domingo, 4 de marzo de 2012

EL PRE REQUISITO

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta

Como tantas expresiones propias del argot académico, el vocablo PRE REQUISITO, no existe en realidad, pues no es más que una redundancia. Bastaría con decir REQUISITO a secas para denominar el concepto. Pero la redundancia en este caso no ha surgido de la nada. Hay ciertamente una tendencia a pensar que los conocimientos se superponen, unos sobre otros, y que en muchos casos, diríamos en casi todos, hay que garantizar conocimientos previos que demuestren el “aprestamiento” fundamental para el acceso y la asimilación del nuevo conocimiento.

En la universidad este enfoque prima y aunque ciertamente hay asignaturas que no requieren aprobación del requisito, es claro que la estructura curricular, el plan de estudios de cada carrera, está concebido, en su mayor parte, bajo la premisa de cursos condicionantes acumulatorios. Ahora, ¿es esta lógica incuestionable?, considerando el cambio radical en los paradigmas educativos ¿sigue incólume el principio de conocimientos progresivos?.

Hoy, los avances en la tecnología de la Comunicación han revolucionado los parámetros de acceso a la información y en tal virtud, la aplicación utilitaria de los datos, se hace rutinaria. ¿Podríamos aprobar matemática II sin haber aprobado matemática I?. En la visión tradicional esto sería imposible, toda vez que se supone que los temas están concatenados y para abordar un concepto se presume que este ha sido construido sobre antecedentes que deben ser conocidos con anticipación. Esta posición parte del supuesto que es imposible o por lo menos, utópico, que alguien pueda aprender algo sin entender su racionalidad. Pero es ahí donde, con mente abierta y espíritu innovador, podemos cuestionar el espíritu tautológico de tal afirmación. Y lo hacemos con un ejemplo sencillo. Ninguno de nosotros hemos aprendido a comunicarnos en idioma castellano como resultado de ningún curso de gramática. La lengua castellana es probablemente una de las más ricas y por ende, más complejas del Mundo, lo que le otorga una ventaja comparativa sobre las demás lenguas, y ello se evidencia en el arte poética y la narrativa, por ejemplo. Sin embargo, el aprendizaje y el constante enriquecimiento en el uso de este idioma complejo no es el resultado de una progresión académica formal, sino del uso recurrente y amplificado de sus alcances. Observadores acuciosos de la conducta humana como Piaget, Vigotsky e incluso Humberto Maturana, coinciden en que el enfoque constructivista no se reduce a la simple acumulación superpuesta de datos objetivos sino, más bien, a la configuración de una estructura de relaciones fácticas. Y es ello lo que permite el aprendizaje de uno o muchos idiomas.

El manejo que los chicos hacen de los recursos informáticos, de la misma forma, no es el resultado de aprendizajes organizados en la lógica académica, sino de la necesidad cotidiana, real y su aplicación empírica. Luego, bajo este mismo principio, no hay nada que requiera conocimientos previos a priori. El requisito es, en todo caso, la motivación. Es necesario que el curso haya despertado interés para disparar la acción autónoma del aprendiz. Si genuina e interesadamente queremos aprender acerca de Energía Nuclear es claro que debiéramos saber de Física básica antes de ingresar a clase, por tanto, bastaría con saber qué tópicos se abordarán en el curso para que uno mismo, de manera AUTÓNOMA, busque la información en internet y si acaso es necesario, llevar las dudas y preguntas a clase. Vale decir, es OTRO PARADIGMA, el que se necesita asimilar.

Diferencia paradigmática entre Alumno y Estudiante

En un artículo anterior ya lo señalábamos. ALUMNO es un concepto estático (proviene de a-lumino, sin luz), apunta a una condición de aprendizaje pasiva; por el contrario, ESTUDIANTE es un concepto dinámico, cuya condición es la del aprendizaje activo, o mejor dicho, la del sujeto-agente de su propio autoaprendizaje y enriquecimiento cognitivo constante.

El estudiante universitario de hoy es, debe ser, sumamente crítico con lo que se le pretende transmitir a través de la enseñanza. Ergo, el estudiante universitario no debe aceptar a pie juntillas lo que dice el profesor, el libro, internet o cualquier medio de información; por el contrario, hoy más que ayer, el estudiante universitario, cualesquiera sea su carrera, debe tener a flor de piel el espíritu CIENTÍFICO, que lo anima a ser curioso y observador; a averiguar antes sobre lo que se le promete y seguir averiguando después de la experiencia vivida. El maestro en este caso, cambia su rol, y luego de despertar el interés en su discípulo, se convierte en un guía, cuando no en un acompañante, un soporte perseverante para el siguiente descubrimiento.

Como primera conclusión entonces, planteamos una opinión para el debate: No es necesario establecer que, para seguir un curso, hay que aprobar su REQUISITO. De maduro cae que quien que no tiene los conocimientos de base, NO PODRA APROBARLO. Así, si un curso X se dicta en idioma inglés ¿acaso no bastaría para que, autónomamente, busquemos capacitarnos en dicho idioma antes de matricularnos en tal asignatura?. Por tanto, es innecesario explicitar tal condicionante en un plan de estudios ¿no es verdad?.

Desaparición del Examen de Admisión

En ese mismo sentido, el examen de admisión, tal y como ha sido concebido en el siglo pasado, ya es innecesario. La justificación del examen de admisión se basaba en otra presunción apriorística: no todos tienen las condiciones académicas o el talento para seguir cursos de nivel universitario. Pero el argumento real era más significativo: es necesario generar un embudo para admitir a los más aptos, o quizá… a los que están en condiciones de asumir el fuerte costo de los estudios. Así, el examen inicialmente, se convertía en un escollo gigante (en el caso de las universidades nacionales masivas) y selectivo (en el caso de las universidades privadas competitivas). Ingresar a la universidad entonces era una meta que, a su vez, disparaba toda una maquinaria de servicios previos (así surgieron las academias de preparación y luego, las “pres”). Por otra parte, también surgieron nuevas modalidades de admisión que valoraban el rendimiento histórico y eventualmente, talentos excepcionales. Pero, en todos los casos, se cumplía religiosamente el principio: “ingresar es relativamente fácil, lo difícil es mantenerse dentro”. Y es entonces que, ya inmersos en la universidad, la falta de “conocimientos previos” sumada a la inmadurez (es especialmente agresiva la forma como en los últimos años se ha promovido el ingreso a la universidad desde los colegios mismos) llevaban a un segundo embudo, cuando los chicos desaprobaban una, dos y hasta tres veces el mismo curso.

Hoy, si reconocemos como válido el mismo argumento planteado en los párrafos anteriores, ya no es necesario el filtro del examen de admisión. Basta con que los ingresantes a la universidad sepan con anticipación los conocimientos previos que implica llevar las asignaturas básicas para encarar el primer año de estudios (estudios generales), cuyo éxito dependerá de cuánta preparación autónoma se despliega y se asimila.

Por tanto, y como segunda conclusión: la selección natural de los más aptos ya no es el resultado de un examen de admisión, sino producto de la acción volitiva del pretendiente, de su perseverancia, de la calidad de su entrega, de su empeño por convertirse en estudiante universitario AUTÓNOMO. Dicho esto, será Él, y no la universidad, el artífice de sus propios logros académicos y eventualmente, responsable de su fracaso.

Ahora, si esto es así ¿Cuál es el nuevo rol de la universidad?. Desde nuestra modesta opinión, la universidad debe ofrecer la oportunidad, el escenario, las herramientas y ciertamente conducir, guiar el interés por el saber en su dimensión más ecuménica, en el marco de una misión más trascendente: educar al individuo para convertirlo en CIUDADANO comprometido con su sociedad, su país y el planeta que comparte con los demás seres vivos.

Fito Luján

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