sábado, 3 de marzo de 2012

EL PRIMER DÍA DE CLASES

El primer día de clases o… ¿el desembarco en Normandía?

Por: Prof. Gustavo Luján Zumaeta


Hace unos días, escuché una conversación entre dos niños.  Uno le expresaba al otro su desazón porque se acercaba el fin de las vacaciones.  ¡Pucha!  ¡La próxima semana comienzan las clases!!...  –respondió el otro-  yo tampoco quiero ir al colegio!.  Otro día, también de forma casual, escucho a un niño que le dice a su madre… No, ¡no quiero ir mamá!!  ¿por qué tengo  que ir si hay niños que sus papás los mandan recién después de una semana que empezaron las clases?.  ¡qué tal razaaaa!!!!.  Ambas situaciones me revelaban una constatación que, de ser masiva, sería preocupante: el colegio no genera expectativa alguna. 

Para mí esta era una sorprendente revelación, toda vez que en mi recuerdo, si algún momento grato tengo de mi niñez escolar es básicamente el primer día de clase.  Recuerdo que conforme se acercaba el día, crecía la expectativa.  Vería nuevamente a mis amigos, conocería nuevos, aprendería cosas interesantes, ¡oh!! además, ¡ahora ya soy más grande!!.  Y no solamente tenía ese tipo de ilusiones, los libros, el olor a nuevo, sus colores llamativos, despertaban mis ansias por comenzar ya.  La tarea de forrar los cuadernos, tener mi cartuchera completa, se sumaba al entusiasmo con el que me probaba el uniforme nuevo (o reciclado), las zapatillas, los zapatos, el buzo, todo estaba amarrado a un nuevo comienzo, a una nueva oportunidad, plena, emocionante, brillante.   La ilusión de escribir en el cuaderno nuevo, de hacerle una carátula de la mejor manera, se justificaba, quizá incluso, desde el inconsciente.  Ese cuaderno en blanco, era una promesa latente; era la certeza que ahora sí, ahora todo sería mejor, exitoso, que lo malo, los  errores pasados, quedaban atrás y que esta vez, en este año, todo sería victoria, felicidad, perfección.   Y así llegaba la noche previa.   De solo pensar que al amanecer sería el inicio del Gran Día, me llevaba a no querer dormir.

La lonchera, nueva, limpia también, estaba lista para llenarla con el sanguchito salvador, el juguito generoso o la fruta fresca, indubitables señales de la presencia de nuestra madre o quizá de aquella persona que vertía su amoroso cuidado para equiparnos bien y estar en condiciones de enfrentar los eventuales avatares del día. 

Al amanecer, antes de la hora señalada, ya me encontraba en pie, listo para emprender la gesta.  La mochila, preparada desde la noche anterior, pesaba como si dentro llevara otro niño a cuestas. Pero no importaba.  Igual, recorría las ocho cuadras que separaban mi casa del colegio, con el corazón en la mano, imaginando, especulando, cómo sería finalmente el contacto cercano.  Y así llegaba a la puerta y luego, al patio.  Allí, mi radar, más rápido que inmediato, detectaba la ubicación de los amigos, los camaradas de armas.  ¡Uy! el scaneo automático llevaba al paroxismo la evaluación del escenario y cada uno de nosotros era auscultado minuciosamente para ver cuánto era y cuanto parecía que era él, ella, ellos y ellas, después de “tanto” tiempo transcurrido que nos dejamos de ver y estar.  Habíamos crecido, ya no éramos los de antes, el tamaño, el tono de voz, revelaba en menor o mayor medida que las hormonas estaban haciendo su trabajo. 

Luego del impacto y esta primera adecuación, ya instalados en el colectivo de los de siempre, la pregunta inmediata era…  ¿y los nuevos?.  Así ubicábamos también a aquellos que tenían la dicha, o la desdicha, de incorporarse a nuestra escuela.  Y entonces….

Pero volviendo a nuestra premisa con la que iniciamos esta reflexión ¿qué está pasando ahora?; ¿por qué, con excepciones seguramente, los niños podrían tener menos interés por volver a las aulas?.

Podemos plantear algunas hipótesis.  Me animo a plantear dos:

UNO.- Los niños no quieren volver a las aulas porque ciertamente las vacaciones han sido verdaderamente útiles en el divertimento y la felicidad (anoto mi insistencia para negar el eufemismo de las “vacaciones útiles”, pues no concibo la existencia de vacaciones inútiles); porque este tiempo ha sido pródigo en aprendizajes significativos, los que no solo se agotan en que la pasaron pegados al play station 3 o descubrieron y potenciaron el uso del Facebook, sino más bien, porque quizá ha sido un tiempo en el que, junto a otros, a sus pares, sí han hecho cosas verdaderamente interesantes.  Y ha faltado tiempo para el goce, o quizá… para el amor.

DOS.- Los niños no quieren volver a clase porque es regresar a la rutina, a las tareas sin sentido, a los horarios de aburrimiento soporífero, de vocación militar, de absurda pérdida de tiempo; volver al encierro en un espacio donde priman las relaciones de poder en la que “el vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo”; volver al bullying, a tener que optar entre ser víctima o victimario para sobrevivir; volver a la discriminación, a la intolerancia, a la hegemonía del dinero; Volver al lugar que, lejos de ser el espacio de “entrenamiento para la vida” es un panóptico donde se capacita para el individualismo y la desconfianza hacia el prójimo; un lugar especialmente pintado y remozado, hasta equipado con la última tecnología, para negar o atrofiar la comunicación real, la conexión de almas, el sentido común.

Sendas crónicas sobre la Segunda Guerra Mundial describen el momento del desembarco de las tropas aliadas en las playas de Normandía en el famoso “Día D”.  Aquel que significó el inicio de la invasión aliada y el comienzo de la derrota alemana de aquella infausta conflagración.  Una escena de la película “Buscando al soldado Ryan” en la que justamente se ve como las tropas intentan llegar a la playa bajo el fuego cruzado e inmisericorde de las defensas alemanas, mostraba descarnadamente lo terrible y sanguinaria que podía ser la conducta humana.  Viendo las escenas de los rostros de jóvenes soldados en los botes de desembarco, segundos antes de desatarse el infierno, pensaba que acaso ese temor indescriptible, esa angustia de tener que enfrentarse a la muerte, ciertamente no es igual a la de los niños que van a enfrentar la escuela en su primer día de clase, no, eso sería una exageración…. Pero quizá, solo quizá, en algunos casos pueda tener un ligero parecido, y eso, solo eso, ya es lamentable.  

Quizá entonces, la única diferencia, la verdadera diferencia entre un caso y el otro, sea la ACTUACIÓN DE LOS MAESTROS, quienes atentos y vocacionalmente comprometidos, son los únicos que pueden cambiar la playa de Normandía por aquella playa paradisiaca del Caribe, aquella de la Isla de Guanahani, donde un 12 de octubre de 1492, desembarcó nuestro recordado Cristóforo Colombo, el descubridor, el niño.

Fito Luján, profesor




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