilidades para enfrentarme a aquello que verdaderamente me va a decir a mí que tan capaz soy profesionalmente para resolver situaciones cotidianas y que tanto sirve mi preparación para mi vida profesional.
ResponderEliminarPienso que teniendo en cuenta esto, las Empresas no deberían, como algunas lo hacen, eliminar CV sin ni siquiera leerlos solo porque los postulantes vienen de Institutos o de alguna Universidad poco reconocida, pues no es el nombre de la Institución quien determina si alguien que estudia ahí es bueno o no, es la misma persona quien se forma, si realmente quiere ser alguien importante en la vida entonces se esfuerza al máximo, eso solo lo lograran aquellas que sepan porque están sentados en el aula y que eso no signifique una exigencia de la Familia si no la búsqueda de un futuro prometedor, porque ser exitoso es un objetivo y la estrategia es esforzarse en los estudios, poner empeño en sus trabajos, practicar valores, pero sobre todo valorar el esfuerzo de los demás y saber que yo puedo aprender de otros y viceversa, en vez de ser un escudo ante personas que se quieren enriquecer de conocimiento y que al igual que yo hice algún día, buscan relacionarse con quien les convenga, es decir, tienen un Pensamiento Político.