Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta
Viendo por televisión el juego de fútbol en el que el equipo del Barza, y concretamente Leonel Messi, daban un espectáculo goleando a un equipo alemán, surgió el tema de la importancia que tiene para la Educación de nuestros chicos el ser hincha. ¿Qué es ser hincha?, ciertamente es una forma de compromiso con alguien o con algo (un equipo) que modifica conductas. Una relación que vincula afectos reales, empatía (y no solo simpatía) con lo que el personaje o la cosa representan y, por tanto, una ilusión que le da sentido a la vida. El fanatismo por cierto no es privativo de la relación con los deportistas; con artistas, músicos, escritores y otros personajes públicos se revela también, en algunos casos, relaciones de compromiso e identidad que, muchas veces, son más intensas que las que tenemos con seres cercanos. Hay también la conexión que generan algunos líderes religiosos y, qué duda cabe, también algunos políticos que eventualmente despiertan en las masas ávidas de buenas nuevas mesiánicas, compromisos importantes por no decir, absolutos.
Pero postergando esta reflexión para un futuro texto, lo que me motivó a abordar este tema fue unas dudas que paso a compartirlas. Me entero que el hijo de un gran amigo mío, siendo peruano de nacimiento, es hincha de Argentina. Vale decir, si eventualmente se enfrentan Argentina y Perú, el chico, sin dudarlo siquiera, va al estadio con la camiseta albiceleste y se suma a la barra extranjera. Ya que sea hincha de un club extranjero (¿Qué modesto aficionado al fútbol en este momento podría ser impermeable al tremendo atractivo que genera el club Barcelona y su brillante juego colectivo?), vaya y pase, pues la contundencia y el buen juego de los equipos europeos es de un nivel superlativo comparado con la extrema pobreza futbolística del medio local; pero cuando se trata de la selección, del equipo que nos representa como nación, como pueblo, la cosa no es tan obvia. ¿Es censurable que un niño no se identifique con la selección de su país?, asumiendo que es algo cuestionable ¿los padres son responsables de tal despropósito?; si como algunos dicen, el fútbol es reflejo significativo de la sociedad ¿podemos afirmar que el chico recusa la sociedad que habita y la desprecia como origen y destino?; ¿se trata de un caso excepcional o solo es lo que todos los chicos sentirían si los padres, el colegio y los medios, no reprimieran sus verdaderos compromisos?
Para poder encarar estas interrogantes debemos plantear una cuestión previa: no se trata de un asunto moral. Creo que debemos desterrar el calificar las conductas como buenas o malas, pues de lo contrario confundimos el análisis. Aquí se trata de una consecuencia, un efecto, que tiene un antecedente y una causa, lógica, racional, que revela, antes que nada, el peso que tiene la Educación en la configuración de nuestros derroteros existenciales.
El hecho me lleva a recordar aquella pregunta que nos hicieran de niños... si te dieran la oportunidad de escoger, ¿en qué país te hubiera gustado nacer?. Recuerdo que en nuestro barrio clasemediero, la respuesta tácita o explícita, pero unánime, de aquellos años era: ¡obvio microbio… en USA peee!!! Y es que por aquellos años el modus vivendi, la “american life” era el paradigma del paraíso terrenal, el lugar perfecto para alcanzar cualquier sueño (idea confirmada y afianzada además por todas las películas y series enlatadas de aquella televisión sesentera, de señal abierta, analógica y primitiva, que forjaban el modelo de nuestra sociedad perfecta).
¿Quién construye lo que soñamos ser?
Hay entonces un vínculo significativo entre lo que queremos y lo que tenemos, que define nuestras identidades. Una vez escuché decir a mi maestro: somos lo que soñamos ser, es lo que nos define. Y acaso eso explique la conducta del chico en cuestión. Argentina, en el espectro futbolístico, es palabra mayor. Sería largo exponer las posibles razones para que este país sea cantera histórica de grandes futbolistas, pues de este país latinoamericano han surgido peloteros excepcionales. Di Stéfano, Maradona, Messi por nombrar los tres más destacados, pero cuyos representantes de segundo y tercer nivel, son figuras en todas las ligas del mundo, donde incluso algunos terminan nacionalizándose para jugar por los seleccionados de otras naciones. En el Perú los casos de Ballesteros, Quiroga, Balerio, Ibañez, no son la excepción (aunque el que todos sean arqueros, también debería indicarnos algo ¿no?), casos en los que estos jugadores argentinos, a despecho de ser deportistas profesionales, se han fajado entregando alma, sudor y lágrimas por defender nuestra camiseta nacional en épicas e imperecederas batallas futboleras.
Pero tratando de encontrar una explicación, quizá, nos podemos atrever a afirmar algo que parece una verdad de Perogrullo: el medio manda. Los medios de comunicación, la televisión, internet y demás canales de difusión no se limitan a informar. Hoy cuentan historias y construyen ídolos. Es fundamental para vender y competir, construir en el imaginario del público objetivo expectativas, esperanzas, fascinación, y qué cosa más fascinante que los extraterrestres. Pues bien, el fútbol profesional es quizá el espectáculo más proclive a idealizar, a construir modernos super héroes. Y los niños, los adolescentes y muchos adultos inclusive son seducidos por las hazañas de estos dioses del Olimpo.
Entonces, quizá lo que revela la conducta del niño, no es otra cosa que su alma libre, como diría A.S Neill. Aquella que no es reprimida por el “deber ser” y acaso, una identificación mucho más honesta que la de muchos de nuestros patriotas que cantan el himno a todo pulmón y marchan impecables con paso de vencedores, como aquellos altos oficiales procesados por corrupción que no tienen ningún problema en participar en el contrabando, el narcotráfico o la enajenación de nuestros recursos naturales, vendiéndose al mejor postor o en provecho de intereses foráneos.
Hace poco se produjo todo un vendaval de opiniones sobre las declaraciones del escritor Ivan Thays sobre la gastronomía peruana. Su opinión contraria al buen momento que tiene la imagen de nuestra comida en el mundo provocó un cargamontón digno de mejor causa. Pero es que en el fondo pareciera que tocaba rasgarse las vestiduras y proclamar nuestra peruanidad a ultranza como si se tratara de defender el morro de Arica. Pasada la tormenta, voces más serenas (como la del mismo Gastón Acurio, quien seguramente, muy a su pesar, es una especie de gurú sobre el particular) han puesto las cosas en su sitio y finalmente, todo ha quedado en lo que debería ser: al señor Thays le disgusta la comida peruana tanto como a Chin Li Sun le disgusta la comida china o a Kunta Kinte, la comida africana, ni más ni menos. Si el señor Thays tuvo la intención de hacerse conocido, no lo sabemos, pero ciertamente, nosotros pisamos el palito y no por eso, él dejo de ser peruano.
Construir Identidad Nacional es un objetivo educativo que no tiene o debiera tener un enfoque fascista. No creo que se trate de construir una filiación dogmática que defina un modo de ser peruano en particular; un modo oficial de amar la tierra donde nacimos. Esa visión es nefasta, no solamente porque es en esencia falsa (dado que se construye sobre principios que no surgen del la experiencia vital del individuo sino de la presión colectiva de la masa), sino porque además, se subordina a valores temporales, de corto plazo, lejanos e inconexos que finalmente no se vinculan con nada verdaderamente importante.
No basta que la marca Perú se consigne en la etiqueta
Así como es imposible que las plantas nieguen sus tropismos y vivan sin desarrollar raíz, sin buscar el agua, sin buscar el sol; del mismo modo, una educación que no construya conexiones vitales con esta tierra no puede fingir patriotismos trasnochados; el amor por este país es el resultado de tales conexiones, y estas solo surgen viviendo las experiencias, entendiendo el país y su sociedad desde sus problemas y desde sus potencialidades, como diría Basadre.
Desde niños solo amamos lo que conocemos y solo defendemos lo que amamos, luego, ciertamente un país exitoso, con empresarios satisfechos y solidarios; con trabajadores reconocidos y emprendedores; con hombres y mujeres valorados y tolerantes; sin niños desnutridos ni ancianos abandonados; un país con reservorios de agua y sin dragas imperdonables; habrá de reflejar una Marca Perú que pujará y empujará a nuestra selección de fútbol hasta el Mundial. Y entonces surgirán genuinas simpatías en nuestros niños y jóvenes, haciéndonos soñar a todos, sin esperar que un Depredador, un Bombardero de los Andes o los Cuatro Fantásticos sean tan efectivos con la camiseta rojiblanca como lo son en sus clubes europeos donde posiblemente SÍ HAYA UN EQUIPO, una sociedad, una región, un país, con una sola camiseta puesta.
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