lunes, 19 de marzo de 2012

COMIENZA LA UNIVERSIDAD PARA DANIEL

Daniel el Travieso, Daniel el universitario.
Daniel is travelling tonight on a plane
I can see the red tail lights heading for Spain
Oh and I can see Daniel waving goodbye
God it looks like Daniel, must be the clouds in my eyes
Elton John

Escribo estas líneas en la noche previa al primer día de clase universitaria de mi hijo Daniel.  Cuando se despide de mí para irse a descansar, lo veo un tanto preocupado por la manera cómo se va a desplazar por la mañana porque debe, quiere, llegar más temprano (imagino que lo motiva más “ver”, antes que “ser visto”, como sucede con los que llegan al final), pero al mismo tiempo, lo veo feliz, seguro, confiado.

Yo por mi parte, tengo sentimientos encontrados. Por un lado, como todo padre, estoy emocionado y orgulloso que mi hijo inicie una nueva etapa en su vida, esta vez, lanzándose a perseguir algo que él mismo buscó y que implicará enfrentar retos de todo tipo, algunos ciertamente académicos, pero otros, los más importantes desde mi punto de vista, sociales, culturales, políticos, e incluso económicos (por lo pronto, deberá aprender a administrar su economía personal desde el acometimiento y la racionalidad, cosa harto difícil cuando no has sido entrenado para eso, como es el caso).   Retos, todos finalmente humanizantes, en la medida que la universidad será un nuevo mundo por conquistar, y esta vez, no estarán sus padres para acompañarlo en lo esencial.  Y por otro lado, esto último, lo confieso, me produce una dosis de angustia.   ¿Tendrá la fortaleza para adentrarse en un mundo que privilegia la competencia por sobre la originalidad?, ¿será tolerante consigo mismo frente a las eventuales frustraciones?, ¿estará en condiciones de asumir con estoicismo el trabajo bajo presión?, y lo más significativo ¿podrá administrar con solidez emocional su libertad de movimiento y pensamiento?.  Francamente, no lo sé.  Quiero creer que sí, que su desempeño evidenciará fortaleza, tolerancia, estoicismo y solidez emocional, pero debo reconocer que hay siempre un factor determinante que no podemos controlar: EL DESTINO. 

Albert Camus, reconocido filósofo y escritor existencialista de origen argelino, autor de la célebre novela “El Extranjero”, decía que nuestra existencia está condicionada a la confluencia de dos vectores: el destino y la voluntad.  Nosotros no podemos actuar sobre el destino, sobre el imponderable, incluso siendo absolutamente previsores, siempre cabe la posibilidad del azar en la circunstancia; pero la VOLUNTAD, nuestra voluntad, sí la podemos controlar y acaso, ese control, en la medida que es sano y perseverante, termina inclinando la balanza de nuestra existencia. 

Y entonces, me sosiego.  Caray!! Si algo he visto recurrentemente en mi hijo, es voluntad!!!.  Es verdad que alguna vez me han dicho… “sí, Daniel es bueno, pero un poco apático… se aburre fácil… le falta esforzarse más al trabajar”.  Y quizá hay algo de razón en ello,  pero a despecho que algunas veces se ha mostrado con poco entusiasmo y hasta displicente en relación a algunos temas (las inefables tareas escolares por ejemplo), también siempre ha evidenciado que cuando algo le interesa de veras, su entrega es total y su perseverancia, una cualidad notable que se refleja en su desempeño y en sus resultados. 

Recuerdo una anécdota reveladora.  Era verano, un febrero y él tenía cinco o seis años.  Un día soleado habíamos estado jugando carnavales en el jardín de la casa, jugamos a lanzarnos globos de agua y demás cuando pasado el jolgorio, entré a la sala y me puse a ver televisión mientras él quedó solitario chapoteando en su pequeña piscina inflable.  Yo lo podía ver desde la mampara que da al comedor mientras, al mismo tiempo, veía una película que me interesaba.  El film debió atraparme (seguro que era esos de acción, de “bala parejo” que tanto me gustan) que simple e irresponsablemente dejé de ponerle atención a él.  En un momento, no reparé en la quietud, el silencio del jardín y fue entonces que un grito me sobresaltó: … ¡¡LO HICEEEE!!! ¡¡¡Papa lo logléee!!!   Desde el comedor pude ver su rostro de felicidad, mientras que con su bracito en alto sostenía un globo pequeño perfectamente anudado.  Hacerle el nudo a un globo no es cosa fácil, incluso para un adulto.  Él me había visto hacerlo, pero nunca me pidió que le enseñara, solo observó con atención las veces que lo hacía, y luego, aunque seguramente le dolían los dedos y eventualmente se le reventaran los globos, él no paró hasta conseguir anudarlo por sí mismo.  Su victoria, pequeña para mí, era gigante para él, toda vez que era fruto de su perseverancia.   Y así lo he visto, todos estos años escolares enfrentar cada reto que se ha auto impuesto; así enfrentó sus notas reprobatorias superándolas cada vez que se dieron; así aprendió a prepararse su comida sencilla; así aprendió a montar bicicleta; a nadar, a jugar bien y destacar en cualquier deporte; y así también se acercó a la MÚSICA.  Con autonomía y originalidad, aprendió solitariamente a tocar la guitarra, recalando luego en el bajo electrónico que es hoy su instrumento base. 

Entonces, mi sosiego está justificado.  No puedo saber qué le deparará el destino incierto, pero si sé que lleva en su equipaje voluntad, nobleza y perseverancia, herramientas invalorables para encarar cualquier ambiente hostil o circunstancia adversa, y quizá también recursos para aprovechar lo bueno que se le presente, sin abdicar de su espíritu crítico y al mismo tiempo solidario, que siempre ha evidenciado.  Tengo la esperanza que el ambiente universitario lo enriquezca más, dándole acaso estrategias para encarar también aquellas cosas que le interesan menos y que sin embargo, le pueden ser útiles en el futuro (evidencia de madurez, que revelaría la superación del “principio de placer” por el “principio de realidad” freudiano, tal y como lo explica, el psicoanalista Erik Erikson).

Cuando alguna vez, de la misma forma, nos preparábamos para llevarlo a su primer día de clase en el nido, en su escuela inicial, recuerdo que la noche previa yo solo quería sentir que estaba haciendo lo correcto.  Daba miedo desprenderse de él, dejarlo pequeño, indefenso, en aquel lugar de bullicio y muchedumbre.  Entonces él no decidía, nosotros lo obligamos a ser y estar.   Hoy por el contrario, nada puedo hacer para detenerlo en su propósito de ESTAR y mucho menos de SER.  Daniel, es hoy ya una BUENA PERSONA y no es necesario tocarlo para darnos cuenta que es una realidad.  

Solo me queda agradecer a todos los seres que influyeron decididamente en él, a Patty, su madre, compañera de siempre; a su abuelita, la mamita que junto con su papapapa, desde el cielo lo siguen atentos y confiados;  a Constantino, que no en vano le regaló su camiseta de Cienciano campeón; a sus profes reirojinos; a sus amigos entrañables; a Thaís, su hermana querida; a su banda BAZUCA (y entre ellos, especialmente a Franjo papá, maestro ejemplar).  Gracias por existir para Daniel. 

Y yo, ¿qué me toca hacer de ahora en adelante? Creo que solo me queda estar ahí, agazapado y listo, para cabalgar junto a él, sin mucho brillo ni tanto heroísmo, contra las angustias y sus dolores, viéndolo aprender de sus batallas primaverales o de sus remansos otoñales, porque si algo he aprendido de mi historia y mis señales es a no ser para él… como yo no hubiera querido.
Fito Luján
Otro sí, digo.- Mil disculpas por esta catarsis personal.  Es una licencia que me tomado porque, quizá con algo de ingenuidad, creo que debo compartir mi sentimiento paterno con todos los que valoro.  Y ese es el caso de ustedes.

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